Historias irrepetibles

"Sé que me entenderás"

Durante la Vendée Globe de 1996 celebrada en época de Navidad, el británico Pete Goss se enfrentó durante dos días a una terrible tormenta en las gélidas aguas del sur del Índico para rescatar de la muerta al francés Raphael Dinelli, un desconocido compañero de la competición

07.03.2016 | 01:37
Dinelli, de pie sobre su barco medio hundido.

Dice uno de los lemas de la Vendée Globe que hay más astronautas que dieron la vuelta a la tierra que hombres hayan navegado en solitario alrededor del mundo. La brutal regata que cada cuatro años parte del puerto francés de Les Sables para enfrentar a un puñado de patrones a una de las más grandes aventuras que pensó el ser humano está llena de historias de superación, sufrimiento, vida y muerte. Pocas reúnen el dramatismo de la vivida en 1996 por el inglés Pete Goss y el francés Raphael Dinelli.

Solo siete ediciones fueron suficientes para convertir la Vendée Globe en una prueba legendaria. Un grupo de regatistas se encierra en un barco de apenas cincuenta pies para dar la vuelta al mundo en solitario, sin posibilidad de recibir asistencia y sin hacer escala en ningún puerto. Casi cuatro meses –lo que se tardó en la primera edición de 1989 aunque la evolución de los barcos redujo el tiempo considerablemente en las últimas ediciones– en las que se ponen a prueba la destreza, el arrojo y en buena medida la fortuna de un grupo de aventureros. Nadie puede explicar mejor esa experiencia que lleva a algunos al límite entre la vida y la muerte que el inglés Pete Goss y el francés Raphael Dinelli, que en la edición de 1996 se vieron envueltos en un episodio que marcaría decisivamente sus vidas.

Para ambos, como para la mayoría de lo dieciséis participantes de aquella edición, era su primera Vendée Globe. No se conocían. Los últimos días antes de partir en Les Sables apenas tuvieron tiempo de compartir algo más que un simple saludo. Pete Goss hipotecó su casa para participar en la prueba y hasta el último momento estuvo peleando por conseguir los patrocinios necesarios para cubrir el presupuesto. Llegó al puerto francés con el tiempo justo y se pasaba el día encerrado en el barco ultimando los detalles para poder estar en condiciones en la salida, que se dio el 3 de noviembre de 1996.

La regata no tardó en mostrar su lado más trágico. Cuando después de un mes de navegación con cierta tranquilidad por el Atlántico los barcos alcanzaron las gélidas aguas del Océano Índico, azotadas casi siempre por vientos y olas descomunales, comenzaron los problemas. El canadiense Gerry Roufs desapareció en medio de una tormenta y nunca fue encontrado. Se unía así a la relación de fallecidos en la regata que estrenaron cuatro años antes el americano Mike Plant y el inglés Nigel Burgess.

El día de Navidad de 1996, Raphael Dinelli creía que él sería el siguiente en unirse a la macabra lista. Su barco, el «Algimouss», llevaba peleando horas con olas que superaban los diez metros cuando de repente la tormenta se hizo más intensa y agitó el velero como si fuese una coctelera. El patrón, que se encontraba dentro de la cabina, sintió un enorme impacto y el barco se dio la vuelta. El mástil se partió con violencia, un agujero se abrió en el casco y los cristales del ojo de buey estallaron. Dinelli, que se puso el traje de supervivencia, activó la señal de alarma que esos barcos llevan para las situaciones límites, en la que la vida del regatista está en peligro. Tenía claro que el barco se hundiría en poco tiempo y que sus posibilidades de sobrevivir en medio de aquella inmensidad helada eran prácticamente nulas. Estaba en mitad de la nada, en uno de los lugares más desolados del planeta donde solo parecen existir el frío y las tormentas. El puerto de Perth se encontraba a casi 1.100 millas y aunque la organización lanzó de inmediato la señal de auxilio a las autoridades australianas sabía que éstas tardarían en llegar a su posición y encontrarle. Para entonces lo normal es que ya fuese tarde. Su única posibilidad de rescate era alguno de los participantes en la propia regata. Por la zona estaban la francesa Catherine Chabaud, el belga Patrick de Radigués y el británico Pete Goss, aunque todos tenían problemas en sus embarcaciones por culpa de las condiciones extremas en las que estaban navegando. Goss fue el primero en responder a la llamada de auxilio. No conocía a Dinelli más que de un apretón de manos en Les Sables, pero tenía claro su papel en ese momento. Nada más tomar la decisión escribió una nota para su mujer y se la envió por fax, la única forma de comunicación que tenía en ese momento. En ella le explicaba lo que estaba a punto de hacer y le pedía perdón si algo salía mal y se despedía: «Sé que me entenderás. Te quiero». A Philippe Jeantot, director de la Vendée Globe, le mandó un mensaje más escueto: «Voy a hacerlo, no hay otra salida».

