Inventario de perplejidades

Sobre maestros y maestras

30.11.2017 | 20:31

Coincidiendo con la reciente celebración del Día del Maestro se ha difundido un informe de la OCDE en el que se alerta sobre el continuo descenso del número de profesores masculinos en las tareas docentes, sobre todo en la Educación Primaria. Un fenómeno creciente en la mayoría de los países que forman parte de esa entidad, en la que aún se dan casos con un porcentaje de menos del 10% en la plantilla de profesores varones en ese tramo de la escolaridad. Hasta el punto de que, en España (y por lo que respecta a los alumnos de entre tres y seis años), el 97,6% de sus educadores eran maestras. Una desproporción que se corrige parcialmente a medida que aumenta la edad de los alumnos ya que en Educación Secundaria el número de docentes varones representa el 39,7% del total de la plantilla. ¿Eso es bueno o es malo? Aquí, las opiniones se dividen civilizadamente. Nadie duda de que la nobilísima tarea de enseñar no discrimina por razón del sexo y que para explicar bien Matemáticas, Geografía o Historia del Arte da lo mismo ser hombre o mujer. Otra cosa es la enseñanza en Primaria donde no faltan sociólogos y psicólogos que prefieren para esa tarea a las mujeres porque sus rasgos de carácter facilitan la relación con el alumnado. En el sistema educativo que yo conocí, la presencia femenina era minoritaria y solía circunscribirse a lo que entonces se llamaba parvulario. Luego, ya en ingreso (una etapa anterior al Bachillerato) se hacía cargo de la clase un hombre. Y después, en los siete largos años que precedían a la entrada en la Universidad y en la vida adulta, lo habitual era un profesorado masculino que lógicamente impartía valores masculinos. No recuerdo haber tenido en esa etapa más profesora que una mujer. Una rareza no solo en mi colegio sino en la de todos los colegios de la ciudad. Daba clase de Ciencias Naturales y vestía unas faldas bastante cortas para lo que se llevaba entonces. Procurábamos hacerle preguntas capciosas sobre los procesos reproductivos en la naturaleza y algunos más atrevidos dejaban caer bolígrafos al suelo para verle las piernas mientras estaba sentada sobre la tarima. Hoy todo eso son recuerdos de los tiempos oscuros y las mujeres, afortunadamente para la conservación de la especie, ocupan cada vez más espacios de actividad. La palabra maestro suele asociarse (excepto en el sueldo) a la excelencia. Y no hace falta un título académico para merecerla y ejercer un oficio. Se le suele llamar maestros a todos los toreros, en la medida en que al tomar la alternativa entendemos que se doctoran. Y algo parecido ocurre con los periodistas. Cuando se mueren, y al margen de sus méritos, en los obituarios se les suele dar ese tratamiento. Es barato y no compromete a nada. En la literatura española hay extraordinarios maestros de ficción. Entre los que más me enseñaron, el creado por Antonio Machado con el nombre de Juan de Mairena, que era un compendio de sabiduría elemental. O el maestro Juan Martínez («que estaba allí») que inventó Manuel Chaves Nogales. Juan Martínez era un maestro del baile flamenco al que la revolución bolchevique le sorprende de gira por Rusia. Maestro también le llamaban a Jesucristo.

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