Desde la distancia

La cuenta de la gasolina

02.09.2015 | 05:00

El petróleo cuesta la mitad que hace un año (ronda ahora los 50 dólares por barril, frente a los 100 de agosto de 2014), pero la gasolina y el gasóleo han bajado en este tiempo apenas el 12%. Esta cuenta, que enciende a los consumidores y ha reanimado las sospechas sobre el funcionamiento irregular del mercado de los hidrocarburos, induce a confusión si no se repara en cómo es la estructura de costes de los carburantes.

El 52,8% del precio del gasóleo son impuestos (IVA e impuesto especial de hidrocarburos) y, según la patronal petrolera, el coste del combustible propiamente dicho representa como mucho el 35%. El resto que queda (13%) corresponde a la distribución y a los márgenes comerciales de las empresas. De modo que, si se da por buena esa cuenta de la Asociación Española de Operadores de Productos Petrolíferos (AOP), la rebaja en la cotización del crudo tiene sólo impacto sobre una tercera parte del precio. La depreciación del euro „el petróleo se paga en dólares, que se han revalorizado a raíz de la política monetaria expansiva del Banco Central Europeo„ también reduce aguas abajo el efecto benéfico que el abaratamiento del crudo tiene para los usuarios y para la economía en general.

En situaciones como la presente, las petroleras, y también las patronales de las estaciones de servicio, tienden a decir que si la gasolina no baja más es porque no hay margen para ello y que la clave está en los impuestos, en la voracidad recaudadora de la Administración central y de las comunidades autónomas, que recurren al muy seguro y fácil procedimiento de gravar el consumo de carburantes.

Daniel Lacalle, economista de corte ultraliberal, escribía estos días cómo en EE UU, con una presión fiscal sobre los hidrocarburos mucho más baja que en Europa, el litro de gasolina cuesta 50 céntimos. Bien es cierto que el coloso norteamericano es productor de petróleo y además ha conseguido reducir drásticamente su dependencia exterior gracias a las explotaciones basadas en la controvertida técnica del fracking, a la que Europa se ha mostrado por ahora alérgica ante el rechazo social que generan sus repercusiones ambientales. Bien es cierto también que EE UU no tiene que financiar con tantos impuestos un estado de bienestar como el europeo porque carece de él. Ni utiliza la fiscalidad sobre los hidrocarburos para regular el consumo o para aplicar el criterio de que «quien contamina, paga», como se hace en la UE, donde, como promedio, los tributos representan ya el 62% del precio, diez puntos más que en España.

Comparaciones aparte, el argumento de la carga tributaria sobre los hidrocarburos sirve para explicar en parte por qué los carburantes no bajan más alineados con el petróleo. Pero no explica otras cosas. Por ejemplo, por qué España está entre los seis países de la UE que tienen la gasolina más cara antes de impuestos o por qué los precios son significativamente más bajos allí donde hay más competencia porque el poder de mercado de las grandes petroleras es menor. Algo no funciona bien y no son sólo los impuestos.

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