Goss hizo virar el «Aqua Quórum» y comenzó una pelea salvaje contra temporal inimaginable con la sola ayuda de un pequeño foque. Poco podía hacer más que resistir en medio de aquellas olas y ese viento en contra. Se agarró como pudo a la litera de su cabina y a la velocidad de apenas cinco nudos se dispuso a recorrer las 160 millas que le separaban de Dinelli.

El francés llevaba un día esperando alguna noticia. Su barco estaba a punto de hundirse y cuando al fin avistó el avión de la Marina Australiana, que volaba casi al límite de su alcance, se encontraba de pie sobre el casco semihundido. Sus pies ya estaban en contacto con el agua y podía sentir los primeros síntomas de congelación. Solo diez minutos antes de que el barco se perdiese en el fondo del océano desde el avión de rescate le lanzaron una balsa salvavidas a la que pudo subirse a duras penas. En ese momento crucial le ayudó que la tormenta amainó algo su intensidad. Dentro del bote de goma había una escueta nota que decía «Goss, 160 millas­­­».

El patrón inglés tardó casi dos días en llegar a la zona en la que se debía encontrar Dinelli. El barco resistió a duras penas la batalla contra el viento pese a que sufrió percances de todo tipo. Había volcado y tenía alguna pequeña vía de agua que Goss había conseguido taponar. El problema ahora era localizar al francés sin más ayuda que la vista. Para su suerte volvió a aparecer el avión australiano, que hizo señales con sus luces cuando pasaba sobre la balsa del francés. Así, finalmente, tras múltiples esfuerzos Goss pudo ver el color anaranjado de la embarcación de goma. Tampoco era sencilla la maniobra siguiente, pero consiguió con enorme pericia maniobrar para colocar su velero de forma que las olas le empujasen hacia la balsa. Raphael Dinelli estaba comido por el frío y apenas podía ayudar. Goss enganchó el bote al «Aqua Quórum» y subió a duras penas al francés, rígido como si estuviese hecho de piedra. «Nunca olvidaré su mirada al verme», repetiría desde ese momento Pete Goss.

Durante días, con la dificultad del idioma porque ni uno sabía francés ni el otro inglés, Goss se convirtió en su ángel de la guarda. Renunció a comer porque escaseaba la comida y Dinelli necesita alimentarse cada poco tiempo para recuperar energía debido a la deshidratación que sufría. Con los consejos médicos que recibían por el fax trató que sus congelaciones fuesen a más y juntos emprendieron el viaje hasta el puerto australiano de Hobart.

Durante aquellas dos semanas les dio tiempo a establecer la forma de comunicarse. A bordo del barco inglés. Raphael Dinelli interpretó todos aquellos sucesos como una señal, y desde allí escribió un fax a su novia para pedirle que se casase con él. En ese mismo momento rogó al patrón inglés que él fuese el padrino del enlace final. Después de Hobart, donde desembarcó el francés, se separaron ya que Goss se reincorporó a la prueba con la intención de convertirse en el primer inglés en completar la Vendé Globe. Lo hizo en algo más de 126 días, veinte más que el ganador de la regata. A su llegada a la localidad francesa de Les Sables, en medio de un enorme gentío, le esperaban su mujer y Raphael Dinelli. De ella recibió el primer beso y de él, el primer abrazo.

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