Cartas al director

24.12.2015 | 05:00

Desde la inocencia
De chico recuerdo que solía saludar a todo el mundo por la calle, y mi madre, divertida por ello, me decía cariñosamente: «Hijo, los mayores solo saludamos a los conocidos». Con el tiempo, y la madurez, acabé por hacerle caso. Qué pena.

Nacemos inocentes y enseguida la educación nos corrige y advierte de que éste es un mundo de pillos, donde hay que saber competir y no dejarse engañar; cuando no directamente nos enseña cómo aprender a hacerlo bien, para que no te pillen. Un ejemplo lo tenemos en el «deporte escolar». Vayan si no a un partido de fútbol de niños y lo entenderán.

Así las cosas, dejamos de comportarnos según nuestro sentimiento auténtico, que es expansivo, y aprendemos a retraernos, a limitarnos a lo conocido. Por miedo.

La base del comportamiento social, entiendo, está influida, hasta la médula además, por este miedo. Necesitamos continuamente justificarnos por ser nosotros y no tener que cumplir las expectativas de otros. De esta sociedad y su programa de creencias.

En política, además, la careta no es de papel y fácil de quitar, como cuando éramos niños, sino que está pegada a la misma piel del político y, mayoritariamente es –podemos comprobar a nada que rasquemos– de cemento armado.

Promover un cambio que no sea un fiasco de nuevo, que sea transformador, requiere, entiendo, un ejercicio de autenticidad. Desde esa inocencia que traemos todos de serie y que, lamentablemente en muchos casos, hemos sofocado. Por miedo.
Gerardo Hernández Zorroza
Málaga

Calígula
Desde octubre de este año, el grupo de teatro El Carromato está produciendo una de las obras que más y mejor desentrañan la mecánica del poder en manos de uno de los más emblemáticos dictadores hasta nuestros días: «Calígula», de Albert Camus. Dirigida por Alberto González y con el apoyo de la ESAD de Málaga. Basada en la figura histórica de Cayo Julio César Augusto Germánico (Calígula), Albert Camus disecciona la figura de quien se atrevió a ridiculizar el poder ejerciéndolo con lógica aplastante hasta sus últimas consecuencias: la autodestrucción.

Una obra muy pertinente en estos tiempos que corren en la que se plantea la necesidad de cómo el fanatismo ideológico, el nihilismo destructor de un político, debe ser frenado a toda costa si queremos vivir como ciudadanos y no como súbditos.

El teatro también está para servir éticamente a la sociedad, a pesar del maltrato al que es sometido en demasiadas ocasiones por sus ancestrales enemigos: los poderosos que sólo admiten obediencia y zalamerías.

Salud.
Antonio Caparrós Vida
Málaga

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