Cuaderno de mano

Castillos de arena

02.07.2017 | 02:07

La infancia ya no corre descalza convocando la vida, descubriéndole sus tiempos y sus fronteras. La felicidad consistía en jugar a ciegas, sin conciencia del peligro entre el vértigo y la aventura, el desafío a los límites, y la imaginación en detonación y constructiva. Una promesa era un pacto de sangre y un pacto de sangre la inmortalidad de una amistad, más allá de distancias y de años. Ni siquiera cuando llegaba la noche con sus miedos y obediencias la vida detenía el impulso de sus latidos inagotables. Sólo el cansancio con su peso de fiebre nos vencía las alas de pájaros, el deseo de cruzar al galope por el interior de los relojes, la resistencia a deponer cualquier clase de armas, y la ambición de encarnar las ficciones de nuestras lecturas –un libro bajo la almohada para soñar sus heroísmos–. A mano, en la mesilla, una linterna como espada contra el susurro de las sombras y el de las siluetas en metamorfosis de los objetos y las cosas. Y también una llave maestra para abrir el camino hacia el otro lado de la noche y sus espejos, cuando lo desconocido atraía más que lo oscuro y su aliento frío. Bastaba con mantener los ojos bien abiertos hacia fuera y hacia dentro para que la vida fuese más, y ya era mucho, que un montón de emociones habitables y apiladas en desorden sobre una silla, o a salvo sus secretos en una caja donde los recuerdos terminan convirtiéndose en cromos. Ninguno de nosotros necesitamos otra pantalla que no fuese la pared encalada del verano en la que volver a ver o rescatar de su pérdida las películas de noche, un rayón sin trueno, una quemadura como de cigarro en mitad de la trama, comiendo pipas y mirando de soslayo a la niña de trenzas que luego tendría bikini y a la que más tarde abrigaríamos bajo un brazo de hombre aprendiendo poco a poco, y a veces de golpe bajo, lo que diferencia una cicatriz de un tatuaje.

Definitivamente, la vida en la infancia de entonces tenía un brillo en la mirada intrépida e indagatoria, redonda y con aspecto de fruta que los vientos iban madurando. No es fácil encontrarla ahora en muchos niños que antes de los doce ya son adolescentes en precario equilibrio a merced del móvil, criaturas con la educación desafilada sin la atención de sus padres, chillando con el capricho airado en trenes, restaurantes, piscinas y playas. Náufragos ensimismados y de precoz sexualidad en pose en el sótano de sus móviles, donde sucede su vida y la velocidad de sus ojos multiplican los mundos en los que nunca detienen sus miradas autómatas. A este paso dejará de existir la infancia, la hermosa aventura de preguntar e ir poseyendo las palabras, el gesto poético de deletrear un nombre en la orilla húmeda de la arena o de grabar corazones en el escondite de un bosque donde cada árbol es un abrazo, una voz de la que aprender la memoria de su canto. Da igual. Tampoco se cree demasiado ahora en la magia, en los libros, en los diccionarios, en las enciclopedias ni en el pensamiento. Tampoco en la rebeldía frente a las ideas que nos imponen y nos manipulan con la inmoralidad de la mentira, sin un atisbo de resistencia por la parte de nuestro desencanto, de nuestro escepticismo, de nuestra derrota entregada.

Es curioso que cuando menos sucede la infancia en esta época de ilusiones derribadas, y más madurez supuestamente destila la conciencia, después de haberse enfrentando a la crisis y sus desahucios, más niños en ingenuidad son las personas. Peter Panes en lo físico y en la comodidad mental de aceptar lo impuesto para no tener que defender el argumento del desacuerdo. No discernimos, ha dicho el filósofo Slavoj Zizek en su visita a España, y es cierto. Lo evidencia la facilidad con la que se aceptan los discursos de letra grande, y a dos páginas en prensa a favor de totalitarismos económicos con trastienda negra. Está ocurriendo en mi ciudad con el proyecto de un nuevo pelotazo del ladrillo –boom, burbuja y error que polarizó la sociedad económica de la Costa del Sol– que ha transformado al personal en niños pegados a pie juntillas a un escaparate en el que reina la fábula fantástica de un hotel de Plata y chocolate, erecto con capital catarí de terrorismo capitalista y en suelo público, y defendido por una batería de falsedades que nadie cuestiona. Ni el PSOE que pretende hacerse voz de conciencia crítica contra la corrupción, ni el PP necesitado sacudirse tantas imposturas ni Ciudadanos que se sube a cualquier noria que lo aúpe alto, demuestran la ética que se les supone. Frente al dinero que banaliza el paisaje, y contribuye a contaminar aún más el pulmón azul, todos echan cuentas y callan.

Sólo así se entiende que en esta ciudad donde en nombre del turismo todo se vende, se abusa, se desborda, y se codicia entre la precariedad laboral y el calidoscopio de dinero blanco, dinero negro y dinero rojo, nadie diga en alto que no se puede especular con el espacio social ni la identidad cultural, a cambio de un negocio vertical y otro centro comercial. Insiste su Autoridad presidente en que su hotel de 135 metros a pisotón de la espuma no acosa ni revienta en impacto el paisaje; que se trata de una fantástica oferta para el turismo 5 estrellas que no encuentra en Málaga posada de lujo; que el Consejo Internacional de Monumentos y Sitios Histórico-Artísticos, que ha venido a tenor de la polémica, nada pinta en medio de su negocio; que los concursos de ideas estropean las cosas - las imposiciones a dedo y chequera son más rápidas y rentables (lo que hay que escuchar de un socialista); y de broche acusa a quienes cuestionamos la necesidad y el lugar de su coloso de pertenecer a un colectivo organizado. No le dice el compañero periodista, en la pactada entrevista, que ese colectivo lo componen académicos, arquitectos, catedráticos, pintores, escritores y ciudadanos que han contribuido desde hace años al progreso de la ciudad y su democracia.

Poderoso caballero es don dinero aprendíamos en aquella infancia en la que la literatura y otras asignaturas se estudiaban. Un término que, como escuché decir recientemente a un profesor en la radio, resulta culpable de que la pasión de leer se pierda al llegar al instituto porque la literatura pasa de ser un entretenimiento a una exigida lección de conocimiento. Otro ejemplo de la infantilización de nuestra sociedad; empecinados sus dirigentes en fabricar adultos precoces estimulados en no se sabe qué tipo de creatividad, liberados de la disciplina, del estudio y la excelencia, e inmersos en el laberinto del yo de las nuevas tecnologías. Mano de obra barata para el montaje en cadena, mentes en blanco y de buche ancho para tragar molinos de viento cuando políticos y gestores modifican leyes a su antojo, igual que ha hecho Fomento para permitir el proyecto poco sostenible del rascacielos, y prometen piedras filosofales que en realidad son intereses económicos que enriquecen a los mismos que aprietan el gatillo contra el paisaje y la identidad de su cultura.

Me hastía la indolencia ciudadana, y el reparo a hacerle frente a los abusos de autoridad, escudándose en el silencio individualista y el miedo. Contra ese desaliento prefiero volver a la infancia que conservo dentro, echar mano a la imaginación y soñar con el Melillero chocando a proa (ya lo ha hecho dos veces en un año accidental) contra el tomahawk hotelero. Unos harán, por sus huevos de oro, lo que sea para lucrarse en nombre del progreso. Otros, en cambio, defenderemos con la conciencia limpia despertarnos frente al horizonte despejado y con la felicidad impaciente del mar en la mirada, antes de bajar al rebalaje a construir castillos de arena.

*Guillermo Busutil es escritor y periodista
www.guillermobusutil.es

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