Tribuna

El fin del mundo

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J.V. Yago Lo malo de las predicciones apocalípticas no es lo que dicen, sino el crédito que se les da. Lo malo del fin del mundo vaticinado por los mayas no es el fin del mundo, sino que la gente se lo cree. Mal está el asunto si una civilización moderna, hipercomputerizada y ciberespacial considera que una civilización primitiva, tribal e ignorantísima pudo echar un vistazo al futuro lejano con alguna garantía de acierto. La era de la razón, el siglo empírico y materialista presta oídos al esoterismo arqueológico; imagina maremotos horrísonos, meteoritos pavorosos y extinciones repentinas; construye refugios y escruta el espacio exterior; proyecta en la pantalla colectiva el individual –y exacerbado– miedo a la muerte; busca la sensación de seguridad que da el rebaño. Sin embargo, es muy poco probable que acabe la historia cuando sólo está empezando; que fenezca la raza humana cuando ni siquiera se ha desprendido totalmente de la prehistoria.

El hombre todavía suelta reses en las calles y se hace perseguir por ellas; todavía consulta el horóscopo; todavía provoca peleas entre sus congéneres para ganar dinero vendiéndoles armas; todavía deja que los animales llenen con sus excrementos el espacio público; todavía permite las hambrunas y las aprovecha en su beneficio; todavía está en los albores de la cultura, pero ha dado en pensar que se acaba el mundo. La superstición maya vende hoy como vendían hace doscientos años las cábalas del gran piscátor de Salamanca; como ha vendido en todo tiempo el sortilegio y la nigromancia. El hombre llena el estómago y se aburre. Y cuando se aburre monta un cisco bélico, siembra la destrucción y vuelve a empezar.

La guerra marca los ciclos históricos, pero es una distracción tan cruel que necesita ser olvidada para volver a producirse; y como la última contienda mundial fue tan espantosa que sigue viva en muchas memorias, a la masa le ha dado por la fijación apocalíptica. El armagedón es un recurso psicológico, una prestidigitación mental para poder anticipar la impresión del regreso al principio, la ilusión de volver a empezar, la euforia del esfuerzo colectivo y del objetivo compartido, que oculta la euforia capitalista por las renovadas ocasiones de negocio. La humanidad no se atreve aún a quemar la falla grande porque recuerda las angustias del último incendio; va por ahí en pequeños grupos quemando fallitas marginales y, últimamente, chutándose la metadona del apocalipsis imaginario. Nadie tendría la culpa de un zambombazo cósmico, y su efecto –según la fantasía telefílmica, cinematográfica y reportajoide– sería muy parecido al de una hipotética tercera conflagración mundial: el planeta perdería población y ofrecería nuevas oportunidades para el exiguo hatajo de supervivientes. La trampa está en que no hay un solo terrícola que se conciba fuera del hatajo.

Pero no: el mundo no se acaba. La única salida sigue siendo afrontar la existencia con parámetros nuevos, desmontar el tinglado capitalista y neutralizar el armatoste político, que se primitiviza y no encuentra otra manera de vasallizar a la plebe que precipitarla en el pánico al cataclismo global.

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