Estos días, España padece en sus carnes limítrofes los caprichos de un monarca absolutista.

Que en Marruecos, a estas alturas del siglo XXI, reine un émulo de Fernando VII con apetitos coloniales es una desgracia como otra cualquiera, especialmente para los países vecinos y para el pueblo saharaui, que es tan marroquí como la ikurriña.

Monarcas felones de ayer y de hoy aparte, este calculado incidente ha puesto la lupa sobre la frontera, ese territorio muchas veces etéreo y otras asombroso, como ese pueblo de Zamora, Rihonor de Castilla, que tiene un parte del caserío en España y la otra en Portugal, de nombre Rio de Onor.

O la Isla de los Faisanes sobre el río Bidasoa, que es seis meses francesa y otros seis española, salvo un día que pertenece a los dos países.

Sin llegar a estos extremos de ‘excentricidad’, en Málaga hay un territorio fronterizo que linda con Nuevo San Andrés y que los vecinos de esta barriada y del entorno utilizan desde hace tiempo como la manera más rápida y directa de llegar al Cortijo de Torres cuando comienza la Feria de Agosto.

En realidad, este paso ‘fronterizo’ tal y como lo encontramos hoy se formó a raíz del soterramiento de las vías del tren, prodigioso hecho que se materializa justo antes de llegar a la Ronda Oeste.

Es decir, que algo después de la inauguración del AVE -cuando el tren ya pudo circular bajo tierra, hacia el año 2009- se pudo atravesar la zona sin peligro de encontrarse a un revisor y carecer de billete.

El acceso al paso fronterizo se encuentra junto a las calles Jerusalén y Legión Española, pegada esta última al muro de la urbanización Barceló. El paseante se topará con una paradoja: un camino ‘asfaltado de cabras’ que tiene toda la pinta de un carril usado en las obras del AVE.

Tras subir una loma, descubriremos un descampado -debajo pasan las vías del tren- y al fondo, abandonada y apedreada, lo que queda del segundo módulo de la estación de cercanías Victoria Kent.

Sólo queda adentrarse bajo el puente de la Ronda Oeste. El tráfico retumba como si atravesáramos el Cabo de las Tormentas pero la visión de los pilares atiborrados de pintadas coloristas y al tiempo tenebrosas nos alejan de esa lejana punta de África.

En cuanto dejemos el puente atrás, atravesaremos una trocha de tierra escoltada por un mar de flores amarillas y divisaremos el ‘puerto ferial’, con la arboladura de postes pintados con los colores de Málaga. Habremos cruzado una tierra de frontera. Fin de la singladura.