Las siete esquinas

¿Por qué llora Tintín?

28.03.2016 | 05:00

Tras los atentados de Bruselas, una de las imágenes que más ha circulado por las redes sociales ha sido la de Tintín llorando (Tintín fue creado por un belga, Hergé). Y en otro meme muy difundido estos días lloraban Tintín y su perro Milú. Y en otro lloraban él y el Capitán Haddock, y además lloraban a moco tendido, como habría dicho el propio Tintín en alguno de sus álbumes, y siempre con un condescendiente tono de sorna, porque Tintín no era un personaje muy aficionado a llorar ni que tolerase fácilmente el llanto en los demás. Que yo recuerde, Tintín sólo llora en Tintín en el Tíbet cuando encuentra a su viejo amigo Tchang en el Himalaya, refugiado en una cueva tras un accidente aéreo. Y quizá llora en El loto azul, otro episodio también relacionado con su amigo chino Tchang, que era el trasunto de un amigo real del propio Hergé con el que tuvo una relación de afecto que duró toda la vida. Pero es difícil recordar otras escenas lacrimógenas de Tintín. Al reportero que jamás escribió una crónica lo hemos visto cientos de veces persiguiendo coches, y volando en hidros y en biplanos, y siguiendo la pista a docenas de personajes diferentes –gánsters y falsificadores y chiflados y millonarios maléficos–, e incluso disparando con una pistola y con una metralleta –aunque nunca llegase a matar a nadie–, pero llorar, lo que se dice llorar, se le ha visto muy pocas veces. Y es que su mundo, el mundo de Tintín y de Hergé, no había caído aún en la pornografía sentimental que ahora lo invade todo.

Es curiosa esta fascinación por el llanto que nos ha asaltado en estos últimos tiempos. Es como si ante las situaciones adversas o que nos superan sólo supiéramos echarnos a llorar como niños desvalidos. Pero en cierta medida, que Tintín se eche a llorar es justo lo que esperan los zopencos que se hicieron matar o que pusieron las bombas en Bruselas (y antes en París y en Londres y en Madrid y en Egipto y en Túnez y en cientos de otros lugares del mundo). Y tratándose de los atentados de Bruselas, yo me esperaba una reacción un poco más airada por parte de los fans de Tintín. ¿Por qué nadie ha difundido un meme con el capitán Haddock ciscándose en los yihadistas y gritándoles alguno de sus maravillosos insultos? Hay algunos, como bachibozuk e iconoclasta, que encajarían muy bien en el perfil de los terroristas, ya que los bachibozuks eran mercenarios crueles al servicio del imperio otomano, y los yihadistas actúan con furia iconoclasta cuando destruyen las imágenes y los templos que consideran idólatras. Pero hay otros muchos insultos del capitán Haddock que parecen hechos aposta para los yihadistas. Zopenco, por ejemplo. O antropopiteco. Repitámoslo con la iracunda voz de Haddock, bien regada por una botella de whiskey Loch Lomond: «¡Antropopiteco!» ¿A que suena bien?

Tintín no era un racista ni un pequeño burgués idiota, como nos han hecho creer algunos zopencos. Ahora mismo habría recibido encantado a los refugiados sirios detenidos en unos campos de tránsito que se parecen mucho a los campos de concentración. O mejor aún, estaría en el Egeo ayudando a los refugiados que se hunden en las barcazas, o en Idomeni, en la frontera entre Grecia y Macedonia, intentando abrir un boquete en la alambrada que impide el paso a unos desdichados que lo han perdido todo. Pero lo que nunca haría sería llorar como una magdalena delante de los bachibozuks que se hacen estallar por puro odio a todo lo que representaban Hergé y otros belgas grandiosos como Jacques Brel o Georges Simenon. ¿Habría llorado Brel, el hombre que compuso ¿Por qué mataron a Jaurès? ¿Y habría llorado el comisario Maigret, que era francés pero había sido creado por un belga de Lieja? Lo siento, pero me cuesta mucho creer que su reacción sería ponerse a llorar de pena y desesperación e impotencia.

No, nada de eso. Tintín –y el capitán Haddock, y Milú, y hasta el profesor Tornasol, que inventaría algún artilugio para hacerles frente, y no digamos ya Hernández y Fernández, que ya se habrían ido a Raqqa disfrazados de milicianos del Estado Islámico, con una barba postiza y un turbante lleno de inscripciones coránicas– sabrían hacer frente a los yihadistas, y al menos sabrían reírse de ellos y amenazarles con el puño, y llamarles todo lo que son, bachibozuks, sí, pero también iconoclastas, y antropopitecos, y zopencos, y anacolutos, y coleópteros. Y muchas cosas más.

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