21 de junio de 2015
21.06.2015
La señal

Del amor y la guerra

21.06.2015 | 05:00

Pues estaba en boca de muchos pero llega la Fundación Compromiso y Transparencia y concluye que el CAC es el menos transparente de Andalucía, en cambio Carmen Thyssen es «traslúcido» –mis congratulaciones, Javier Ferrer– y entre los «opacos» está el Picasso –¡ay, José Lebrero!–. Mi amigo Fernando Francés no sé qué dirá pero el edificio del viejo mercado, y refugio durante la guerra, pese al color de sus fachadas resulta oscuro. Ya pareció que algo raro pasaba cuando aquel pulso entre la empresa de Francés y Unicaja que se resolvió a favor del primero en una apuesta del alcalde inexplicable para muchos. Los misterios del arte.

Más sencillo de entender es lo de Mercedes Mengibar, directora gerente del hospital Xanit, una de las cien mujeres más influyentes de España. Se la ve inteligente y cuida hasta los más mínimos detalles de su compostura física y química.

Otro ciudadano al que se le reconocen méritos es José Joaquín Erroz, navarro de pro, que acaba de ser premiado por el Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos. Yo añadiría también de Pactos, especialidad muy demandada estos días y que es otra ingeniería, como la que ha tenido lugar en la Disfrutación y en la que se estrena Gonzalo Sichar, que seguro dejará en buen lugar la bandera naranja. Porque pienso que si tuviéramos que dibujar en un lienzo la actualidad política de lo que queda de España, tiraríamos líneas de colores de un extremo a otro del cuadro, los ayuntamientos llevarían óleos grises, las autonomías mezclas de rojos, azules y rosas, las diputaciones blancos rotos... Pues ya tenemos gobierno andaluz, yo no lo echaba en falta aunque era necesario. Se barajaba esa posibilidad de que Adelaida de la Calle se estrenara como consejera, y que Pepín repitiera, aunque cambiase de cartera. Y se nos va Luciano, al que tanto queríamos. Esto es así. Unos van y otros vienen, la política es una calle de mucho tránsito y ajetreo, tengo que decírselo a Taján, que le dan de vida hasta diciembre. Gemma del Corral tiene que hacer algo por él, por lo mucho que él ha hecho por el Instituto Municipal del Libro, con pocos cuartos cuántos enteros. Jorge Hernández Mollar, subdelegado del Gobierno, también nos dejará en septiembre. Lo ha hecho bien, discreto, sin vehemencias. En cambio, Rajoy, su jefe, parió un ratón. Mira que los cambios que ha hecho en el partido. Ya lo decíamos aquí, cree que el cambio es cosa de nombres, aunque sean jóvenes, y no se trata de eso, no ha entendido nada. Y Javier Arenas sigue vivo en la urdimbre.

También se apresta José Agustín Gómez-Raggio a la batalla de Ciudadanos, va paso a paso, firme. Asistiremos al entrechocar de las espadas y las chispas iluminarán la noche. Termino de ver una película, La conspiración, con interpretaciones soberbias de Mel Gibson y Julia Robert y recuerdo cuando ella me dijo en el Marbella Club en el ochenta y seis, vive despacio que la vida pasa deprisa. Desde entonces han pasado tantas cosas... Ahora lo que me despierta la inquietud es aquella historia de amor y dolor entre Lucian Freud y Caroline Blackwood que Víctor A. Gómez relató en estas páginas. Una reciente exposición en Londres rescata un retrato de Carolina pintado en Pedregalejo, Girl by the sea. Escuché una vez que Hemingway decía: los que han conocido el amor y el amor se aleja de ellos, llevan una huella de muerte. Aparto las gafas de mis ojos para no pensar más en eso y leo:

La reunión se celebró en la sala de juntas de un pequeño banco comercial cuyo presidente debía algunos favores a Don Corleone, quien, además, era accionista indirecto del banco (sus acciones estaban a nombre del presidente). Aquel hombre nunca olvidaría el momento en que se ofreció para firmar un documento en el que se hacía constar que sus acciones eran, en realidad, propiedad de Don Vito Corleone. Aquel día, el Don se había llevado las manos a la cabeza, mientras decía: Confío plenamente en usted. Le confiaría mi vida y mi fortuna. Soy incapaz de imaginar siquiera que usted pudiera engañarme o traicionarme. Si lo hiciera, perdería toda mi fe en el género humano y mis más profundas convicciones se vendrían abajo.

Naturalmente, lo tengo todo anotado, de modo que mis herederos sabrían, en caso de que algo me ocurriera, que usted tiene algo que les pertenece. (El Padrino. Mario Puzo).

cima@cimamalaga.com

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