Las cuentas de la vida

Tiempos acédicos

17.04.2016 | 05:00

Para el mundo antiguo, la acedia constituía uno de los principales males que podían aquejar a una persona o a una sociedad. La acedia era el descuido, la atonía, la pereza, aunque seguramente hoy hablaríamos de depresión. En su origen „nos cuenta Dom Jean-Charles Nault en su librito El demonio del mediodía„, con el término akedía los griegos se referían al hecho de no enterrar a los muertos, de dejar los cuerpos abandonados a la intemperie como carroña, al igual que hacen los animales con los animales. A lo largo de la historia, enterrar dignamente a los muertos ha sido un signo de humanidad. Así sucedía en las cuevas de los hombres prehistóricos „se han encontrado entierros rituales incluso entre los neandertales„ y así ocurre, hasta donde yo sé, en todas las culturas y en todas las religiones. Pero el cristianismo „primero a través de los Padres del desierto, en Egipto, y más tarde, ya en Occidente, con el monje Juan Casiano„ amplió el sentido original de la palabra acedia hasta englobar la noción de «descuido», que afectaba cualquier faceta de la vida. Para el asceta del siglo IV Evagrio Póntico la acedia se refiere a «una atonía del alma», una afección crónica que ensombrece nuestro día a día. «El demonio de la acedia „escribe Evagrio„, llamado también el demonio de mediodía, es de todos los demonios el más gravoso. Ataca al monje de diez de la mañana a dos de la tarde. Al principio, hace que el sol parezca avanzar lento e incluso inmóvil y que el día parezca tener cincuenta horas. [€] Además de esto, le despierta aversión hacia el lugar donde mora, hacia su misma vida y hacia el trabajo manual; le inculca la idea de que la caridad ha desaparecido entre sus hermanos y no hay quien le consuele. Este demonio le induce entonces al deseo de otros lugares en los que pueda encontrar fácilmente lo que necesita y ejercer un oficio más fácil de realizar y más rentable€».

La acedia es una enfermedad antigua cuyo reflejo, sin embargo, resulta moderno. Puede referirse a la crisis de la mediana edad, cuando los caminos empiezan ya a acortarse. Puede referirse a la decepción por una falta de expectativas profesionales. Nos habla también de un malestar sin causa concreta, de un sentimiento de culpa difuso pero acuciante. La acedia refleja la muerte de la esperanza e invita tanto a un activismo alocado e incansable como a la dejadez más extrema. En realidad, la acedia termina destruyendo las sociedades.

Pensemos en el momento político actual. Por un lado está la hiperactividad de algunos partidos, como los asamblearios y las mareas, a los que nada les parece suficiente. Por otro, la apatía de Rajoy dejando que todos los demás tomen la iniciativa para ver cómo se destruyen entre ellos. Pedro Sánchez da vueltas igual que una peonza sin saber dónde quedarse ni adónde ir. De fondo, el gran malestar de la ciudadanía española, cansada de la corrupción de los partidos, de los bajos salarios, del desempleo todavía generalizado y de la falta de perspectivas. El descuido está presente en la Administración, en las empresas públicas y privadas, en la clase política. El elevado consumo de ansiolíticos y antidepresivos nos hablan de una sociedad cansada que se halla bajo el sol del mediodía y siente aversión hacia su país, su trabajo e incluso su hacia propia vida.

La Historia se repite en forma de rima. El demonio de la acedia que tentaba a los anacoretas del desierto no es idéntico a los peligros que afrontan las sociedades actuales; sin embargo, sirve para iluminar algunos aspectos de la realidad de nuestros días. La política española ha enfermado por desidia, por pereza y por avaricia. Se ha permitido que se pudra la confianza social y se ha alimentado el resentimiento. No se ha dotado a la economía de la flexibilidad suficiente con tal de proteger los intereses de determinados grupos de presión. Tras cuarenta años de democracia, hemos llegado al mediodía, cuando ya no se valoran tanto los pasos dados como los errores cometidos. El populismo se ha presentado como una exaltación emocional que quiere hacer frente a la desesperanza de amplios sectores de la población. En el otro extremo, la apatía de los que no quieren reformar nada. Vivimos tiempos acédicos.

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