El machismo

Hombres fuera del paraíso

Los expertos inciden en la necesidad de combatir la 'epidemia social' desde un principio con los modelos educativos

16.10.2016 | 12:56
Hombres fuera del paraíso

Una fuerte dependencia emocional y la baja autoestima son factores de riesgo para un problema social que ha dejado en dos décadas en España más muertos que ETA

En una cafetería, el urinario de hombres tiene en la taza grabada la foto de una mujer semidesnuda para apuntar bien mientras se orina. En la serie Dos hombres y medio, que cualquier niño español puede ver en horario de tarde, el protagonista ligón se refiere a sus parejas de una noche como «guarrillas». La cadena MTV difunde, una y otra vez, imágenes de chicas hipersexualizadas, cantantes metidas en jaulas. El telediario cuenta, con una media de cinco veces al mes, que una española ha sido asesinada por su marido. ¿Qué tiene que ver esta cultura que denigra y sexualiza a las mujeres con el otro extremo de la realidad, el de las mujeres muertas? Los expertos insisten en que mucho.

Los hombres que están al otro lado de la violencia de género no son locos, no son anormales. «Es un fenómeno que no es individual, aunque los actos los cometan individuos. Pero responden a patrones culturales, fuertemente interiorizados», señala Paula Herrero, psicóloga que trabajó en una prisión dando terapia a maltratadores condenados. Ella intentó ayudar a hombres, muchos de ellos en la treintena, que no habían cometido delitos graves, de sangre, pero que habían maltratado a sus parejas. «Es muy difícil que reconozcan lo que han hecho. Tienen mecanismos de negación, minimizan, culpan a la víctima. No hay un solo factor que lleve a estos hombres a maltratar a sus mujeres, pero uno común a casi todos es el machismo. Y es un machismo que no es sólo el de las personas mayores, que creen que tienen derecho a ser obedecidos. Hay jóvenes que también han interiorizado estos valores», relata.

Hijos de una cultura

La psicóloga explica que no todos los hombres que participan de los valores machistas agreden, pero los que lo hacen sí suelen ser hijos de esta cultura. «La agresión es la punta del iceberg de una cultura que considera que las mujeres son ciudadanas de segunda. En algunos lugares del mundo es algo muy evidente, en otros, como en España, es una cultura más soterrada, pero está ahí», señala María Marín, miembro de Abogadas por la Igualdad. «Si es algo completamente natural que las chicas sean objetos para decorar una final deportiva, de ciclismo, por ejemplo, lo que estamos diciendo alto y claro es que las mujeres no son personas completas. Y si están ahí para deleitar y servir a los hombres, estamos poniendo las semillas de una desigualdad muy peligrosa», añade Marín.

Este caldo de cultivo facilita la epidemia, pero como en una enfermedad física, no todo el mundo cae. Los antecedentes familiares de violencia son un factor de riesgo, señalan los psicólogos, y además hay algunos rasgos de personalidad que facilitan que se cruce el límite entre una desavenencia de pareja y la agresión. «Los agresores consumados presentan esta serie de características: no asumen la responsabilidad, tienen mecanismos defensivos. Presentan mitos de corte sexista sobre lo que debe ser un varón y una mujer. Encuentran dificultad para reconocer y expresar sentimientos propios, y por tanto para reconocerlos en los demás, lo que produce baja empatía. Suelen padecer aislamiento emocional y social, con pocas relaciones profundas satisfactorias. Tienen también baja autoestima, dependencia hacia la mujer, terror a la soledad, pero no lo reconocen. En consecuencia, suelen padecer celos patológicos, especialmente si presienten abandono por parte de la pareja. Tienen pensamientos irracionales, rigidez. Déficits en capacidad de resolución de problemas, impulsividad, ansiedad», define uno de los manuales de tratamiento a maltratadores con los que ha trabajado Paula Herrero.

Patrón educativo

Es, pues, un fenómeno muy complejo, que suma a unas condiciones culturales heredadas el patrón de educación que han recibido muchos hombres, que han construido su identidad sobre la necesidad de control, para sentirse seguros, según expertos. La violencia, además, señala Paula Herrero, es una espiral, no llega de un día para otro. «Hay varios tipos de perfiles, y varios tipos de conductas, pero la agresión no es sólo la violencia física, y tampoco suele empezar con violencia física. Un porcentaje de los maltratadores responde al perfil antisocial, son hombres que son violentos, no sólo con sus parejas, también en otros ámbitos de su vida. Luego está el que es exclusivamente violento con su pareja, un caso más común. Es en este vínculo con la mujer donde se da la espiral de violencia, que suele pasar por una fase de acumulación de tensión y frustraciones, seguido de un estallido y después de arrepentimiento. Y hay aún otro perfil, de hombres más inseguros, que suelen ser hipercontroladores con sus parejas».

