Cuaderno de mano

El adiós azul

24.07.2016 | 05:00

Un beso para dormir sin dolor el tiempo. Hacia dentro de un sueño, en la mitad de un puente entre dos sombras. Dicen que ese es el mejor pasaporte para cruzar hacia la muerte. Hace tiempo que Caronte no cobra en monedas ciegas el viaje de una orilla a otra. Prefiere escuchar -después de todo alguna vez tuvo que ser hombre- una voz que le cuente de sus viajes durante la travesía de ese último viaje. La historia de la vida que acompaña hasta el otro lado y cuyo broche es un beso de amor en las cenizas de los labios. Los he visto de cerca, volcados sobre el color inútil de una boca seca marchitándose en violeta. A esposos enamorados con el temblor del primero. A hijos, hermanos, padres y nietos, desviviéndose en rodear a un ser querido con la última caricia de los recuerdos compartidos. No todo el mundo tiene el afecto de cara. Hay enfermos que son solos. Nadie les vibra al oído un recuerdo emocionado. Ni a su mano se aprieta un gesto de ternura acompañándolo. Tampoco una caricia les provoca una sonrisa en paz en su boca. Ni siquiera uno o dos fantasmas le desenvuelven de azul el peso del alma. Nada más triste que un final en desgarro rojo, en los grises melancólicos de la bruma, en negro absoluto. Sin que ni siquiera lo advierta un silencio a la redonda.

La orfandad psíquica y emocional produce más sufrimiento que el dolor de una enfermedad terminal. Lo saben los médicos que defienden la importancia de los cuidados paliativos para humanizar una vida que se extingue. En España, más de 100.000 personas necesitan esta asistencia que sólo reciben la mitad, según Rafael Mota Vargas, presidente de la Sociedad Española de Cuidados Paliativos (Secoal), porque el sistema sanitario español no tiene recursos a nivel material. Ante ese vacío legal en unos casos y administrativo en otros, y frente a la necesidad de marcharse abrigados emocionalmente, hay voluntarios que procuran sin lazos de sangre una muerte dulce. Terapeutas, psicólogos y profesionales de otros ámbitos, capaces de relacionarse con la muerte, de gestionar la tristeza de soltarse de la vida, de que el enfermo se sienta arropado en la cuenta atrás por su médico, contenido por la dignidad y acompañado por un calor humano. Algunos de ellos pertenecen a la Fundación porqueviven que apoya a menores y a sus familiares en el último trance. Igual que Bárbara de Franceschi o Ana Blanco. Otros colaboran con la de Vivir un Buen Morir, presidida por Mar López que ha formado a lo largo de este año a una decena de mujeres que han decidido crear Anam-palabra gaélica que significa alma- . Su objetivo es empezar a funcionar en septiembre contra el miedo a la muerte, la soledad con la que enfrentarla e intentar a la vez que la familia comprenda y facilite que, en muchos casos, el enfermo prefiere morirse en su casa, rodeado de la atmósfera a la que pertenece su mundo y la memoria de la que se despide. Y algunos más lo hacen con el Hospicio San Camilo, una ONG dedicada al cuidado de los enfermos terminales hasta el final de sus días. En su Casa de la Esperanza alojan a pacientes que no tienen familiar o que no pueden ser atendidos. Alejandra Toubes es una de sus voluntarias desde 2003. Lo hizo porque considera que igual que cuando una persona nace es recibida por las manos del médico y de la partera, es importante que al marcharse también se le tome de la mano desde este lado.

¿Cómo le gustaría morir a usted? Hay preguntas secretas con respuestas que exigen conocer nuestros miedos, nuestras creencias profundas y qué últimas cosas nos servirían para envolverla con algún que otro instante de felicidad. Morirse no tiene porque ser una dura travesía del desierto rodeada de llanto, de miradas huidizas con un nudo en los ojos o un mal trago en la garganta. A nadie le agrada preparar el último equipaje, dejar hablado, sellado por escrito o pactada su manera de despedirse rindiéndole homenaje a lo que se ha vivido, o regalándole a los suyos el sabor de un buen recuerdo con música. Igual que hacen con el jazz funeral de Papa Celestin, de Uncle Lionel Batiste o de Juanita Brooks y el Just a closer walk with tee, o el flamenco de blanco de Alba Molina llorando a su padre Manuel. Cada cual vive a su manera las verdades y mentiras del tiempo, sus liturgias, sus extramuros, sus ráfagas espirituales, el soliloquio intelectual consigo mismo al borde de lo que concluye y de lo que uno ha sido. La mayoría no quiere que padezcan los que van a sobrevivirle ni que pasen por el momento amargo del aliento deshilachándose en una sedación progresiva, desocupando agónicamente la vida.

En España se suele morir mal. Las buenas muertes no son todo lo frecuente que deberían. Nadie habla de la muerte. Hacerlo tiene yuyu. Mucho más si el último deseo es el grito desesperado de una liberación. Desde los años noventa la organizaciones Exit y Dignitas, dirigida por el abogado Ludwig Minelli, favorece la dignidad de irse con dignidad. En el centro de Zúrich tienen un apartamento alquilado en el que anualmente unas 200 personas son ayudadas a morir. Un debate que provoca polémicas en muchos otros países donde el suicidio asistido se considera un delito. Sin embargo para los pacientes terminales de cáncer o con edad a enfermedades degenerativas es una bendición.

Es difícil elegir la manera de despedirse. Pero entre dejar que suceda lo que deba suceder en manos de un médico o de una religión y decidir voluntariamente, hay un abismo, una actitud, y cierta pequeña pero hermosa épica frente al destino. En mi caso lo tengo claro y ordenado por escrito. También tengo un buen amigo (al que le dedico sin su nombre estas letras que son suyas) que ahora mismo anda desandado hacia atrás el tiempo en una isla donde ve empezar el intenso azul del océano, con el que espera fundirse en una trashumante ola. Se le ocurrió el año pasado cuando descubrió en una revista la fotografía de una mujer de 78 años y en camilla en el Rijksmuseum de Ámsterdan contemplando por última vez los cuadros de Rembrandt. Kess Veldboer lo hizo posible. En 2006 fundó Stichting Ambulance Wens (Fundación Ambulancia el Deseo) después de que un retraso en la recepción de un enfermo terminal en un hospital diese lugar a que Mario Stefanutto le pidiese ver por última vez el canal Vlaardingen del puerto de Rotterdam. Diez años después Veldboer y su esposa Ineke cuentan con 230 voluntarios, seis ambulancias y más de 7.000 deseos cumplidos. Uno de estos ayudo a cumplirlo Frans Lepelaar, un ex policía que conduce para la Fundación después de 20 años detrás de un escritorio. En 2004, junto con su colega Olaf Exoo llevaron a un hombre de 54 años con dificultades de aprendizaje al zoológico de Rotterdam para que se despidiese de sus compañeros de los últimos 25 años de trabajo. Cuando llegaron al recinto de las jirafas una de ellas se le acercó y le dio un lengüetazo en la cara. Un beso que se convirtió en titulares.

Todos hemos de pasar por este tránsito, normalmente varias veces en la vida. Primero acompañando a los amigos y a familiares, finalmente viviéndolo en primera persona. Es bueno que vayamos construyendo nuestra narrativa de la muerte, mientras gozamos con plenitud de las pequeñas felicidades cotidianas. Y cuando llegue el momento de la tormenta emocional, tener el adiós azul de un beso o al menos saber elegir el mejor adjetivo para el final del poema que se ha vivido.

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