Aliquindoi

Marquitos

25.11.2015 | 01:36

Sigue siendo una triste realidad, cien años después de su publicación, la estrofa admonitoria de D. Antonio Machado con la que le deseaba a los españolitos que, como tú, querido Marquitos, venís al mundo, que os guarde Dios, porque una de las dos Españas ha de helaros el corazón. No me refiero con ello solo a la cuestión catalana –que también– sino a que en el siglo transcurrido desde entonces no hemos evolucionado prácticamente nada. Seguimos mayoritariamente anclados y divididos en una terminología arcaica y un pensamiento caduco: izquierda progresista y derecha reaccionaria, caciques y desarrapados, señoritos y gañanes. Continuamos como en el año 36 del siglo pasado, aunque sin tiros, cada bando hundidos los pies en la tierra, dándonos con la cachiporra y lanzándonos vituperios; como el duelo a garrotazos que para nuestro escarnio nos legara Goya en sus aguafuertes.

Una estrofa la machadiana que, adaptada, también abarca el desastre de la Europa actual, donde cuando las divergencias sociales y políticas parecían controladas, cuando se enfilaba una mayor unificación, la economía ataca de nuevo y perversos intereses financieros insolidarios provocan que afloren con mayor fuerza los egoísmos de unos europeos para con otros. Paradójicamente, esta descomposición se manifiesta con mayor virulencia con ocasión de las acciones humanitarias. Cuando todos deberíamos estar hoy más unidos frente a la adversidad de otros seres humanos, que atraviesan los horrores que los europeos padecimos antes, durante, y después de la Segunda Guerra Mundial, nos enrocamos en nuestro propio egoísmo y levantamos muros de incomprensión, reforzados con alambradas. Algo que sucede mientras a no muchos kilómetros de este viejo Continente, algunas potencias ensayan contra la población siria sus nuevas armas de guerra, poniéndose de acuerdo no para solucionar el conflicto, sino para no dañar los unos los ingenios bélicos de los otros.

¡A qué mundo y en qué momento has venido, Marquitos! En la Turquía que te ha visto nacer, ya antes de que pasaras la cuarentena, ha retumbado en tus oídos un estruendo de gritos y desolación, que a escasos cinco kilómetros de tu casa dejaba más de cien muertos. Porque estos son otros conflictos: el étnico y el de religión, o mejor digamos el de los fanáticos religiosos.

Me pregunto cómo reaccionarán las decenas de miles de niños de tu generación que no conocen más que el estruendo de la guerra, criados entre escombros, hambruna y miseria. Los que han vivido y padecido en sus carnes cómo sus padres, absolutamente desesperados, los han tenido que abandonar solos y a su suerte en barcas inestables rumbo al fiasco de una tierra prometida, cuya egoísta prosperidad ni los protege ni los acoge. O han quedado huérfanos a solo unas brazas de la costa, viendo flotar boca abajo a sus únicos seres queridos; situación incomprensible para un mayor, cuanto más para un niño.

No nos sorprendamos si jóvenes europeos, hijos o nietos de emigrantes, supuestamente formados en los valores del primer mundo, devienen en genocidas alistándose racionalmente a un fanatismo que les promete irracionales metas; ni de que el calificativo de terrorista sea aplicable no solo a integrantes del lumpen, a los marginales, sino a «cultos» licenciados o doctores; o si acceden democráticamente a los parlamentos diputados antisistema, sin miras constructivas de futuro más allá de la destrucción del poder constituido, Decididamente el sistema falla y quiebra estrepitosamente.

Le expreso mi solidaridad a un buen amigo francés, Louis Bernard, cuyos hijos se han salvado milagrosamente de la masacre de París. Matanza llevada a cabo, qué sarcasmo, solo tres días después de que Francia conmemorara el armisticio. En la total obnubilación de su rabia y dolor me responde que, «sin duda, será necesaria una nueva Reconquista para proteger a nuestros hijos de los locos que quieren imponernos su modelo arcaico de sociedad». Pienso, querido Marcos, que en un sentido distinto al histórico mi amigo lleva razón al usar el término.

Tendremos que acometer una nueva reconquista, pero no la de territorios o religiones, sino la de los valores. Tendremos que combatir por la recuperación de unos principios que la sociedad de la opulencia ha despreciado y relegado, porque no casaban con su materialismo desmedido. La filosofía, y su ética, han de volver a ser piedra esencial del aprendizaje, para acabar con la amoralidad reinante del «todo vale».

Confío ilusionado, querido Marquitos, en que utilices la educación que adquirirás en el seno de una familia arraigada, y la selecta formación que a buen seguro recibirás, para ser adalid de la sensatez entre los de tu generación la que ahora comienza. Espero que entre todos recuperéis por vías de convicción el capital ideológico que casi hemos dilapidado. Seguro estoy que con vuestras nuevas ideas contribuiréis decididamente a restaurar la tan cacareada paz social. Y si te sientes desfallecer, aquí estará tu abuelo para alentarte.

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