Impresiones

El avión ruso

08.12.2015 | 05:00

Hace unos meses un avión de Malasyan Airways, la misma compañía que perdió otro aparato de forma misteriosa en los confines del océano Índico, fue derribado sobre Ucrania por un misil ruso aunque se discuta sobre la nacionalidad de la mano que lo disparó. Luego, hace unas semanas, justo antes de los atentados terroristas de París, un avión ruso que había despegado de Sharm el Sheik fue derribado sobre Sinaí al explotar una bomba introducida entre el equipaje. Las últimas noticias apuntan a un pequeño grupo terrorista local que trataba de atraer la atención y el apoyo del Estado Islámico, que inmediatamente se apuntó ese éxito inesperado. Los rusos se quejan, con cierta razón, de que en el avión hubo más muertos que en la sangrienta madrugada del 11M en Madrid y casi el doble de víctimas que en las calles de París y sin embargo la atención mediática ha sido mucho menor. Y hace apenas unos días un avión militar ruso, un moderno SU-24 ha sido abatido por un F-16 turco tras violar el espacio aéreo de este último país y no hacer caso a repetidas advertencias para cambiar el rumbo, algo que niega Moscú pero confirman los EE UU y la propia OTAN, de la que Turquía es miembro.

Todo esto es muy serio pero lo del avión militar no podía llegar en peor momento y tiene el agravante de complicar aún más el galimatías sirio por varias razones:

La primera es que ahonda la vieja rivalidad que Moscú y Ankara han heredado de los imperios ruso y otomano, que han desaparecido físicamente pero cuya memoria se mantiene viva en la mente de dos líderes autoritarios, megalómanos y muy nacionalistas como son Putin y Erdogan. Los otomanos perdieron Crimea en 1783 ante el empuje de Catalina la Grande y su ministro Potemkin. Sus habitantes originales, los tártaros, fueron masacrados y años más tarde deportados en masa por Stalin. Los pocos que quedan se oponen a la actual ocupación rusa. El caso es que desde hace más de doscientos años Turquía ve con aprensión los avances rusos en Crimea, el Cáucaso, los Dardanelos y el Mar Negro, así como sus intromisiones en Georgia y su actual aproximación a Armenia. Que encima intervenga en la vecina Siria, bombardeando a turcomanos junto a su misma frontera, les gusta aún menos. Moscú hará pagar a Ankara por el derribo de su avión y ya ha acusado a la familia de Erdogan de lucrarse con el contrabando de petróleo que les envía el Estado Islámico. Turquía importa de Rusia el 60% del gas que consume. Su suerte es que Moscú no tiene mercados alternativos y tendrá que conformarse con sanciones de menor alcance.

La segunda es que dificulta aún más la relación entre Rusia y la OTAN, de la que Turquía es miembro. Esta relación ya es bastante tensa por la política rusa en Ucrania, que pone muy nerviosa a toda la Europa del Este, siempre temerosa del «oso ruso» y por los constantes incidentes («provocaciones») de aviones rusos sobre el Báltico. Si la OTAN acaba teniendo un papel en Siria, su coordinación con Moscú no será fácil. Cabe preguntarse por la razón última del derribo de este avión cuando nunca Turquía ha derribado aviones griegos que violan su espacio aéreo o cuando ningún otro país de Báltico dispara a los aviones rusos que con frecuencia también lo hacen.

La tercera es que revela la fragilidad de la frontera entre Siria y Turquía. El avión ruso fue derribado en una frontera muy sensible, la de Hatay, que es un área poblada por turcomanos que se asignó a Siria en los repartos coloniales de 1916 y que en 1938 hizo un referéndum que decidió su integración en Turquía (algo no aceptado por Damasco), aunque aún quedó un trozo en Siria, que es donde uno de los pilotos del caza derribado fue asesinado e igual ocurrió con un infante de marina de un helicóptero enviado para rescatarle. Turquía apoya a estos turcomanos por afinidad étnica, porque quiere labrarse una zona de influencia en Siria y para tener un asiento en la negociación cuando se discuta el futuro de este país. Por su parte a los rusos les preocupa más reforzar a Al Assad bombardeando a las milicias laicas que se le oponen, como los turcomanos, mientras muestra menos ardor contra el Estado Islámico. Lo que Moscú quiere es garantizar su base naval en Tartus, la única que tiene en el Mediterráneo, y quizás construir otra en Latakia, donde ya está desembarcando efectivos militares. También desea convertirse en la clave de la paz en Siria y hacer así perdonar su política centroeuropea.

La cuarta consecuencia es que el incidente del avión es una buena noticia para el presidente sirio Al Assad porque Moscú ha decidido reforzar a la misión militar rusa que le apoya. La postura rusa es que su permanencia es algo a decidir por los sirios y yo supongo que se referirá a los que queden porque ni los ha matado ni han logrado huir hacia Europa. En todo caso, no cabe duda de que Assad sale reforzado de este incidente y que habrá que contar con él cuando se diseñe la transición política siria. Así lo reconocen ya entre dientes los americanos y más abiertamente los franceses.

Finalmente, el derribo del SU-24 dificulta la gran coalición que quiere levantar Hollande en contra del Estado Islámico con participación rusa, algo que no gusta ni a Estados Unidos ni a Turquía, y acaba favoreciendo al Estado Islámico porque dificulta que sus enemigos concierten sus esfuerzos para destruirlo. No hay duda de que Alá es grande.

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