20 de julio de 2011
20.07.2011
40 Años
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Libro

La historia de la vida salpicada por la muerte

Michela Murgia reaviva el debate sobre la eutanasia con una hermosa y cruda novela «La Acabadora»

20.07.2011 | 07:00

En sardo la palabra, de ecos españoles, «accabadora», sirve para definir a la mujer que ayuda a otros a terminar lo que empiezan al nacer. Pero a los ojos de una sociedad rural que se rige por leyes arcaicas, el suyo no es el papel de una asesina; al contrario representa amor y piedad al prójimo. La Acabadora es la historia de la vida contada desde la propia vida y salpicada por la muerte.

También, es la novela con la que Michela Murgia (Cabras, Cerdeña, 1972) obtuvo el Premio Campiello, el más prestigioso de Italia y, de paso, el mayor éxito literario de los últimos tiempos en el país transalpino. El testamento vital y la eutanasia, protagonistas del debate de la actualidad, están presentes en las páginas de esta conmovedora historia.

Estamos en la década de los 50 en Soreni, un lugar de Cerdeña donde cuesta trabajo entender ciertas cosas y en el que las mentes de los campesinos son tan estrechas como los fardos de pasto que forman el paisaje. Allí, viven una niña y una anciana, Maria y Bonaria Urrai, unidas por el vínculo de la adopción del alma, proveniente de la tradición sarda: los fillus de anima resumen el producto de la pobreza de una mujer y la esterilidad de otra. Maria Listru, como explica Michela Murgia al principio de su novela, era el fruto del alma tardía de la Tía Bonaria, la modista local que va, allá donde es requerida, de una casa a otra, a altas horas de la madrugada para mantener en secreto su segundo y piadoso oficio.

Así, la mujer, cuya naturaleza le impide procrear, se convierte ante la mirada de la niña adoptada en un ángel de la muerte a la que los tullidos le piden que acabe con su sufrimiento. «La noche de Todos los Santos. Cuando se deja la puerta abierta para la cena de las almas, usted puede entrar y salir sin levantar sospechas. Por la mañana me encontrarán muerto en mi cama y pensarán que ha sido una desgracia» (pag. 96).

Ayuda ante la Parca

La figura de la «accabadora» no está probada en Cerdeña pero permanece viva en la memoria colectiva tradicional. En las pequeñas sociedades de subsistencia al enfermo sin remedio se le veía más que otra cosa como una carga. Él mismo pedía que lo reconfortasen ayudándole a reunirse con la Parca, y la propia comunidad se ocupaba de ello. Los muertos, como los vivos, eran el problema de todos y todos intentaban buscar una solución. A Michela Murguia, que estudió Teología y se ha impuesto bucear en las costumbres que hacen distinta a su tierra de cualquier otro lugar del mundo, le preocupa, ella lo ha dicho en más de una entrevista, que en la actualidad se haya perdido la idea de la muerte como un hecho estrechamente vinculado con la vida.

Producto de su reflexión, viene a comparar lo que significaba para un inválido vivir en las pequeñas comunidades sardas, donde el único aliento era el trabajo en el campo, con lo inútil que se puede llegar a sentir un enfermo en nuestros días, en los que la eficiencia y el rendimiento no dan tregua a la debilidad física. Para ella, no resulta extraño que en esta prueba a la que nos sometemos de juzgar la vida por su utilidad y no por su calidad, haya cientos de personas que se sientan inútiles y deseen emprender el otro camino. Tampoco le resultaría sorprendente, desde el punto de vista ético y vital, que la comunidad más cercana, la familia, los seres queridos, dijeran la última palabra sobre el porvenir inmediato de estas personas, en el supuesto de que  ya no pudiesen decidir sobre el tiempo que desean permanecer vivas.

En último caso y por lo que atañe a la literatura, resulta fácil leyendo las páginas de la novela de Michela Murgia sentir ese viento que a menudo lleva el olor de la tierra quemada, percibir los grandes silencios, los espacios de la vida que quedan sin explorar y masticar las palabras que, calcinadas por el sol, se vuelven a cada instante más intensas.  «Las almas nos conocen, son de nuestros parientes y por tanto no nos harán daño, porque además les hemos preparado la cena», piensa uno de los personajes de La Acabadora.

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