Gregorio Samsa se dirigió con paso decidido a la Gerencia Municipal de Urbanismo de Málaga, al inicio del Paseo Marítimo Antonio Machado. Prestó su atención, antes de entrar, en la sucia capa de polvo que cubría todos los paneles de cristal del edificio y se dijo que otros ciudadanos, que no solo él, también lo habrían advertido.

El señor Samsa pretendía solicitar una división horizontal a propósito de una vivienda y su garaje. En la Gerencia, después de una buena espera, se le informó que debería pedir en el Registro de la Propiedad el certificado correspondiente. Se dio la vuelta, rehizo el camino y se fue al Registro. Allí se le dijo que regresara varios días después, y lo hizo, pero ahora esta documentación, y otra que también se le exigía, debía enviarla por correo electrónico, cosa que hizo ese mismo día creyendo que, en breve, tendría en sus manos la ansiada división horizontal. Era poco antes de las fiestas de Navidad, pero hasta los primeros días de febrero del año siguiente no recibió la respuesta, también telemática, de que su documentación había sido registrada. ¡Aleluya! Pero pasaron los meses y no recibió la esperada noticia. Un día, y después de mucho pensarlo, se decidió a personarse en el vidrioso edificio de la Gerencia, después de solicitar cita electrónica y esperar contestación.

El funcionario que le atendió tras una mampara translúcida le dijo que era extraña la tardanza, desapareció unos minutos, volvió, se encogió de hombros y le dio una serie de buenos consejos administrativos, que fue lo único que don Gregorio Samsa se llevó de aquel edificio municipal. Una vez en casa, y ciertamente indignado pero tranquilo, presentó una queja, también por la red, al Ayuntamiento, y a esta, meses después, le siguió otra, porque los meses pasaban y entonces, sí, entonces, nueve meses después de que se registrara su documentación y casi un año desde que iniciara sus primeras gestiones, se le dijo que le faltaba un papel, precisamente, el del certificado registral. No se lo podía creer. Raudo, miró los correos electrónicos que había remitido a la susodicha Gerencia y allí estaba almacenada, en «sent», la documentación que ahora se le requería. Era absurdo. Se puso frente a la pantalla y escribió, indignado, al anónimo funcionario de su caso, el DH62/2021, y oscuro, pensó él, adjuntándole el correo que contenía el dichoso papel.

Pasaron los días como suelen pasar todos los días y una mañana le llegó una nueva comunicación: no podía presentar la documentación por esa vía, sino tal y como señala el artículo 16 de la Ley 39/2015. Pero, entonces, ¿por qué sí se dirigían a él desde esa dirección de correo? El misterio le superaba y escribió una nueva queja al Ayuntamiento. Además, ¿por qué habían tardado nueve meses en avisarle de que le faltaba un papel?, y ¿por qué registraron entonces su documentación si estaba incompleta? Ninguna de sus preguntas tenía respuesta.

Los meses pasaron y una mañana se levantó decidido a resolver su solicitud de división horizontal él mismo. Se duchó y vistió con su mejor traje, cogió de su cocina un hacha que desde hace años utilizaba para cortar las costillas de cerdo y se encaminó con paso firme… hacia su garaje. Cuando estuvo allí, en las entrañas de la tierra y rodeado de coches, se puso a dar hachazos horizontales, a derecha e izquierda, a las columnas que sostenían el imponente edificio. La luz se apagaba cada poco, lo que dificultó su tarea porque tenía que interrumpirla para iluminarse hasta que, después de varios minutos, dejó de pulsar el interruptor y, a oscuras, siguió con sus frenéticos hachazos en derredor, sudoroso y resoplando por el gran esfuerzo que acometía. No lejos de allí, en la Plaza Alfonso Reyes, en el bar Torrú, el funcionario del DH62/2021 se disponía a desayunar como todas las mañanas con un grupo de compañeros. Una catalana con jamón de york y un café con leche, ¡ah!, y un vaso de agua, por favor. A unos escasos cien metros, el señor Gregorio Samsa cayó al suelo y con él el hacha y poco después un coche que entró veloz en el garaje le pasó por encima sin darse cuenta el conductor del atropello de quien era ya un cadáver. Franz Kafka escribió:

En tu lucha contra el resto

del mundo

te aconsejo que te pongas

del lado del resto del mundo.