Impresiones

Enemigo en casa

13.04.2015 | 00:35

Es el más difícil de combatir porque no te lo esperas y eso es algo que sabemos desde siempre. Homero nos contó cómo Agamenón venció la resistencia de los troyanos con un regalo envenenado que les metió al enemigo dentro de casa después de desoír las advertencias de Laconte y haciendo así inútiles sus poderosas murallas defensivas. Y si encima ese enemigo está enfermo, está loco o es un fanático las cosas se ponen peor porque predecir sus movimientos se hace casi imposible. Es lo que ha pasado con el piloto de Germanwings que ha acabado de un plumazo con 150 vidas, con 60 años de fiabilidad de Lufthansa y con la prepotencia satisfecha de los alemanes, confirmando que también ellos son perfectamente capaces de cometer errores garrafales. ¿Cómo se les puede escapar un piloto que ha recibido tratamiento psiquiátrico durante años por depresiones severas y que revela tendencias suicidas? ¡No quiero ni pensar lo que leeríamos en sus periódicos si Lubitz fuera italiano o español! ¡Y mucho peor si fuera griego! ¿Se lo imaginan?

Pero ese no es el problema, el problema es que cada vez que subimos a un avión nos medio desnudan, nos despojan de botellas de agua, colonias y cortauñas y nos hacen atravesar arcos de seguridad sujetando con toda la dignidad de que somos capaces el pantalón desprovisto de cinturón para que no se nos caiga hasta las rodillas, mientras nos explican que todas esas ignominias son para garantizar nuestra seguridad, cuando la inseguridad forma parte de nuestra vida cotidiana a principios del siglo XXI. Los pasajeros de Germanwings pasaron por todos estos controles y murieron porque su enemigo les esperaba dentro, se había encerrado en la cabina del avión y había decidido que le acompañaran en su viaje al otro mundo como en la antigüedad hacían los emperadores chinos o los faraones egipcios, que se enterraban rodeados de servidores que morían –imagino que de mala gana– cuando se sellaban los accesos al túmulo sepulcral. Algo parecido les ha ocurrido a los pasajeros de este vuelo que dejaron de vivir –aunque ellos no lo sabían– cuando se cerró la portezuela del avión que les estrelló contra una pelada ladera de los Alpes en un inútil holocausto. Al parecer Lubitz le dijo a una amiga que el mundo entero le conocería. Hay que ser muy egocéntrico, muy enfermo o muy canalla para añadir el asesinato en masa a tu tragedia personal, porque no estamos ante un suicida sino ante un terrorista asesino que se llevó con él por delante, de una tacada, a casi tantos inocentes como el 11-M en Madrid.

Al fin y al cabo hay muchas otras formas menos cruentas de ganar fama. Don Quijote lo logró a base de un gran corazón que le hacía caer en constantes ridículos, que es lo que más nos puede aterrorizar a los españoles, Hamlet a base de dudar sobre sí mismo y el mundo que le rodeaba, y Fausto por no parar en barras en su búsqueda de la inmortalidad. Fausto era también alemán. En España hay revistas que viven de famosillas cuyo mérito es echar un polvo con alguien conocido, a ser posible en algún destino exótico pagado por la propia revista. No tengo nada que objetar porque se ganan bien la vida, se lo pasan estupendamente y no hacen daño a nadie. Lo de Lubitz es otra cosa, lamento sus depresiones y el drama personal que le llevó a poner fin a su vida en plena juventud, pero su afán de notoriedad le ha convertido en un despreciable asesino en masa que ha destrozado la vida de un centenar y medio familias.

El problema es la indefensión e impotencia que sentimos ante un enemigo que no solo está entre nosotros sino que se sienta en la cabina y opera los mandos sin dejarnos opción para alterar el rumbo. Como ocurre con la corrupción tan extendida entre algunos de nuestros políticos, que en vez de combatirla se limitan a intercambiarse acusaciones de «pues tú más» y quedarse tan tranquilos sin adoptar medidas que le pongan fin a pesar del clamor ciudadano. Y peor pasa con los partidos, que son intocables porque se han convertido es estructuras cada vez más alejadas del sentir de los ciudadanos, atentas únicamente a sus intereses mientras sus dirigentes se encierran en la cabina y se ponen los cascos, despreciando el clamor de la calle. Uno con Gürtel, sus sobres y sus financiaciones irregulares, otro con sus Eres y el clientelismo llevado al máximo y otro empeñado en desmentir el «España nos roba» porque allí lo roban todo localmente, mientras que lo que vamos sabiendo de los que hasta ahora no podían apuntan maneras preocupantes para cuando también ellos puedan. Es desmoralizador porque el país necesita una regeneración y los políticos están en la cabina con el piloto automático en rumbo descendente mientras a lo lejos ya se divisan los Alpes y cada vez queda menos tiempo para enderezar un rumbo que les lleva a la catástrofe... Aunque obre en su favor el hecho, contrastado repetidamente, de que los españoles votamos una y otra vez a los corruptos y parece que muchos suben contentos al avión que se va a estrellar. Al menos esto es algo que los alemanes no harían.

*Jorge Dezcállar es embajador de España en EEUU

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