08 de abril de 2018
08.04.2018
Historias irrepetibles

La obra inacabada de Ernie Davis

El primer negro en ser elegido número uno del draft de la NFL no llegó a disputar un solo encuentro como profesional

08.04.2018 | 18:08
Ernie Davis, en una imagen durante su etapa universitaria.

Ernie Davis fue un deportista superdotado al que la vida apartó antes de recoger todo lo que su talento y fortaleza apuntaban. Este jugador de fútbol americano se convirtió en un símbolo en Estados Unidos en un tiempo en el que tener la piel negra era un obstáculo difícil de salvar para llegar a determinadas metas. Él lo hizo hasta que la enfermedad demostró que no entiende de razas y, en ocasiones, tampoco de edades

Jackie Robinson, el primer negro que entró a jugar en las Grandes Ligas de béisbol, es el clásico nombre que viene a la cabeza cuando se trata de hablar de deportistas que superaron la barrera que suponía el color de la piel en el deporte americano. Jesse Owens, Sifford, Tommy Smith€hay más nombres que representan esta pelea que se produjo en aquellos deportes donde los blancos trataron de cerrar la puerta de entrada a los negros.

Ernie Davis también puede formar parte de esta relación de nombres ilustres. Se le olvida con rapidez porque este muchacho de Pensilvania disfrutó de una carrera tan extraordinaria como corta en el fútbol americano donde amenazaba con convertirse en uno de los jugadores más influyentes de su historia. Nunca lo tuvo fácil, desde niño, pero tampoco nadie le escuchó lagrimear o compadecerse de su suerte. Se dedicó a pelear contra esa adversidad que en más de una ocasión le salió al encuentro y a la que se tuvo que acostumbrar muy pronto.

Antes de su segundo cumpleaños (había nacido en 1939) su padre murió en un accidente de tráfico y su madre al poco tiempo decidió que le resultaba imposible el cuidado del crío. Por eso Ernie Davis tuvo que dejar New Salem, el lugar en el que había nacido, para trasladarse con sus abuelos a Uniontown, a un barrio pobre en el que se acostumbró a crecer con menos de lo justo para vivir. Fue una solución temporal aunque duradera. Allí estaría hasta los doce años cuando se marchó a Elmira (Nueva York) para vivir de nuevo con su madre y padrastro.

Fue en esta pequeña localidad donde explotó todo su talento y también su cuerpo. Porque Ernie Davis se transformó en un chico grande y fuerte que no entendía otro modo de vida que a través del deporte. Los practicaba todos en el colegio y en todos destacaba, aunque era evidente de que el fútbol americano estaba por encima de todos. Pronto se convenció de que ese sería el camino a través del que encontraría un futuro mejor.

Sus buenas notas hicieron el resto y a su casa de Elmira comenzaron a llegar las propuestas de las universidades que le ofrecían una beca deportiva para que se uniese a ellos. Pese a que tenía propuestas de algunas de los centros más prestigiosos del país aceptó la oferta de Syracuse por diferentes razones. Porque estaría cerca de casa, porque así seguía los pasos de Jim Brown (un referente como jugador para él) y porque era una de las más progresistas en cuanto a la integración racial. Ya eran famosos los problemas que tenían algunos deportistas negros y Davis trataba de evitarlo.

Ben Schwartzwalder, el veterano técnico de la universidad, había hecho un trabajo fabuloso en ese sentido durante sus años al frente del equipo. Él recibió a Davis con los brazos abiertos y le impulsó para que pusiese a Syracuse en lo más alto del país.

De la mano de Davis, un running back incontrolable para la mayoría de defensas, la universidad vivió con diferencia sus mejores años. En 1960 conquistaron la Cotton Bowl por primera vez en su historia gracias a dos tochdowns de Davis que fue elegido MVP de la final de forma abrumadora y se ganó el apodo de «El expreso de Elmira». Fue el día que vivió uno de los episodios más duros de su vida. En la cena de entrega los organizadores separaron a Davis junto a otros deportistas negros en un salón diferente al que cenarían los blancos y le comunicaron que a la hora de recibir el galardón no podría dirigirse a los asistentes y debía limitarse a cogerlo y marcharse. Davis nunca lo, recibió. Se marchó de allí sin hacer ruido, seguido por el resto de jugadores. Su gesto tuvo un importante impacto en el mundo del fútbol americano.

Llegaron más conquistas para Syracuse y en 1961, después de su tercer año en la universidad, se convirtió en el primer negro en ganar el Trofeo Helsman, que distingue al mejor jugador universitario. Caía otra barrera. Incluso el presidente Kennedy lo entendió ya que le invitó a un encuentro con él y le dirigió unos encendidos elogios: «Pocas veces un deportista ha sido más merecedor de tal homenaje. Su alto nivel de rendimiento en el campo y fuera, reflejan las mejores cualidades de la competencia, la deportividad y la ciudadanía. La nación le ha otorgado su más alta gloria por sus logros atléticos. Es un privilegio para mí dirigirme a usted esta noche como un americano, y como un digno ejemplo de nuestra juventud».

Llegó el momento de saltar a la NFL, al profesionalismo. Era indudable que sería el número uno del draft de 1962 y que se convertiría en el primer negro en hacerlo. Le correspondió ese privilegio a los Washington Redskins, que le enviaron en un intercambio a los Cleveland Browns, que le dieron el mejor contrato del que nunca había disfrutado un novato en la NFL. Davis estaba feliz, encantado de la vida porque también jugaría en el equipo profesional donde había estado su ídolo, Jim Brown. Sin embargo, nunca llegaría a ponerse la camiseta de su nuevo equipo. Durante la pretemporada,a finales de 1962, se desvaneció de repente en un entrenamiento. Tenía mucha fiebre y una inflamación en el cuello. Creyeron que se trataba de un caso agudo de paperas, pero las pruebas a las que fue sometido en el hospital desvelaron una realidad mucho más dura. Tenía leucemia, una de sus variantes más agresivas.

El dueño de los Browns le llevó a todo tipo de especialistas y consultas en busca de una solución que no existía en ese momento. Un transplante de médula ósea hubiese sido el camino, pero en aquel tiempo estaba aún en una fase muy experimental. Un día, en una de tantas hospitalizaciones, Davis le pidió disculpas al propietario del equipo de Cleveland: «Siento suponer un gasto tan importante para vosotros, pero os compensaré con el título dentro de uno o dos años». Una de esas promesas que Davis no pudo cumplir.

El 18 de mayo de 1963, con solo 23 años, moría en Cleveland. «Algunas personas dicen que tengo mala suerte», escribió Davis en una especie de despedida para The Saturday Evening Post, «no lo creo... cuando miro hacia atrás, no me puedo llamar desafortunado. Mi veintitrés cumpleaños fue el 14 de diciembre. En estos años he tenido más que la mayoría de la gente en toda su vida».

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