Tierra de nadie

Suerte, príncipe

01.02.2014 | 05:00

El avión del Príncipe me recuerda una Vespino que tuve de joven y que me dejaba tirado todo el tiempo. También era de segunda mano. Significa que me «vendieron la moto» en el sentido real y en el figurado. Al Estado español, que es más grande que yo, le han vendido un avión (dos en realidad), que parecen dos motos. En mi Vespino, lo que más fallaba era el chiclé. Lo digo por si les sirviera de pista a los que llevan el mantenimiento del Airbus real. El chiclé era una especie de tornillo con un finísimo agujero central por el que pasaba la gasolina. El agujero se obstruía a veces, debido a las impurezas del combustible, de modo que había que desenroscar el chiclé y soplar para limpiarlo. Luego se te quedaba todo el día la boca con sabor a gasolina. Era un sabor que colocaba un poco, así que hacías el resto del viaje como en una nube. Si yo fuera el Príncipe (Dios, por razones incomprensibles, no lo ha permitido), lo primero que haría cuando me fallara el avión sería preguntar por el chiclé. Uno no puede dejar el cuidado de sus cosas a otros. Si quieres saber cómo anda el coche de aceite, tú mismo debes sacar la varilla de vez en cuando. El mantenimiento, como la asesoría fiscal, es una cosa de cuando éramos ricos. Al principio lo hacen bien, pero luego empiezan a subcontratar el servicio y al final, unos por oros, la casa sin barrer. Las subcontratas son la peste de nuestra época. Ya nadie hace lo que hace porque lo que debía hacer se le ha encargado a una empresa que a su vez ha contratado a otra para que haga algo que se pierde a lo largo de la cadena.

–¿Y con este avión qué había que hacer?

–No sé, algo del chiclé, creo.

Hay otra cosa que le recomiendo al Príncipe, y es que los domingos coloque una manta en la puerta de su casa, desarme de arriba abajo el motor del Airbus, colocando todas las piezas sobre la manta. Luego, con un paño empapado en petróleo, que limpie las piezas una a una antes de volver a ensamblarlas. Es lo que hacía yo con mi Vespino para mantenerlo en forma y me duró hasta que me casé. Suerte, Príncipe.

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