Tierra de nadie

Disculpen el cambio

17.05.2016 | 05:00

Compartí hace poco mesa y mantel con un columnista al que admiro y en el segundo plato comenzamos a intercambiar secretos de cocina. Como me ha pedido que no lo mencione, no lo menciono, qué le vamos a hacer. No llevábamos ni tres copas de vino cuando me confesó que él escribía sus columnas al poco de salir de la cama, sin pasar por la ducha.

–Me gusta escribir –añadió– con la sensación de suciedad corporal con la que nos despertamos. Con la boca pastosa, si he bebido la noche anterior, con los ojos legañosos y el pelo revuelto. Con los intestinos sin vaciar y los sueños todavía medio vivos, aunque ya en proceso de disolución, en la memoria. Escriba sobre lo que escriba, parte de toda esa inmundicia se cuela en el texto. Y funciona. A la columna periodística le viene muy bien un punto de roña, una pátina de herrumbre.

Me contó también que a veces, por experimentar, ha escrito después de ducharse. A ver, él me lo refiere con detalles: ducharse implica lavarse la cabeza, además de pasarse la esponja por el resto del cuerpo, todo ello con el agua caliente y purificadora escurriéndose por toda tu geografía. Implica aclararse la garganta, escupir. Bajo la ducha, te vas convirtiendo en otro distinto de aquel que acaba de salir de entre las sábanas. De la cama surges cabreado; de la bañera, sedado. Con frecuencia, después de ducharte, te afeitas, pues los poros de la piel están más dilatados, por el calor, y la maquinilla apura más. Una cosa llama a la otra. Luego te secas el pelo, te pones ropa interior limpia y apareces en el pasillo de tu casa con la actitud casi de un moje budista. El mundo está mal, es cierto, pero tú estás bien. Te esperan en la cocina un zumo de naranja, un café con leche y quizá una tostada.

–Ponte a escribir con ese grado de bienestar –concluyó– y verás qué mierda te sale.

Nos despedimos casi a media tarde, después de haber tomado un par de gin tonics digestivos. Llegué a casa, me puse delante del ordenador y me dije: voy a contarlo. Le llamé para que me autorizara a revelar su nombre y me dijo que no. Que no le importaba la fama de columnista cabreado, aunque tampoco quiere se empiece a hablar de él como un cochino. Por mi parte, a partir de mañana me apunto a su método. Disculpen el cambio de carácter.

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