La espuma de las horas

El verano en que la historia condenó a Hiroshima

Setenta años después, el legado narrativo de la bomba atómica ofrece variadas perspectivas del horror

22.08.2015 | 17:23
El verano en que la historia condenó a Hiroshima

En Hiroshima, el 6 de agosto de 1945, se cree que murieron hasta 140.000 personas. Otras 80.000 dejaron de existir cuando un segundo dispositivo explotó en el cielo de Nagasaki tres días más tarde. Era la primera vez que las armas nucleares se habían utilizado para matar a la gente. A lo largo de décadas los físicos han tratado de reconstruir lo que sucedió durante e inmediatamente después de los ataques. Cuando se han cumplido setenta años de aquella atrocidad, los daños no han dejado de manifestarse genéticamente en la población.

El general de brigada Paul W. Tibbets Jr, rey de la superfortaleza «B- 29» que lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, falleció en su casa de Columbus, Ohio, a los 92 años, sin mostrar remordimiento por lo que había hecho. En el documental Los hombres que trajeron el amanecer, emitido coincidiendo con el 50.º aniversario del bombardeo atómico, expresó así su punto de vista sobre el asunto: «Quería hacer todo lo que pudiera para someter a Japón. Yo quería matar a esos bastardos. He estado convencido de que hemos salvado más vidas que las que nos llevamos». Después de lanzar la bomba bautizada como Little Boy se quedó observando el inmenso hongo de humo y dijo: «¡Menudo pepinazo!». El nombre del avión era el de su madre, todo un detalle de un hijo solícito.

Kenzaburo Oé, una de las cumbres de la literatura japonesa moderna, premio Nobel, deslumbrante autor de Una cuestión personal y El grito silencioso y padre de un discapacitado por hidrocefalia condenado al autismo, viajó en los años sesenta a Hiroshima para interesarse por los testimonios de las víctimas de aquella maldita «bomba justiciera» de Truman. Lo recibieron héroes silenciosos, ancianos obligados a vivir en soledad, mujeres y jóvenes desfigurados, y médicos que luchaban denodadamente contra los efectos tóxicos de la radiación. Encontró al pueblo jamás dispuesto a rendirse, elegido para soportar el dolor y aliviar la culpa de quienes, en nombre de la seguridad, les habían infligido tanto daño. De ahí surgió Cuadernos de Hiroshima, uno de los dos reportajes más estremecedores que se han escrito sobre las consecuencias de la bomba atómica. El otro fue el del periodista John Hersey.

La ética de Oé está basada en las lecciones aprendidas del dolor humano de aquellos seres condenados por la historia. El señor Sadao Miyamoto, una de aquellas víctimas, murió acariciando un conmovedor deseo de paz. La última vez que el joven escritor lo vio, había recibido el humilde homenaje de los participantes en la marcha que se celebraba en Hiroshima con motivo de la novena conferencia mundial contra las armas nucleares. «Se retiraba hacia la muerte con un ramo de flores en las manos, los hombros encogidos con resignación y, a pesar de todo, con evidente satisfacción y dignidad. Cuando entró en aquel lugar (el hospital) al que a nosotros, los de fuera, no se nos permite, apenas podía sostenerse por sus propios medios. Las semanas que llevan del verano al otoño, las pasó en la cama y murió con la llegada del invierno». Sólo entonces se rindió.

La inocencia, por encima incluso del terrible sufrimiento, permaneció como el pegamento de los hechos en el mito de Hiroshima. Makoto Oda, en The Bomb, la rentabiliza al contar cómo la bomba estalla y el cielo se viene abajo acompañado de un rugido sobrecogedor justo en el momento en que una dulce joven japonesa entrega un ramillete de flores a un soldado malayo convaleciente en un hospital.

Ian Buruma escribió en El precio de la culpa (Duomo 2011) –libro en el que intenta desentrañar cómo Alemania y Japón se enfrentan a su pasado– que Hiroshima, pese al castigo sufrido y a su esencial inocencia, lo fue todo menos inocente en la historia de las guerras desde la era Meiji. Esa dinastía había establecido allí el cuartel general desde donde las tropas imperiales partieron hacia China en 1894. La ciudad volvió a ser el centro de las operaciones militares cuando se declararon las hostilidades a Rusia, y en el momento en que cayó la bomba era la base del Segundo Cuartel General del Ejército Imperial. El primero estaba en Tokio.

Buruma recuerda, además, cómo una de las grandes novelas, Lluvia negra, de Masuji Ibuse, inspiradas en el ataque con la bomba atómica, se desarrolla con el telón de fondo del militarismo y la opresión política. Poco antes de la explosión unos estudiantes escuchan una arenga y entonan uno de tantos himnos patrióticos. Al final del libro cuando el ataque y todo su horror han sido descritos con la crudeza que exigen, el gobernador de la prefectura de Hiroshima da la orden de seguir combatiendo al enemigo: «Puede que las pérdidas hayan sido grandes, pero esto es la guerra». Atroz.

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