Tribuna

Circo viejo, contenidos nulos

Sólo las salidas de tono de Trump animan un cara a cara marcado por la falta de ideas

11.10.2016 | 23:51

El segundo debate entre Clinton y Trump estaba tan marcado por el grosero vídeo misógino del magnate que hasta la primera pregunta de la audiencia versó sobre si el espacio sería apto para menores. Pero el picante nunca mata del todo el regusto a carne vieja. Así que, tras la viveza de los primeros minutos, preludiada por la ausencia de apretón de manos entre los candidatos, el cara a cara se convirtió en un espectáculo inapto para menores. Y para mayores. Un viejo circo de números gastados, carente de cualquier contenido de relieve.

Clinton salió tranquila en apariencia, aunque sus repetidos saludos a la audiencia –hasta ocho o nuevo ´holas´ le dedicó al público– delataron que estaba haciendo una digestión pesada. No en vano, su rival acababa de comparecer ante la prensa junto a tres mujeres que en su día denunciaron a Bill Clinton por acoso sexual y junto a una cuarta que la acusa a ella misma de favorecer en un juicio al hombre que la violó cuando tenía doce años. Con todo, la ex secretaria de Estado no perdió su calma en los 90 minutos de debate.

Trump, por su parte, salió nervioso. En realidad no acabó de calmarse en todo el debate, marcado por sus continuas idas y venidas por el plató, y por las peleas con los moderadores por supuesto trato de favor a Clinton. Sabía que iba a tener que defenderse de sus patochadas machistas y tampoco ignoraba que la lista de defecciones republicanas hacia su candidatura no para de crecer. Minuto dos, y ya tiene que proclamarse «avergonzado» de haber dicho que cuando eres una estrella las chicas se derriten hasta el punto de que puedes echarles sin más la mano a la entrepierna. Fue una «charla de vestuario», se disculpa, pero lo importante, añade, es que Bill Clinton –que, por cierto, no se presenta a las elecciones– es «un violador» y que, quiebro veloz, el Estado Islámico representa un enorme peligro del que son responsables Obama y Clinton.

A partir de ahí, quienes hayan asistido al primer debate habrán entrado en una tediosa sensación de «déjà vu», sólo rota en el minuto 20 por el anuncio de que si Trump se hiciera con la presidencia, nombraría un fiscal especial para investigar el escándalo del material confidencial que la secretaria de Estado hizo circular por una cuenta de correo privada. Es el célebre asunto de los emails, que Trump había dejado pasar sin hacer sangre en el primer debate. Esta vez no quiere marrar y... se le va la mano. Anuncia que si llega a sentarse en la Casa Blanca, Hillary Clinton acabará en la cárcel. Una amenaza sin precedentes que, junto a otras salidas de tono, quedará como el hito de un triste debate en el que ni siquiera importa saber si, como dicen los sondeos, Hillary se impuso a un Trump que, teniendo en cuenta lo que le había caído encima en los días anteriores, resistió bastante bien.

Lo que no resistió nada bien fue el debate. Signo de los tiempos. Por un lado, un ególatra arrogante convertido en prueba irrefutable de que un político no se improvisa. Por el otro, una rancia tribuna que, con su reiteración de fórmulas heredadas –se muestra incapaz de convocar el relámpago–, ilustra bien por qué los populismos se abren camino en todo Occidente. Cabe confiar en que Clinton sirva para pararle los pies a Trump. No parece, sin embargo, que pueda esperarse mucho más de ella.

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