Historias irrepetibles

La leyenda de Arenberg

El empeño de un Jean Stablinski, un ciclista de origen polaco, consiguió que la París-Roubaix incluyese en su recorrido este tramo de pavés que él recorría a diario cuando trabajaba como minero

25.06.2017 | 11:50
Tramo de pavés del bosque de Arenberg que se hizo famoso al formar parte del recorrido de la París-Roubaix.

Cada año por el mes de marzo llega el tiempo de las clásicas, del ciclismo descarnado, de las carreras de un día que generan tanta o más literatura que muchas de las grandes rondas. El Tour de Flandes, por ejemplo, es el símbolo de todo un país. La París-Roubaix es la diabólica carrera de los infinitos tramos de pavés que da espectáculo y sufrimiento. Una prueba que debe también su dureza a la obstinación de un ciclista de origen polaco, Jean Stablinski, que no paró hasta incluir en el recorrido el tramo que conocía mejor que nadie

Pocos conocían el bosque de Arenberg como Jean Stablinski. Era su patio particular, el lugar que había atravesado a diario durante varios años para llegar a la mina de carbón en la que trabajó antes de hacerse ciclista, un recuerdo que le acompañaría durante toda su vida, un paraje que peleó para que quedase en la memoria de todos los aficionados al ciclismo.

Su historia no difiere en gran medida de la de cualquier otro muchacho que sufrió las consecuencias de vivir en un tiempo complicado. Se crió en el noreste de Francia, donde sus padres –un par de emigrantes polacos– se instalaron después de la Primera Guerra Mundial. Los Stablewski sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial, no muy lejos de donde se libraron algunas de las batallas más sangrientas del conflicto.

Y justo cuando tras el armisticio el sol parecía salir para ellos, vino la tragedia familiar. El padre murió en un desgraciado accidente familiar, lo que obligó al pequeño Jean, con catorce años, a buscarse la vida para que entrase en su casa un dinero extra.

Jean comenzó a trabajar en la mina de carbón de Arenberg, próxima a su casa, y los fines de semana tocaba el acordeón en toda clase de fiestas y celebraciones que había por la región. Tenía una especial habilidad con un instrumento que le había enseñado a tocar su padre. Su madre, que tras la muerte de su marido había comenzado a beber en exceso producto de la depresión, no compartía ese gusto porque le traía siempre malos recuerdos. Pero lógicamente no hacía ascos a los ingresos que provenían del talento de su hijo.

Precisamente gracias a él ganó un concurso musical que tenía como premio una bicicleta. La primera de su vida. Aquello supuso una revolución para Jean y una ventaja a la hora de ir y volver del trabajo.

Dejó de recorrer aquel tramo a pie para hacerlo sobre la bicicleta. Comprobó así lo complicado que resultaba moverse por aquel infinito tramo de adoquines que atravesaba casi en línea recta el bosque de Arenberg y lo fácil que resultaba caerse y hacerse daño. Sobre todo los días de lluvia en los que las piedras se convertían en trampas mortales. Pero la bicicleta llegó a su vida para quedarse aunque primero tuviese que librar una gigantesca discusión con su madre que, en día de borrachera, la emprendió a golpes con la bicicleta. Pero la idea de Jean Stablewski era firme. Con dieciséis años comenzó a competir en algunas pruebas y no tardó en llamar la atención de los responsables de los equipos amateurs.

Se desenvolvía con enorme soltura en las carreras en línea. Era decidido, inteligente y tenía buenas piernas. Fue después de una carrera, la de la Paz, en la que un periodista se equivocó a la hora de escribir su apellido. Lo llamó Stablinski y con ese nombre se quedó para siempre. Su carrera ya la escribiría con un apellido diferente al que le habían dado sus padres.

Con 21 años se hizo profesional. Los técnicos valoraban en él su sentido táctico, su generosidad y por eso se especializó como gregario de algunos de los nombres más ilustres del pelotón. Casi siempre estuvo al lado de Jacques Anquetil, cuidando del colosal ciclista francés y empujándole a conseguir las victorias en el Tour de Francia. Pero disfrutó también de libertad en determinadas pruebas, sobre todo en carreras de un solo día. Así, ganó la Vuelta a España de 1958 (su único triunfo en una gran ronda) y brilló por encima de todo en el Campeonato de Francia de ruta. «Mr. Francia» le apodaron los medios por su gran habilidad para moverse en esta clase de carreras. Ganó el maillot de campeón galo en 1960, en 1962, en 1963 y 1964.Y fue campeón del mundo en 1962. Le decían «el brujo» o «la zorra» por su especial intuición para intuir cuál era la escapada buena, el momento ideal para romper una carrera.

Así cosechó sus triunfos en diferentes clásicas o en las etapas de la Vuelta a España o en el Tour de Francia. Se le escapó la París-Roubaix, la carrera que adoraba, la que pasaba cerca de la casa donde había crecido, en los paisajes a los que se habían acostumbrado sus ojos. Pero por una razón u otra la prueba siempre le volvía la cara.

Su relación con Anquetil curiosamente se rompió tras entender el francés que Stablinski le había criticado en un artículo en la prensa. Ya no fueron capaces de recuperar la relación entre ambos y el corredor de origen polaco se unió al equipo de Raymond Poulidor, el gran enemigo de Anquetil. Y a su lado pasó los últimos años de su carrera hasta que en 1966 (con 34 años) colgó la bicicleta y pasó a centrarse en una tarea diferente.

A partir de ese momento dedicó sus esfuerzos a que la París-Roubaix incluyese en el recorrido el tramo del bosque de Arenberg. Fue un esfuerzo personal, que le desgastó enormemente. Llevó allí a los organizadores, que acabaron por hacerle caso. El tramo era maravilloso, por lo largo, por el paraje un tanto fantasmal que atraviesa y así, en 1968, decidieron incluirlo por primera vez en el recorrido de la clásica.
A Stablinski, que se embarcó en esa cruzada, le quedó la inmensa pena de no haber podido vivir sobre la bicicleta el estreno de Arenberg. El año del estreno ganó Eddy Merckx. Nadie explicaba mejor que él lo que significa ese tramo. Contaba Stablinski que cuando un minero baja 500 metros bajo tierra «no sabes si volverás a ver la luz del sol, y cuando atraviesas el bosque en bicicleta es como descender a la mina: si empiezas a pensar en el peligro, nunca conseguirás cruzarlo».

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