Historias irrepetibles

La masacre del Boxing Day

Uno de los grandes partidos jugados en Navidad en Inglaterra tuvo lugar en la Tercera División y cambió la historia de los dos equipos de Sheffield

03.08.2016 | 05:00
Un instante del partido entre el Wednesday y el United, disputado en el viejo Hillsborough.

Esta es una historia de fútbol inglés de los años setenta, muy alejado del glamour que domina este tiempo. De campos pesados, pierna dura, gestos poco edificantes y aficionados hacinados de pie en unas gradas a las que se accedía casi dos horas antes para poder situarse en una posición privilegiada. Sucedió en Sheffield en 1979, en la ciudad más vinculada históricamente a este deporte. Allí nació el Código Sheffield (el conjunto de normas que a mediados del siglo XIX trató de poner algo de orden en el desorganizado fútbol que cada uno jugaba como le daba la gana) y en ese lugar se fundaron dos de los diez clubes más antiguos del mundo (el Sheffield FC, perdido en la actualidad en las cavernas de los torneos regionales, y el Sheffield Wednesday).

A finales de los setenta, Sheffield se preparó para vivir un Boxing Day muy especial. Por unos días sus habitantes se olvidaron de Margaret Thatcher, que acababa de llegar al poder. A finales de 1979 solo había lugar para el fútbol. Por primera vez desde hacía ocho años se veían las caras los dos grandes equipos de la ciudad, el Wednesday y el United. Y todo sucedería el día siguiente a la Navidad, la jornada en que supone el bautismo futbolero para muchos niños que desde ese día quedan para siempre enganchados a esa gran experiencia.

Eran malos tiempos para los dos equipos de la ciudad. Especialmente para el Wednesday. Nueve años llevaba lejos de la Primera División y en 1975 había caído a la tercera categoría, donde malvivía más cerca de protagonizar un nuevo descenso. Pocas esperanzas daban a sus aficionados cada vez más decepcionados con lo que vivían en Hillsborouh cada domingo. Las cosas no iban mucho mejor por Bramall Lane. El United jugaba por primera vez en su historia en Tercera División tras un descenso inesperado en primavera de ese año. La crisis económica que vivía la ciudad había afectado inevitablemente a sus equipos. Sin embargo, las penas se aparcaron por unos días con motivo de un enfrentamiento que no se producía desde 1971. Los dos equipos habían arrancado la temporada además con cierto optimismo. El United era líder y sus aficionados, que habían bautizado el partido como la «Matanza del Boxing Day» e incluso habían escrito carteles con ese lema, estaban convencidos de que su paso por la Tercera sería efímero; el Wednesday marchaba en quinta posición, algo a lo que sus hinchas ya no estaban acostumbrados. Los días previos al partido, en medio de las vacaciones de Navidad, no había sitio para otra cosa que no fuese el duelo entre búhos y sables. Las fiestas parecían poco menos que un estorbo en el camino hacia el esperado enfrentamiento en una ciudad en la que todo se ve de color rojo o azul.

Los vestuarios de ambos equipos vivían sensaciones muy similares a las experimentadas por los hinchas. Para ellos era imposible aislarse de aquella fiebre. Especialmente en la caseta del Wednesday. Allí hacía un año que había aterrizado Jackie Charlton como técnico. La «jirafa» les había salvado de un casi descenso a cuarta y había mantenido con dignidad al equipo en el primer tramo de temporada. Sabía del efecto que tendría ganar ocho años después un derbi, del empujón que supondría. Machacó a sus jugadores desde el punto de vista mental y llevó al límite la sobreexcitación. «No hay otra opción que no sea la victoria» les repetía de forma insistente.

Hoy a Charlton le lapidarían públicamente, pero en el agreste fútbol de 1979, sus consignas tampoco eran tan sorprendentes. Les pidió un nivel extra de dureza e incluso en la charla previa al duelo les dijo que «públicamente reprobaré las tarjetas que os hayáis ganado y pediré que se os castigue por ello, pero nadie será sancionado económicamente por lo que suceda en el campo. Yo me encargaré de ello». Así estaban las cosas.

El estadio abrió sus puertas a las nueve y media de la mañana, ya que las autoridades habían decidido que el partido se jugase a las doce del mediodía. Más de quinientos agentes del orden, lo nunca visto hasta la fecha pese a que el germen del hooliganismo ya rondaba los estadios, cuidaron de la seguridad de los casi 50.000 aficionados que se reunieron en el viejo Hillsborough. Algo insólito en la Tercera inglesa.

El túnel del vestuario era un hervidero. Terry Curran, a quien la gente del Wednesday adoraba porque siendo un futbolista notable había aceptado la oferta de jugar en Tercera, recibió un aviso de McPhail, central del United, que le dijo simplemente «te voy a romper una pierna». Era la manera que tenían de dar los buenos días en el derbi de la ciudad del acero.

El partido fue lo que se esperaba. Una brutal pelea con un nivel alto de intensidad sin atravesar la fina línea que lo separa de la violencia. El juego en la primera parte resultó descontrolado, lleno de alternativas, sin nadie que pusiese freno o calma.

Poco ante del descanso, el Wednesday se adelantó con un gol de Mellor desde fuera de área. En la segunda parte, los de Charlton fueron una apisonadora. Tuvo una gran incidencia el hecho de que en un choque el United perdiese a Speith, su capitán y brújula en el campo. Sin él, fueron un juguete en manos del rival. El segundo gol lo hizo Curran de cabeza. El delantero se marchó directo a la grada en la que estaban los aficionados del United y se lanzó de rodillas ante ellos. Otro de esos gestos que hoy habrían llenado horas de televisión y acarreado alguna sanción. Los hinchas rivales le cosieron a monedazos. «Yo entonces cobraba 300 libras a la semana», dijo tiempo después Curran, «y creo que si ese día recojo todas las monedas que me lanzaron desde la grada habría conseguido esa misma cantidad». Lo que no sospechaban ni Curran ni los aficionados del United es que en 1982 firmaría con ellos para jugar una temporada.

Después llegarían otros dos goles más (obra de King y de Smith) que redondearon el marcador en un humillante 4-0 y que llevó a Curran a buscar a McPhail en el campo y preguntarle «¿pero tú no me ibas a romper una pierna?».

Aquel Boxing Day cambió por completo la trayectoria de ambos equipos. Ya no solo esa temporada, sino durante los años siguientes. El United cayó desde el liderato a la decimotercera posición mientras el Wednesday consiguió el impulso que necesitaba y enganchó dieciséis victorias seguidas que le llevaron a lograr el ascenso a Segunda. En 1984 alcanzarían la Primera División mientras sus vecinos malvivían en Tercera.

Los hinchas del Sheffield Wednesday tomaron prestado de sus rivales lo de «La matanza del Boxing Day» para referirse a ese partido y crearon una canción que aún ahora se canta en Hillsborouh. «Ahora escucha al Wednesday cantar, el United huyó y vamos a reír para siempre por culpa del Boxing Day».

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