Ana Rosa atiende por teléfono a este periódico poco después de que a su hija la hayan subido a planta procedente de la UCI del Materno Infantil de Málaga. No hace falta verle la cara a una madre para detectar en su voz que la alegría ya vence a los nervios: «Está muy recuperada. Vaya tarde que lleva con el móvil y las amigas». Veintidós horas antes, sobre las 21.40 del jueves, esta vecina de Álora vio cómo su hija se electrocutaba en la ducha de su casa. Ariadna, que días antes cumplió 12 años, recibió la descarga eléctrica al coger la alcachofa y fue tan potente que les costó mucho separarla del mango. La niña comenzó a convulsionar y su madre salió despedida al intentar sacarla de la corriente. Se golpeó con algo del baño, aunque finalmente consiguieron «despegarla» con la ayuda de una banqueta. La llevaron al pasillo y Ana Rosa comprobó que había entrado en parada cardiorrespiratoria: «Estaba completamente inconsciente, con la cara muy morada, y de repente pensé en lo que el profesor del curso de primeros auxilios que terminé hace dos semanas tanto insistía: tranquila».

La mujer, que a causa de la pandemia ha recibido la formación teórica a través de Whatsapp junto a otros vecinos y culminó la parte práctica hace quince días en Mollina, comenzó a realizarle a su hija la reanimación cardiopulmonar (RCP). Al comenzar la cuarta serie de compresiones torácicas y tras las correspondientes ventilaciones (boca a boca), la niña reaccionó: «Recuperó el color y hacía por vomitar, así que la puse de lado». Poco después llegaron los sanitarios del equipo móvil del SAS más cercano a Álora, que comprobaron que Ariadna estaba en shock y la trasladaron hasta el Hospital Valle del Guadalhorce. Aquí fue intubada y evacuada en una UVI del 061 hasta la UCI del Materno Infantil, donde fuentes sanitarias aseguraron el viernes por la mañana que la evolución de la menor era satisfactoria.

Ana Rosa, ama de casa, reconoce que los médicos le han dicho que su acción ha sido fundamental para salvar la vida de su hija. «Jamás pensé que ese curso me iba a servir tanto y tan pronto, y mucho menos para mi propia hija», añade la misma aloreña que hace unos años se enfrentó a una situación similar en la que un vecino del pueblo terminó muriendo de un infarto. «Aquello me marcó. Entonces no sabía lo que había que hacer, pero pensé que algún día tenía que aprender a realizar la RCP. Ahora puedo decir que es muy fácil si lo comparas con el resultado que puede tener. Esto debería enseñarse en el colegio», concluye.