Es mucho más que marcar un teléfono, el 952 26 15 00. Quien llama al Teléfono de la Esperanza, sabe que, además de ser escuchado, podrá recibir asistencia profesional psicológica o jurídica, podrá asistir a talleres que den una mejoría a su vida y todo ello en la mas estricta confidencialidad. «Es más que un teléfono», resume Juan Sánchez, presidente desde hace dos décadas de esta sociedad sin ánimo de lucro y aconfesional.

Cuando en España no había atención telefónica a personas solas, deprimidas, mujeres maltratadas o a aquellas a las que les rondaba la idea del suicidio, ellos fueron los primeros.

Hace medio siglo, en 1971, Serafín Madrid, un hermano de San Juan de Dios, ponía en marcha en Sevilla el Teléfono de la Esperanza. Por entonces, en Málaga, el manchego Salvador Rodríguez de Tembleque, ya fallecido, y su mujer, María Salud García Arévalo, profesora en Huelin, aliviaban la situación de familias chabolistas. «Cuando venían las tormentas, los chamizos que tenían se deshacían y llamábamos a nuestros amigos para conseguir mantas, sábanas, ropa para los niños...», recuerda esta semana María Salud.

Históricos del Teléfono de la Esperanza en una Nochebuena en los 90: Santiago Martínez, Miguel Quijano, Carlos Linares y Salvador Rodríguez de Tembleque. Archivo del Teléfono de la Esperanza.

El siguiente paso fue enfrentarse a problemas más importantes, como ese padre que abusaba de su hija o que pegaba a su mujer. «Mi marido llamaba a la policía, iba a las casas y ponía paz, o a la niña la metíamos en las Adoratrices. Todo esto era llamar por teléfono desde el colegio y si había un problema, llamaban a Salvador».

Fue su marido quien contactó con Sevilla para implantar en Málaga el Teléfono de la Esperanza, que abrió sus puertas en 1976, en la sede que todavía ocupa en un precioso chalé construido hacia 1930 en el número 3 de Hurtado de Mendoza, sólo que en los inicios la sede únicamente era la primera planta.

«Nos mandaron papeles y nos explicaron cómo teníamos que atender las llamadas. Al principio teníamos miedo, uno cogía el teléfono y hacía lo que podía. Luego, los sábados, nos reuníamos y contábamos cómo nos había ido y así nos fuimos enseñando unos a otros»», cuenta María Salud García Arévalo, que explica que, ya en los inicios, colaboraban tres psicólogos, tres abogados, un psiquiatra y un sacerdote.

Manuel Montes, «de la primera promoción», entró con 30 años a colaborar y recuerda los turnos de noche, «de 9 de la noche a 9 de la mañana, con una camilla para dormir» y, también cómo la formación inicial de los voluntarios fue haciéndose cada vez más profesional -en la actualidad es un mínimo de un año-.

«Hemos aprendido en estos años a lo largo de muchas horas de cursos, y también ha habido malos ratos, como cuando teníamos que salir a buscar a un suicida, pero en general ha sido un tiempo maravilloso», destaca.

La joven voluntaria Mari Carmen Orellana, al teléfono en la primera mitad de los 80. Archivo del Teléfono de la Esperanza.

A su lado está otra veterana, Mari Carmen Orellana, que se incorporó en 1979 y como explica, de una forma que luego han seguido otros: «Tenía un problema, me dieron cita en el Teléfono de la Esperanza y me sirvió muchísimo. Me recibió Sergio Ferrero, el entonces director, me fue hablando de la organización y aquello me encantó, y entonces le pregunté: ¿Puedo venir aquí a ayudar?».

«Tratar de ponerse en su lugar»

Mari Carmen, que primero buscó ayuda y luego se convirtió en voluntaria, cuenta que lo principal a la hora de atender a una persona es «la empatía, tratar de ponerte en su lugar. Y lo que no podemos hacer es mostrarle soluciones sino caminos, porque la decisión la tiene que tomar el que llama», remarca.

Entrega de biznagas de plata a personas relevantes del Teléfono de la Esperanza en su 25 aniversario: Salvador Rodríguez de Tembleque, María Salud García Arévalo y Sergio Ferrero. Archivo del Teléfono de la Esperanza.

«Nosotros podemos decir que somos los médicos de Medicina general y luego están los especialistas», resume Manuel Montes.

Desde mediados de los 90, comenta el presidente Juan Sánchez, la entidad ofrece talleres para los usuarios. Como detalla José Antonio Sau, coordinador de los talleres y voluntario desde hace unos 12 años, en la asociación se pueden encontrar talleres de duelos, de prevención del suicidio o de violencia de género, entre otros muchos.

«Normalmente los usuarios salen bastante contentos, porque la atención que aquí se les da es extraordinaria, avanzan poco a poco con los talleres y al final, lo que vienen buscando se lo llevan», destaca.

Aurelia González, otra veterana voluntaria, apunta en este sentido que además de que las personas reciban un taller, «se les dan herramientas para que luego, en un momento de la vida, las apliquen».

Y como enfatiza Carlos López, otro voluntario con galones, «los cursos son la puerta de entrada de los voluntarios».

Salvador Rodríguez de Tembleque fue la persona que en 1976 puso en marcha en Málaga el Teléfono de la Esperanza. En la foto, tomada en 2009, aparece junto a Villa Esperanza, en Hurtado de Mendoza,3, la sede desde entonces. Luis Santiago

La epidemia de la soledad

En estos 45 años, los grandes temas que preocupan a los malagueños continúan, algunos se han magnificado, mientras que han aparecido otros como la adicción a las nuevas tecnologías, al tiempo que la estructura de la familia ya no es la misma que en los años 70 y eso también ha deparado problemas nuevos.

«Desde luego, el problema central, que es la soledad, es el mismo. La soledad es ahora mismo una epidemia y tenemos que evitar que sea una pandemia», advierte Juan Sánchez.

«Somos el termómetro de la sociedad, quizás porque vamos viendo los problemas antes de que tengan más extensión», subraya Mari Carmen Orellana.

Y sin duda, el Teléfono de la Esperanza ha sido un preciso termómetro de la pandemia: Málaga fue, con 13.076 llamadas, la sede de España que más llamadas recibió en 2020 -se doblaron con respecto a años anteriores-.

Para mantener esta gran obra humanitaria, explica la vicepresidenta Julia Alonso, cuentan con unos 120 voluntarios y 180 socios con una cuota a partir de 50 euros al año, aunque le gustaría que el número de socios aumentara.

Como destaca Carlos López, «estamos viendo que los psicólogos y psiquiatras e incluso asistentas sociales recomiendan en un momento dado que se llame al Teléfono de la Esperanza». ¿Cabe un éxito mayor?

Una de las clásicas salidas al campo del equipo de voluntarios, para una paella.