Impresiones

Reflexiones sobre una tragedia

28.09.2015 | 05:00

Se ha dicho que el problema de los refugiados que tratan de alcanzar nuestro continente es el reto más grave al que se ha enfrentado la Unión Europea y es cierto, pero es mucho más porque detrás de cada persona que se ve obligada a abandonar su casa y su país hay un drama humano, 480.000 tragedias personales en lo que llevamos de año, simbolizadas en el cadáver de un niño de cuatro años en una playa que ha sacudido nuestras conciencias y ha obligado a reaccionar a los gobiernos.

Mi primera reflexión es que este no es un problema coyuntural que desaparecerá cuando se encuentre cobijo a los 900.000 refugiados que podrían acabar llegando a Europa al final de 2015. Este es un problema que viene de atrás pues ya se ahogaba gente al tratar de cruzar el Estrecho de Gibraltar cuando yo era embajador en Marruecos en 2000, pero el fenómeno se ha disparado con la guerra de Siria que ya ha producido cuatro millones de refugiados y seis millones de desplazados internos, sin contar 250.000 muertos. La ONU cree que de aquí a fin de año habrá otro millón de refugiados sirios y eso nos exige gestionar una situación que nos va a acompañar durante los próximos años, nos guste o no.

La segunda reflexión es que el problema nos pilla en muy mal momento, con una crisis económica muy dura, 17 millones de desempleados en Europa y con una situación muy tensa en nuestra frontera oriental por culpa de la política rusa en Ucrania. Pero es lo que hay. Uno no escoge sus problemas y no hay situación mala que no sea capaz de empeorar. Habrá que integrar a los refugiados, aumentando los gastos en sanidad, vivienda y educación en sociedades duramente castigadas. Eso explica las reacciones insolidarias, el cierre de fronteras y el auge de los partidos xenófobos y es un asunto que puede incidir fuertemente en el referéndum británico sobre permanencia en la UE.

En tercer lugar, Europa puede con esta crisis. El problema es si quiere. 500.000 refugiados son el 0,1% de la población europea de 500 millones. El pequeño Líbano, con 4,5 millones de habitantes, acoge a 1,5 millones, un refugiado por cada tres habitantes y Jordania ha recibido 630.000 que equivalen al 10% de su población. Si Alemania acogiera este año 800.000, eso representaría un refugiado por cada 100.000 alemanes. No hay que olvidar que Europa ha estado siempre abierta al mundo y que el mundo ha acogido a nuestros refugiados cuando huían de nuestras guerras. Es de bien nacidos ser agradecidos. Son nuestros valores los que están en juego.

En cuarto lugar, como bien ha dicho Claude Juncker, Europa es unión y la Unión necesita de más Europa. Hace falta solidaridad entre nosotros y no desmarcarse como hacen Hungría, Chequia, Eslovaquia y Rumanía. Ya hemos acordado repartirnos 120.000 refugiados pero no será suficiente. Necesitamos políticas comunes en emigración, en fronteras y en asilo. Se pueden fijar controles en puntos de llegada, establecer cupos, modificar el Acuerdo de Berna (claramente superado por las circunstancias), dar más medios a Frontex etc. pero nada de eso funcionará si no compartimos espíritu, voluntad y reglas y lo menos que cabe exigir a esos políticos tan poco visionarios que nos guían es que sean capaces de acordarlas. Mientras, los ciudadanos de a pie podemos ayudar con nuestra contribución personal a la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).

En quinto lugar, tampoco se trata de hacer barra libre. Hay que diferenciar entre refugiados, con los que tenemos obligaciones legales y morales y emigrantes económicos, con los que no las tenemos, para dejar pasar a los primeros y seleccionar a los trabajadores que necesitamos entre los segundos. Es imperativo establecer un sistema de filtros y lo ideal sería ponerlos en los países de origen para luego permitir un tránsito ordenado y seguro hacia Europa de quienes los pasen. Quizás se pudieran establecer zonas seguras en Siria donde reunir a quienes huyen de la guerra y registrar a los candidatos a la condición de refugiados. De esta manera el tránsito sería ordenado y se evitarían tanto las muertes en las travesías marítimas como las penalidades de cruzar a pie media Europa.

Mi sexta reflexión es que hay que enfrentar el origen del problema que no son los refugiados sino las condiciones que les obligan a serlo y en particular guerras que no son lejanas aunque lo parezcan porque sus consecuencias llegan a nuestra misma puerta. Nadie elige ser refugiado y por eso lo primero que debería hacer Europa es liderar la búsqueda de una paz negociada para Siria en una iniciativa diplomática junto con los EE UU, Rusia y potencias regionales como Turquía, Arabia Saudí e Irán.

Séptimo: la otra causa de la emigración es la injusta distribución de la riqueza en el mundo (gente que muere de hambre en lugares donde la educación o la asistencia sanitaria son algo desconocido). Hay sesenta millones de refugiados en países de renta media o baja como Etiopía, Pakistán, Líbano, Jordania, Turquía e Irán, que acogen al 45% del total de refugiados. Europa (acabamos de darles mil millones de euros), los Estados Unidos y las ricas monarquías del Golfo (que no acogen refugiados) pueden y deben hacer mucho más para aliviar su carga, invertir en esos países y promover una distribución más justa de la riqueza en el mundo.

En último lugar, la inmigración tiene también aspectos positivos: no olvidemos que la tasa de fertilidad en Europa está muy por debajo del 2,1% que es la tasa de reposición, que Europa pierde población (los países Bálticos han perdido el 15% en los últimos 25 años), que cada vez es mayor el porcentaje de mayores de 65 años entre nosotros y que los emigrantes crean riqueza (el PIB de Líbano ha crecido un 2,5% el último año) y acabarán pagando nuestras pensiones. Por todas estas razones debemos ser fieles a nuestros valores y abrir nuestras puertas a quienes nos piden ayuda. Se equivocan quienes piensan que los muros o alambradas servirán frente al hambre y la desesperación.

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