Las siete esquinas

La tentación del irracionalismo

Los herederos actuales de Marx han rehuido todo cuanto sea racional y abstracto y han abrazado con entusiasmo las causas que se fundan en el irracionalismo y en las emociones más primarias

05.11.2015 | 01:55

Adam Zagajewski ha escrito dos poemas extraordinarios sobre la vejez de Karl Marx. En uno de ellos, el viejo Marx, en el Londres helado de comienzos de la década de 1880, cuando las prostitutas encendían hogueras en los parques y los obreros discurseaban en los pubs sin saber muy bien lo que decían, se preguntaba qué lugar ocupaba el amor en su sistema (ninguno, por supuesto, y eso le angustiaba). Y en el otro poema, el viejo Marx, mientras miraba desconsolado las contraventanas de su casa y oía los lejanos lamentos de las locomotoras, se preguntaba inquieto si sólo había sido capaz de ofrecer al mundo «una nueva forma de la desesperanza». Pero lo bueno de estos dos poemas, escritos por alguien que tuvo que soportar el comunismo en Polonia y que por eso mismo no le tenía ningún aprecio a las teorías de Marx, es que también saben retratar la grandeza de un hombre que se atrevió a soñar con un mundo mejor en el que no hubiera lugar para la injusticia ni para la opresión.

Ahora bien, el problema del sistema que proponía Marx para superar la injusticia –como veía muy bien Zagajewski– era que no daba cabida al amor, ni tampoco a cualquier otro sentimiento estético o emocional. El mundo, para Marx, era un lugar regido por las frías realidades abstractas de la economía y de la lucha de clases, y ni el amor ni la compasión ni la belleza –ni mucho menos la religión– servían para nada si no contribuían a liberar a los seres humanos de la injusticia. Todo, para Marx, se reducía a las realidades mensurables según un análisis tan frío y descarnado como una prueba de laboratorio o la disección de un cadáver. Y así ha sido el marxismo durante todo el siglo XX: un método basado en un racionalismo absoluto que no permitía ni un solo desvío hacia lo sentimental o lo irracional, aunque ese sistema político corriera el riesgo –como advertía Zagajewski en su poema- de convertirse en «una nueva forma de la desesperanza». Los que vivieron bajo ese sistema durante muchos años, como le ocurrió al propio Adam Zagajewski, saben hasta qué punto eso fue verdad.

Lo curioso es que los herederos actuales de Marx han rehuido todo cuanto sea racional y abstracto y han abrazado con entusiasmo las causas que se fundan en el irracionalismo y en las emociones más primarias. Y si antes, en el siglo XIX de Marx y en el posterior siglo XX de Lenin, sólo servía una forma de análisis que debía ser tan fría como la tabla periódica de los elementos, ahora, en el siglo XXI, todo se funda en la dinámica caprichosa de lo pasional y lo incontrolable y lo que está sometido a la soberanía de los sentimientos. Si alguien dice en Cataluña, por ejemplo, que «se siente discriminado y menospreciado y maltratado», allá corre la izquierda neo-marxista a prestarle su apoyo y su solidaridad y su comprensión. Poco importa que quienes se sientan así no aporten ninguna prueba más allá de su sensación de maltrato, algo imposible de cuantificar en términos racionales porque sólo depende de los caprichosos estados de ánimo. Aun así, nuestra izquierda heredera del viejo Marx la acepta al pie de la letra y se la toma como una verdad incuestionable. «Cataluña se siente despreciada», «Cataluña quiere votar», «Cataluña necesita ser entendida»: si el viejo Marx oyera estas cosas, lo más probable es que se pusiera a hacer sus cálculos –fríos, descarnados– y llegara a la conclusión de que no eran argumentos suficientes para destruir un estado que no está sometido a ningún dominio colonial. Y el viejo Marx –que no era nada tonto- captaría enseguida el tufillo reaccionario de la mayoría de argumentos puramente sentimentaloides con que se intenta camuflar el deseo de no pagar impuestos y de no contribuir a la solidaridad interterritorial (uno de los principios inalienables de la izquierda, por cierto). Y por supuesto, también vería unos argumentos muy peligrosos que ponían en peligro las normas y contrapesos sobre los que se funda la convivencia de las sociedades (o de las parejas, o de las familias, o de los grupos de amigos).

Pero nuestra izquierda neo-marxista hace lo contrario de lo que haría Marx: sin juzgar, sin analizar, da por buenas esas simples emociones primarias y corre a validarlas. Y ahí tenemos a la izquierda que propugna la supremacía del Estado y de la gestión pública en la Sanidad y en la Educación –y también en la banca–, asociándose con quienes se han propuesto la voladura de ese mismo Estado. Y ahí tenemos a la izquierda que debería defender la soberanía nacional frente a las multinacionales y los grandes bancos –y frente a los abusos de los países ricos de la Unión Europea-, echándose en brazos de Mas y Junqueras y toda esa panda de cleptócratas y chiflados que se niegan a ejercer la solidaridad fiscal y que quieren administrar sus propios beneficios sin compartirlos con nadie, además de asumir sin escrúpulos un peligrosísimo discurso xenófobo camuflado de sonrisas y globos y buen rollito. El viejo Marx tenía mucha razón cuando sospechaba, en el poema de Zagajewski, que le había legado al mundo nada más que una nueva forma de la desesperanza. Y más aún si supiera que sus herederos, en un mundo que seguía en manos de la opresión y de la injusticia, se habían vuelto incapaces de hacer uso de la razón.

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