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Reflexiones de un sureño mediterráneo
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Jonathan Andrades Torres

Docente con mucho que aprender y mucho que enseñar. Defraudado del mundo y esperanzado en el género humano. Malagueño de los de verdad.

Sobre este blog de Málaga

Blog de libre opinión sobre política local, autonómica y nacional. Y Málaga por encima de todas las cosas, Andalucía o España...


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  • 28
    Abril
    2013

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    EL CONTINENTE SIN CONTENIDO

    Me desperezaba este sábado matutino con una noticia de uno de nuestros buques insignia del periodismo en la que se podía leer la construcción de un complejo en Soria bautizado como “Ciudad del Medio Ambiente”. No pude por menos de sonreír por la tan paradójica nomenclatura de un conjunto mastodóntico de edificios en plena ribera del Duero. Sería un escándalo nacional, como en cualquier otro país, si no fuera porque los lectores se han ido habituando a que ésa sea la tónica de una nación en descomposición donde sus políticos no dan ni quieren dar la talla. Una cuestión esta que se repite cíclicamente en otros proyectos como la Ciudad de la Cultura de Santiago donde no tienen ni para rellenar de libros la imponente biblioteca que crearon a tal sazón o el espectáculo dantesco ofrecido por pabellones abandonados en la isla de la Cartuja sevillana.

    Las ansias megalómanas de nuestros dirigentes políticos suelen circunscribirse al ámbito político de las autonomías, pero también al de ayuntamientos. Fraga en Galicia, Camps en Valencia, Fabra en Castellón, Chaves-González en Sevilla, Iglesias-Zapatero-Belloch en Zaragoza han querido dejar su impronta en la historia con estos esqueletos sin alma. ¡Y vaya si lo han conseguido! Los ejemplos de esta sinrazón salpican toda nuestra geografía de norte a sur. Teatros, aeropuertos, estaciones AVE, ciudades temáticas, parques empresariales, etc. El sobredimensionamiento, la falta de previsión con estudio concienzudo y serio sobre su viabilidad futura además de una nefasta gestión, caso del centro Niemeyer de Avilés, son los motivos del fracaso de proyectos abanderados por gobiernos regionales cuyos edificios imponentes de firma reconocida hoy sólo guardan telarañas. Aunque es de justicia reconocer que una vez construidos se hubieran molestado en buscar empresas para ir copando ese vacío, eso sí, todas empresas públicas, bien autonómicas o municipales.

    Las EXPOs fastuosas desde Sevilla, la más sonada, hasta Zaragoza, que sí tuvo un plan de reciclaje, o eso decían, han sido proyectos deficitarios que también tuvieron el auxilio del gobierno central por su “interés general”. No puedo llegar a comprender cuál puede ser el interés para el ciudadano de un gasto colosal sin retorno a los contribuyentes y aun así obsequiarles para más inri con una hipoteca de por vida. Cabría preguntarse quién ha asumido responsabilidades políticas por este derroche. Y es que nos estamos acostumbrando a eximir de culpa a estos sujetos por crímenes financieros en sus  gobiernos. Su enjuiciamiento popular no sólo debiera marcarse cada cuatro años sino en el día a día de la legislatura. Así mismo todo acto irresponsable, delictivo o no, debe tener sus consecuencias penales y políticas, aunque estos privilegiados intenten parapetarse tras el aforamiento, un anacronismo legal que ya dura demasiado.

    Las mal llamadas “ciudades” marcan la otra senda de los edificios fantasmas. La de la Cultura en Galicia, la de las Artes y las Ciencias en Valencia, la del Medioambiente en Castilla y León han supuesto en el caso de las dos primeras un desembolso supino en tiempos de derroche, pero es más sangrante por cuanto se decida, en el caso de la comunidad castellanoleonesa, invertir 100 millones en esa megaconstrucción mientras se aduce no poder ampliar el hospital de Soria por falta de recursos. ¿Dónde está la moralidad de estos señores en estos tiempos tan duros? ¿Son conscientes de en qué momento viven y a quiénes se deben? La respuesta es de una diafanidad aplastante. Del mismo modo que el afán de notoriedad de nuestra clase política es francamente preocupante.

    El gran Francis Bacon aseguraba que las casas han sido construidas para habitarlas, no para contemplarlas. Y ese parece haber sido el resultado  último de estos gigantes de hormigón in memoriam que han demostrado tener los pies de barro.  ¿Hasta cuándo?

     

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