El ruido y la furia

Viernes de Dolores

Yo nunca he sentido esa devoción que impulsa a mi pueblo a echarse a la calle y mecer a un Cristo en una plaza

18.03.2016 | 05:00

Los naranjos han tomado el relevo de los almendros. Hace ya algunos días que la primavera ha abierto de par en par las ventanas y en las calles hay un rumor de azahar que viaja un poco alborotado por el aire llenándolo todo de una vida nueva.

Es en estos días, precisamente en estos, cuando más acuso mi desesperanza. Cada Semana Santa me ocurre lo mismo. No miento si digo que me gustaría encontrar una escalera lo bastante firme para poder subir a ella «a quitarle los clavos a Jesús, el Nazareno», como viene haciendo mi gente desde hace siglos, pero una vez más me falta esperanza. Me pregunto si es que la perdí o tal vez jamás la tuve. Que yo recuerde, nunca he sentido esa devoción que impulsa a mi pueblo a echarse a la calle y mecer a un Cristo en una plaza o llorar, ante una Virgen, contagiado de su dolor y de su ternura.

Seguramente me he descarriado, llevado por esta costumbre mía de andar a diario buscando las costuras de la realidad. Pero a veces, solo a veces, en días como hoy en que uno se siente tan al margen mientras ve a otros, a tantos otros, mirar con fe y esperanza los días que llegan, quisiera tener hoy un motivo para la fe y una razón para la esperanza, para sentir lo que sienten los que portan un trono con el orgullo y la devoción de quien lleva sobre los hombros su propia salvación.

Y mientras yo sigo perdiendo todas mis batallas, miro a los ojos de la gente y sospecho que tal vez la fe es el regalo que reciben los buenos, quienes merecen algo más que esta duda eterna que me invade y me define. Debe ser un consuelo muy grande tener fe y creer sin fisuras que alguna vez, en alguna parte, todo nos será perdonado.

Por eso hoy, el día que empieza todo, me gustaría sentirme de otra forma, ser de otra manera, y el lunes por la noche poder mirar a los ojos al Cautivo, como aquella vez en calle Carril cuando era un niño, y seguirle luego por la ciudad, maravillado de su paso bamboleante, de cómo parece flotar por encima de las miles de cabezas sin pisar ninguna, de cómo la brisa hace ondear suavemente su túnica. Irme tras él y rogarle que me arranque todo esto que, por el simple hecho de ser hombre y pensar, me angustia el alma que no sé si tengo, y ser humilde, y dejarme perdonar, y tener consuelo.

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