Juzgado de guardia

La última carta de Diego

25.01.2016 | 05:00

Diego tenía 11 años cuando decidió, en octubre pasado, arrojarse por la ventana vencido ya por la vida a una edad en la que el resto de los niños piensan en las musarañas y dialogan con ellas jugando a entenderlas. Antes de decir adiós a su corta existencia, tuvo palabras para sus padres y el resto de sus familiares, presencias confortables, tal vez las únicas de las que disfrutó cuando su breve camino se convertía en calvario diario. Ha ocurrido en Leganés. El juzgado y la Consejería de Educación madrileña no hallaron indicios de acoso escolar, aunque en su última misiva, una especie de testamento postrero en el que lo único que dejaba a los suyos era su cariño, decía que no soportaba ir al colegio y que no había otra manera de lograrlo. Me he preguntado estos días cómo serían sus últimas horas. Qué se le pasaría por la cabeza a ese chiquillo hastiado que no halló consuelo alguno; cómo encararía la muerte, hasta qué punto era consciente de que dejar de ser iba a destrozarles la vida a quienes tiene alrededor, cómo una personita concluye que su existencia es prescindible y ejecuta su final con un plan preconcebido: la única forma de no seguir sufriendo era decir adiós. Y lo dijo. Y ahora me pregunto qué clase de investigación hizo la Consejería de Educación de Madrid, con quiénes hablaron sus técnicos; me cuestiono por el silencio cobarde de aquellos proyectos de hombres y mujeres que se dedicaron a amargarle la vida a un compañero de clase, repitiendo con sus acciones los peores patrones del ser humano, convirtiéndose, tal vez sin ser conscientes de ello, en acosadores morales, en asesinos potenciales que, sin apretar el gatillo, empujaron a Diego con todas sus ansias para que éste diera con sus frágiles huesos en el suelo. El juzgado y la Comunidad de Madrid no vieron indicios de acoso. Eso no es nuevo. Ya ha pasado muchas veces. Profesores, unos pocos, que miran para otro lado porque su vocación era un puesto fijo y un sueldo seguro, no la de educar; padres y madres que justifican a los sinvergüenzas que un día parieron, «son cosas de niños»; sí, me estoy imaginando esa lamentable investigación que no halló respuestas, que no dio a Diego la tabla salvavidas que, tal vez, hubiera impedido que un chiquillo de su edad hiciera mutis por el foro de la forma más cruel posible. En mi retina se agolpan las últimas horas de Diego, intuyo su nerviosismo, su confusión, su desazón, esa agitación interior que no cesa. Tal vez deseó que alguien lo evitara, que algo le impidiera llevar a cabo el suicidio, pero nada de eso ocurrió. Al final, Diego se fue de la forma más triste posible mientras sus acosadores y los acosadores de todos los colegios que han sido, son y serán, se relamen en las esquinas de su macabra niñez. Basta ya.

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