23 de febrero de 2018
23.02.2018
El ruido y la furia

El último chiste serio

Cincuenta años de la vida de España contada así, con esa forma de mirar tan suya como de pariente cercano, siempre con un gesto indulgente y comprensivo

23.02.2018 | 05:00

Forges nunca me hizo reír, pero me hacía sonreír todos los días, que es más dulce y mucho más difícil. Yo llegaba a las páginas de ´opinión´ de El País (como antes había llegado a las de otros periódicos en los que publicó), y lo buscaba a él. Seguramente me saltaba el editorial y con total seguridad alguna columna sesuda de las que te echan a perder el café de la mañana, pero nunca me defraudaba aquella mezcla de socarronería, ternura y mordaz ironía con que Antonio Fraguas trazaba sus viñetas.

Cincuenta años de la vida de España contada así, con esa forma de mirar tan suya como de pariente cercano, siempre con un gesto indulgente y comprensivo. Porque Forges nos comprendía y nos quería, y ya de paso, mientras nos ponía ante el espejo, para seguir haciéndonos sonreír se inventaba algunas palabras que luego nosotros repetíamos por ahí hasta hacerlas encajar en el diccionario. De él nacieron ´bocata´, ´muslamen´, ´tontérrimo´, la fascinante y muy reciente ´gurtélidos´, los presuntos anglicismos ´incrédibol´ y ´cuñading´ (definible como ese esfuerzo de soportar a un cuñado) o el hipotético galicismo ´jilipoyuá´, tan extendido. Y, con un insuperable oído para el habla popular, las aféresis ´gensanta´, ´sórdenes´ y un buen puñado más, todas exactas y necesarias. Y ahora cae uno en la cuenta de que es digno de grande admiración que un dibujante haya influido tanto en el idioma, más que la mayoría de los escritores, y entonces te das cuenta de que ese tipo era ´sactamente´ un genio.

Yo me identificaba mucho con algunos de sus personajes, sobre todo con ese pobre hombre aplastado bajo el zapato del gigantesco capitalista que lo explota con una sonrisa negra, o con el abrumado por la burocracia, el pobre Blasillo perdido en la maraña de todo eso que inventan para mantenernos semiesclavizados. Y también con los náufragos (¿qué hombre no es, alguna vez, una isla desierta?) y, a ratos, con todo ese arsenal que Forges despachaba a diario, con sus quijotes y sus sanchos, sus abuelas del pueblo, sus viejos que eran la España rural y eterna, la que nunca terminaremos de superar completamente, la que llevamos en el ADN sin posibilidad de redención.

Y ahora va y se nos muere y nos deja huérfana la sonrisa. En el mismo momento en el que se despedía de su residencia en la Tierra las rotativas imprimían su último ´chiste serio´, que es como él llamaba a sus viñetas, para que sus inconsolables, que somos legión, lo recortásemos con una mezcla de devoción y dolor para guardarlo entre nuestros tesoros más queridos.

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