05 de mayo de 2018
05.05.2018
Galaxia urbanita

Cómitre o los libros amados

Cuando a los seres de tinta y papel hay que darles una nueva vida, el mejor sitio que hay en Málaga para ello es el taller de encuadernación Cómitre

05.05.2018 | 05:00
Ilustración de Carmen Larios

Hay seres de tinta y papel que nos acompañan y cuentan historias a cualquier hora del día o de la madrugada. Jamás se cansan ni nos rechazan y nos reciben siempre con las tapas abiertas, sin preguntas ni exigencias. Si bien son criaturas tan mágicas como rectangulares, no escapan de la tiranía del tiempo y los achaques de los años, acusando el deterioro del uso y el desgaste de las horas. Llega entonces el momento de darles una nueva vida, de devolverles algo de lo mucho que nos han dado; y el mejor sitio que hay en Málaga para ello es el taller de encuadernación Cómitre.

Para quien profese culto y amistad a los libros es un lugar maravilloso: la visión de pliegos, herramientas y máquinas, el olor del papel, la cola y la tinta y el bullicio silencioso del trabajo artesano provocan una suerte de sinestesia trascendente y cómplice, que te reconcilia con la sabiduría del quehacer lento y la dignidad de un oficio que cada día -y así llevan desde 1966- se reinventa y enraíza, para dar esplendor a los libros baqueteados, lustrar ejemplares queridos o vestir de gala volúmenes nuevos, que tienen el rarísimo privilegio de ser tratados como príncipes renacentistas en pleno siglo XXI.

El taller, fundado por los hermanos Rafael y José Luis Cómitre de la Rosa, tiene dos alturas: la planta baja recoge la recepción, festonada de anaqueles y estanterías con ejemplares restaurados o en trámite de ello, junto a una colección obligada de libros adoptados que algunos clientes no pudieron o no quisieron recoger; al fondo está la prensa y algunos artilugios propios del oficio. Arriba, en el altillo, es donde Rafael y José Luis cocían la parte más suculenta del proceso: vestían los libros de pieles de colores diversos, rebajaban la piel de los lomos para que el tejuelo que se añadía en otro color quedara liso y sobre todo se asistía a la hipnótica ceremonia de verles dorar las pieles, Rafael acercando su dedo encallecido al hierro, termómetro de precisión infalible a la hora de apreciar que tuviese la temperatura óptima para que se transfiriese de modo perfecto el pan de oro, donde se llevaba a cabo el formidable arte del gofrado, que realzaba aún más la piel escogida. En la actualidad han cogido el testigo de estas operaciones alquímicas los hijos de Rafael: Fali, Ana Rosa y Elena, que continúan con dedicación y experiencia atesorada la labor de su padre y de su tío.

Si el trabajo que realizan es delicado y atento, la conversación que ofrecen es un prodigio de anécdotas, curiosidades e interioridades -algunas sabrosas, otras divertidas- que, sin revelar jamás al protagonista de cada una, muestran el mundo del libro y sobre todo de los bibliófilos, especie tan distinguida como oculta, que se precia de ser exigente y puntillosa en lo tocante a gustos y excentricidades. Alguno hay que guarda como un secreto inconfesable su visita al taller, sin revelar a sus admirados amigos la identidad del encuadernador que les viste los libros, por celos de que la dedicación a su biblioteca sea menor o de que otros gocen de sus acabados relucientes. Hay que destacar que el taller de encuadernación Cómitre ha realizado trabajos para la Casa Real y renombradas bibliotecas, sin tratar nunca con menos esmero a quien por allí pasara. De esto puedo dar fe, que, siendo escritor de tropa, me han tratado siempre con la misma atención y cuidado que si fuera mariscal del Parnaso; una democracia simple y directa, basada en el amor y la devoción a los libros que se intuye nada más entrar en esta catedral humilde y, por tanto, más gloriosa que ninguna. Debo añadir que ni a Rafael ni a su hermano se les ocurrió jamás estampar su taller en sus trabajos, quizás con la certeza de que no hacía falta añadir nada más a los libros que llegaban hasta sus manos. Y en estos tiempos de autoría vociferante y egos gigantescos, los hermanos Cómitre dejaban salir de sus talleres auténticas maravillas que quedaban sin firma alguna.

Fue hace unos días que nos dejó Rafael Cómitre, trabajador incansable y persona felizmente recluida en su monasterio de papel. Transmitía humanidad y pasión por lo que hacía; conversar con él era asomarse a un universo infinito de gramajes y tipos de papel, hilos, tipos de colas y pieles que él controlaba con una seguridad apabullante. A su memoria y recuerdo dedico este artículo.

[Encuadernaciones Cómitre, calle Rafaela, 31 / www.encuadernacionescomitre.es]

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