La punta del iceberg

Cantar de la tierra lusitana

Hay fronteras políticas que dividen territorios comunes, y hay sentimientos comunes que unen territorios fronterizos

16.06.2016 | 05:00

El fado es la frontera que separa el desaliento de la esperanza. Una fresco resuello procedente del Atlántico. Lamento líquido, profundo y alargado que camufla la inherente determinación del pueblo a no darse por vencido. Portugal nunca se postrará mientras sus voces lleven prendidas las notas de un fado.

Para celebrar el 10 de Junio, día Nacional de Portugal, el cónsul general para Andalucía, D. Jorge Monteiro, organizó una serie de festejos tanto en Sevilla como en Málaga. Promovida por el cónsul honorario de Portugal en Málaga, D. Rafael Pérez Peña, el Museo del Automóvil de Málaga acogió la recepción en nuestra capital el viernes 3 de junio. A ella asistieron relevantes personas del ámbito político, cultural y empresarial de Málaga. Presidió la gala la seductora voz de Cuca Roseta, una joven estrella del fado que fusionó la lengua portuguesa en su boca. De sólido a líquido. Permitiendo que la ensoñación navegara vertiginosamente hacia el oeste como antaño hicieron emprendedores portugueses y castellanos en la conquista de un mundo nuevo.

Los compases del fado contienen atributos atávicos que transportan siglos atrás. Al momento en que ciertos aristócratas, deseosos de aposentar en tronos sus nobles traseros, se empeñaron en separar campos de cultivo y ganado izando la siempre oportuna bandera de la desigualdad. Hoy en día, sobran banderas pero perviven las desigualdades a la par que las ambiciones. Lo mucho que ganaron unos pocos, sigue minando la pobreza de los que derramaron su sangre.

Hay fronteras políticas que dividen territorios comunes, y hay sentimientos comunes que unen territorios fronterizos. Por mucho que se hayan empeñado los siglos en trazar una línea divisoria entre ambos territorios, la evidencia dice que los habitantes de Portugal y España provienen de la misma cera. Luis de Camoes acuñó la conocida frase: «Hablad de castellanos y de portugueses, porque españoles somos todos». Esa unidad vale mucho más en los campos, en los colegios en las fábricas y en los hospitales que cualquier tratado firmado por ególatras medievales.

Nuestro esfuerzo por diferenciarnos de nosotros mismos nos empobrece. Malgastamos la fuerza en reivindicaciones de antiguos privilegios que sólo benefician una inútil autoestima. Más nos valdría dirigir el empeño hacia nuestros vecinos occidentales, quienes gastan el 66% de su consumo en productos españoles. Un país al que exportamos más que a toda Hispanoamérica y en el que nuestras empresas gozan de una seguridad jurídica inexistente en otros territorios.

La historia es un profeta sin tierra. A pesar de estar recogida en cientos de tomos por innumerables biógrafos, siempre es denostada, ninguneada y prostituida. El ansia de pedestal y bandera de ciertos culs nacionalistas, devora las erosionadas necesidades de los habitantes, y con falsas esperanzas hacen creer que ciertos cambios en el orden político proveerán soluciones. La historia contiene la respuesta. A la vista de todos y oculta por unos cuantos. La misma respuesta que hace que tras cien siglos de separación, los habitantes de Portugal y España sean, además de vecinos, hermanos de sustento, trabajo, ambiciones y lucha diaria.

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