Las migas

El entrenador de Fabra

05.06.2013 | 05:30

El líder ha de serlo y, además, parecerlo. Este último elemento es el esencial. O lo «pareces» o no eres nadie. El presidente de la Generalitat Valenciana, Alberto Fabra, lleva poco tiempo como «líder». Poco más de un año, desde que dimitió Camps. Y al igual que Montilla, Pajín, Zaplana o el mismísimo Obama decidió que alguien, desde fuera, le tonificara las neuronas (no los músculos, como el caso de Zaplana). Los partidos políticos poseen departamentos para acrecentar las virtudes, así en el PSOE (la Fundación Jaime Vera, ahí acudió Pajín), como en el PP. En esos laboratorios potencian las capacidades a exaltar. ¿Qué un político habla con dificultad? Pues se le imparten clases de oratoria. ¿Qué no declama bien? Pues se le dan clases de declamación. ¿Qué presenta déficits en la representación gestual? Pues allí están los especialistas para «curar» el problema. En definitiva, esas aulas no son sino escuelas de teatro, porque la teatralidad en la política actual –que se ejerce bajo los focos impertinentes– tiene una parte ineludible. ¿Y la autoestima? Oiga, eso ya es patrimonio del psicólogo. Y el psicólogo también tiene su aquél. ¿Qué rama de la psicología hay que elegir? ¿El conductismo, el vienés psicoanálisis, la alemana «gestalt»...? Mejor dejarlo. El terreno es sumamente complicado.

Los expertos en el «coaching político», con perdón, ofrecen fórmulas manufacturadas. Es algo así como el método Stanislavski pero dedicado a la esfera política: la formación del actor que ha de interpretar los diálogos del guión de acuerdo a unas pautas marcadas de antemano. Al fin y al cabo, unos «trucos» para «convencer» al espectador (al electorado en política) si se me permite la irreverencia. Un ejercicio de manipulación del ciudadano mediante artificios más o menos groseros. La era de la política espectáculo agudiza estos menesteres. Y a ellos se aferran los líderes como se aferraba Marlon Brando o Dustin Hoffman.

El presidente de la Generalitat Valenciana, Alberto Fabra, contrató a un entrenador personal, siguiendo la explícita moda. ¿Qué hizo mal? Adjudicarle al asesor un contrato a cargo de la administración autonómica. A partir de ahí se organizó una tormenta mediática y Fabra rectificó. Lo hizo de inmediato. Fabra es un tipo normal, poco narcisita: rectificó y pidió disculpas, sin dejar que la soberbia envileciera el episodio. Ahora asegura que lo pagará de su bolsillo. Es otro error, pero soportable. Allá cada cuál. Si Fabra hubiera de representar un papel en la Arena de Verona, sería inexcusable que acudiera a clase, para amplificar sus virtudes naturales. ¿Pero acaso ha de actúar en los mitines o en los actos programados por el partido? Si se «actúa» se legitima la ficción y ya se está embaucando al personal. Cuando asistimos al teatro, anulamos automáticamente la razón crítica. Aceptamos, por tanto, que el señor que gesticula en el escenario y que suplanta a Hamlet sea Orson Welles. ¿Pero en la política? La política es –habría de serlo– un acto de sinceridad. Y ahí no caben disfraces, y menos montajes ilusorios.

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