Entre el sol y la sal

Gracias

24.08.2016 | 05:00

Resulta que, a simple vista, el espíritu olímpico me parecía un producto de marketing ideado para que la humanidad se sintiera mejor consigo misma cada cuatro años, un impasse de tiempo en el que hasta la dictadura de Corea del Norte gozase de cierta lástima mundial gracias a sus gimnásticos atletas, como si en estos 16 días de competición se edulcorase el grito de la tragedia cotidiana con susurros más altos, más fuertes o más rápidos, pero cierto es que de entre toda esa fiesta multidisciplinar siempre surgen historias tan inspiradoras que hacen que el momento merezca la pena. Y no quiero hablar de Rafa Nadal, ya que no tengo nada nuevo que decir sobre alguien que lleva años forjando una leyenda de coraje, pundonor y entrega por un deporte al que ama y con un público que desea, necesita, parecerse a él. Hoy hablo de Orlando Ortega, cubano nacionalizado español, subcampeón olímpico, flamante medalla de plata en los 110 metros vallas en los Juegos de Río, y calificado como gusano por el tarado más necio del reino, Willy Toledo.

Este corredor abandonó la delegación cubana en los mundiales de Moscú en el año 2013 para buscar una vida mejor entre nosotros a cambio de aportar su disciplina, su perseverancia y su habilidad. Es decir, este inmigrante persiguió un sueño y, tras alcanzar el éxito después de tres años de sacrificio, sólo ha tenido muestras de gratitud para el país que le brindó esa oportunidad, una nueva existencia. Tras cruzar la meta se enfundó en la rojigualda y llorando pronunció exactamente estas palabras: «Muchas gracias, estoy muy agradecido por esta oportunidad, y quiero agradecerle a España su confianza en mí. No tengo límites y seguro que vendrán muchos más éxitos para el pueblo español que ha confiado en mí en todo momento. Voy a seguir dando lo mejor de mí para el atletismo español».

Esto nos demuestra que una inmigración reglada, controlada, puede traer savia nueva a un país que con ello se fortalece y se hace más grande, pues existe una inmigración de personas que se integran, que cumplen nuestras leyes, que respetan nuestras tradiciones y aprenden nuestra cultura. Esto nos recuerda que convivimos con miles de inmigrantes que, encarnando el mito de Sísifo, aceptan la dureza de un destino agorero y alejado de sus raíces pero que, desde un esfuerzo diario, consiguen perfeccionarse como seres humanos, bien sea ganando medallas olímpicas, usando una escoba, cuidando mayores, dando clases en la facultad o creando bellas obras artísticas. En la misma medida, nuestros jóvenes emigran a otros países tras formarse en enfermería, biología, arquitectura o aportando su pericia en cualquier oficio que ofrezca un puesto de trabajo allende las fronteras.

La cuestión, el meollo del asunto, está en el respeto hacia el pueblo que acoge y devolver el favor dando lo mejor de uno mismo. Sin servilismos, con dignidad, pues lo sobrante es querer vivir del subsidio ordeñando una ubre que ya supera los 1,1 billones de euros y no da leche para todos, trampeando al sistema, criminalizando un desdén autoinfligido y aprovechándose de la buena voluntad de unos vecinos que ahora comparten espacio, futuro, salas de espera y presupuestos.

El pintor japonés Mitsuo Miura, la poetisa marroquí Fátima Elayoubi, el economista argentino Carlos Rodríguez Braun, el actor cubano Rubén Cortada, la diputada guineana (aunque sea de Podemos) Rita Bosaho, todos inmigrantes que vinieron con aventuras dispares para encontrar en Europa un lugar donde pasar el resto de sus días. Nombres que han sentado precedentes para conocer sus orígenes y afianzar sus logros, para dar ejemplo de su valía y agrandar el camino que abrieron otros. Para que los de aquí tengamos la nobleza de admirar las virtudes de los de allí, y viceversa.

Menos Roma y más Grecia, pues no debemos olvidar que, por ejemplo, Albert Einstein nació alemán, se cultivó como suizo y murió estadounidense.

Por eso, quien venga a vivir de la sopa boba; exigiendo, imponiendo o provocando, ya puede coger de la mano a Willy Toledo, recoger por el camino a Otegi, e irse sin billete de vuelta allí donde los norcoreanos entrenan duro para su líder supremo. Seguro que entonces Willy gana dos medallas: una por tonto y otra por si la pierde. Y ni por esas merecerá el honor de compartir especie o nacionalidad con Orlando Ortega.
Lo dicho. Bienvenido Orlando, y gracias.

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