25 de noviembre de 2016
Quinta columna

Un código ético para viajar a las estrellas

24.11.2016 | 22:39

Es ético modificar el cuerpo humano, hacerlo evolucionar con prótesis o modificaciones genéticas? Por supuesto que sí. Y no sólo eso. El hombre del siglo XXI tiene el «imperativo moral» de diversificar su especie, de «rediseñar» las características de su cuerpo, pues ha de prepararlo para sortear un más que previsible evento de extinción masiva en la Tierra. El hombre del siglo XXI ha de sentar las bases científicas para crear un tipo más evolucionado de vida humana que sea capaz de colonizar, sobrevivir y reproducirse en otros planetas. O sea, fabricar al hombre que resista un viaje a las estrellas.

Este «imperativo moral estelar» es la teoría que defiende el futurólogo mexicano Juan Enríquez Cabot, un influyente empresario del sector biotecnológico, docente en Harvard y autor de libros superventas en EEUU. En su argumentación, Enríquez parte de la enumeración de numerosos avances científicos que ya están modificando nuestros cuerpos. Cita, por ejemplo, las prótesis biónicas de Hugh Herr, último premio «Princesa de Asturias» de Investigación, o los trabajos de Craig Venter y Ham Smith para «reprogramar» células, lo que permitiría, por ejemplo, conseguir órganos más resistentes a la radiación o capaces de filtrar sustancias indeseadas para el cuerpo. Otro ejemplo. Enríquez dice: si la rapidez con la que el ser humano reacciona a un estímulo depende del diámetro de un nervio, ¿no podríamos acelerar nuestras reacciones a la velocidad de una bala utilizando prótesis con nervios externos de metal líquido? Podría ser... Pero, ¿por qué deberíamos de hacer estas cosas que cambian sustancialmente la condición humana? Para responder, Enríquez abre el foco y ve el planeta Tierra como un punto en el espacio que ha sufrido ya cinco eventos de extinción masiva. «Por lo tanto, lo más probable es que la especie humana se vaya a extinguir algún día», añade. Entonces, a la vista de que las extinciones son comunes y se producen periódicamente, «se convierte en un imperativo moral diversificar nuestra especie porque va a ser muy difícil vivir en Marte si no modificamos el cuerpo humano de manera sustancial». No sabemos, subraya Enríquez, cómo sería tener niños en el espacio: qué pasaría si, en el proceso de fecundación, cambiase sustancialmente la gravedad. Sí sabemos, por ejemplo, que la radiación del espacio nos mata. Así que, ¿por qué no modificarnos genéticamente nuestro cuerpo para poder habitar un nuevo y previsible hogar en el planeta rojo?

Y más allá de Marte. Enríquez habla de un «rediseño radical» pues llegar al planeta extrasolar más cercano lleva decenas de miles de años. «Así que si queremos empezar a explorar playas de otro lugar, o llegar a ver dos puestas de sol juntas, entonces estamos hablando de algo muy diferente, tendremos que cambiar la escala de tiempo y el cuerpo del ser humano hacia formas absolutamente irreconocibles». Tan irreconocibles que, incluso, el cuerpo puede llegar a convertirse en un elemento prescindible. Al hilo de esto, Juan Enríquez cita los experimentos que se están llevan a cabo en China con transplantes de cabeza entre ratones. Si se logra trasplantar un cerebro, hay dos alternativas, dice Enríquez: o bien el ratón trasplantado recibe una «pizarra en blanco» o bien tiene recuerdos. En ese caso, se podría trasplantar la memoria y la conciencia. «¿Entonces podríamos trasplantar la conciencia en algo que sería muy diferente a nuestro cuerpo y que durase decenas de miles de años, un cuerpo totalmente rediseñado para mantener la conciencia durante un largo periodo de tiempo?». Enríquez admite que este camino es aterrador, pero, insiste, es el camino de la supervivencia.

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