El catedrático de Derecho Penal y profesor de Criminología Javier Fernández Teruelo ha investigado el perfil psicológico y de conducta de los agresores más graves, cuya violencia suele acabar en la muerte de la víctima. Coincide con describir como esencial en ese comportamiento de control en los casos más graves. «Son sujetos que construyen su identidad en base a una relación de dominio y control, de evolución muy larga, y que no toleran, no pueden asimilar una ruptura. Cuando perciben que esa ruptura se puede producir, es cuando se descompensan. Esta idea del control parte de un patrón educativo. Y genera un problema muy grave, porque con ellos la amenaza de castigo penal no funciona. Es un delito en el que aumentar las penas no funciona, porque son hombres dispuestos a todo, a los que les da igual morir o ir a la cárcel, con tal de mantener hasta el final, hasta la muerte de la víctima, ese control», afirma.

El criminólogo ha estudiado cientos de sentencias de maltratadores graves, con resultado de muerte, y ha llegado a la conclusión de que el sistema de protección de las víctimas en España no funciona porque se basa en el Derecho Penal, «que establece que las penas son disuasorias, que si impones una pena la persona se pensará dos veces cometer el delito. Eso puede funcionar en maltratos leves, pero en los casos graves no, porque son hombres dispuestos a todo». Fernández Teruelo pone los datos sobre la mesa para justificar su afirmación: «El 30 por ciento de los hombres que matan a sus mujeres se suicida, cuando en otros delitos, este porcentaje es el 0,01 por ciento. No vale desear que se suiciden primero, porque es un delito mixto, en el que el homicidio es esencial. Suelen planear ambas acciones a la vez, tienen ya la idea de suicidarse en la cabeza. Así que cualquier castigo que la sociedad les pueda imponer no les importa. El resto, la inmensa mayoría, asumen también el castigo. De hecho, la mayoría se entrega después de cometer el crimen».

Detección previa

Para este experto, la única manera de intentar paliar el problema es analizar el perfil psicológico de los agresores, para detectar los casos realmente graves, que pueden acabar en muerte. «Normalmente en España para decidir si se dicta una orden de protección se entrevista a la víctima, no al agresor. Debe hacerse a la vez, hay sistemas de detección de los casos más graves que podrían aplicarse. Y en esos casos, creo que sólo la protección personal de las mujeres así amenazadas es la única vía. Habría que ponerles escolta, como se hizo con las personas que estaban amenazadas por ETA».

Teruelo insiste en que no sería necesario proteger a todas las mujeres que padecen situaciones de violencia, «sólo a aquellas cuyo agresor hubiera despertado las alarmas, hubiera sido detectado a través de las entrevistas, que pueden afinar mucho. Es un número mucho menor. En España se producen unas 100.000 denuncias al año por violencia de género, pero sólo entre 40 y 60 acaban con la muerte de la mujer». Otro problema es que, en ocasiones, no hay denuncias previas. «Por eso sería importante introducir estas entrevistas y estos test en los procesos de ruptura matrimonial, para detectar las situaciones de riesgo».

Dos velocidades

Es algo, sin embargo, que parece muy lejos de la agenda política. Para Fernández Teruelo, en igualdad «la sociedad avanza a dos velocidades». «Se han hecho muchos avances, hay cada vez más hombres comprometidos con la igualdad, pero hay muchas personas que se aferran a los viejos mitos, que culpan a las víctimas y justifican las agresiones. En los comentarios en internet a algunos de mis artículos, por ejemplo, encuentro muchas veces insultos, me llaman feminazi, culpan a las mujeres de la situación.
Demuestra que hay una parte de la sociedad muy resistente a este cambio».

Tanto la abogada María Marín como la psicóloga Paula Herrero insisten en que es necesario un cambio que empiece por la educación. «Es muy difícil que una persona que ha interiorizado esos valores sea capaz de desprenderse de ellos. Donde debemos poner el acento es en la educación, los chicos jóvenes son la esperanza, pero es difícil, también por algunas ideas sobre el amor romántico en el que son educados los chicos y las chicas. Es difícil construir una relación satisfactoria y equilibrada si crees en los mitos de las canciones de amor, del destino y el sufrimiento a través del amor», afirma Marín.

Las cifras acumuladas dan idea de que se trata de un gravísimo problema social: en dos décadas se registraron, según Abogadas por la Igualdad, 1.368 asesinatos de mujeres en España. ETA, en 50 años de terrorismo, asesinó a 858 personas.

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