Apuntes del natural

Pangloss

Creer que de unas circunstancias como las que han llevado a cesar al Govern de Puigdemont puede salir una normalización casi instantánea es pecado de panglossismo extremo

07.12.2017 | 22:05
Pangloss

Si viviésemos en el mejor de los mundos posibles –tal y como pensaba el optimista irredento profesor Pangloss, el personaje que enseñaba a su discípulo Cándido en la novela de Voltaire– las elecciones del 21 de diciembre llevarían a que Cataluña dispusiese del mejor presidente imaginable. Lluís Bassets repasaba hace poco en un artículo publicado en el periódico de más circulación en España cuáles deberían ser los rasgos de la personalidad de semejante mirlo blanco: carácter decidido, fuerza personal, inteligencia, capacidad de comunicar, empatía... Bueno; cabe suponer que todos los líderes que encabezan las listas de la próxima cita electoral se sentirán retratados en semejante descripción utópica del líder deseable. Pero, ¡ay!, Bassets añadía otra condición necesaria e incluso imprescindible: que quien salga de las urnas se sienta (y sea) presidente de todos los catalanes, no sólo de los independentistas contra los constitucionalistas o viceversa.

Con la iglesia hemos topado, Sancho. Por razones harto conocidas, la cita del 21 de diciembre enfrenta al soberanismo y al unionismo hasta tal punto que incluso el inefable Pablo Iglesias ha interpuesto recurso de inconstitucionalidad contra la decisión del presidente Rajoy de intervenir la autonomía catalana y convocar elecciones. Verdad es que lo deseable sería que se celebrasen éstas de la forma más normal posible y que diesen lugar a una reconciliación de la sociedad catalana, escindida ahora mismo en dos mitades tan iguales en número como opuestas en intenciones y estrategias políticas. Pero creer que de unas circunstancias como las que han llevado a cesar al Govern de Puigdemont puede salir una normalización casi instantánea es, mucho me temo, pecado de panglossismo extremo. De hecho, la normalización entendida como vuelta de la política catalana a los cauces legales sólo entra en los deseos de una de esas dos mitades. La otra insiste en el programa soberanista y mantiene el objetivo de la declaración unilateral de independencia, matizada quizá desde las filas de parte de Esquerra Republicana por la defensa de una separación pactada. Pero el matiz tiene poco recorrido, habida cuenta de que resulta impensable que ningún Gobierno, ni de ahora ni del futuro cercano, esté por el desmantelamiento del Estado tal y como lo conocemos. Ni quiera el objetivo menor, mucho menor, de un referéndum legal –es decir, acordado entre Barcelona y Madrid– parece tener cabida a corto plazo al menos.

Así que tal vez el retrato del presidente ideal que hace Bassets, para alejarse algo de Pangloss y acercarse a la realidad previsible, deba ser referido no al próximo de Cataluña sino al que salga de las próximas elecciones generales. Que al fin y al cabo son las que cuentan para poder resolver el problema no sólo catalán, sino de España entera, de tener que encontrar una salida al modelo agotado del Estado de las autonomías.

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