22 de febrero de 2018
22.02.2018
El Palique

Anna y los suizos

Como se sigan fugando nacionalistas, los constitucionalistas, ante tal alarmante descenso del censo, ganarán siempre

22.02.2018 | 05:00
Anna Gabriel

Pues se nos ha ido Anna Gabriel a Suiza. Pues molt be, pues adiós. A fuerza de buenos relojes, Suiza siempre ha sido puntual para acoger a todo el mundo. Salvo inmigrantes sin dinero. En Suiza hay cantones, queso, relojes y bancos. Vacas. Ahora también, nacionalistas catalanas que cambian las barricadas por el lago Lemán.

A este paso y con tantas fugas va a haber más independentistas fuera de Cataluña que dentro. Lo bueno para los no nacionalistas es que poco a poco, con esa disminución de censo, pueden ganar las elecciones de manera más clara. Suiza es a los países lo que la Legión al Ejército: nadie pregunta de donde vienes. Pero por lo menos en la Legión te dan rancho. En Suiza no sabemos de qué va a comer Gabriel. Tampoco nos preocupa. Lo que sí está claro es que no quería comer el rancho de la cárcel. Suiza es neutral, pero los prófugos la eligen por que creen que es abúlica. No es que no devuelva a nadie ni a ningún dinero, es que no les hace caso.

En España la gente se hace el sueco, salvo en Cataluña, donde se hacen el belga o el suizo. El Suizo es un gran nombre para un café, como aquel que había en Granada y que, inaugurado en 1870, cerró hace unos años. Fue lugar de encuentro de artistas, letraheridos y bohemios de toda España. Lo hubo también en Zaragoza y en otras tantas y tantas ciudades. Tal vez en la suya. Pero el gran y célebre El Suizo estuvo en Madrid; se inauguró el 3 de junio de 1845 por dos suizos, Fanconi y Matossi. Allí tuvieron su tertulia los hermanos Bécquer. Tenía aforo para quinientas personas, moderno mobiliario y eficaz servicio de mesas. Iba el todo Madrid a leer los periódicos, rajar del Gobierno, enterarse de las crisis ministeriales, chismorrear, merendar, tomar café, escribir o prometerse amor y pelar la pava. No faltó quien en sus salones se retó a duelo. Daba a las calles Alcalá y Sevilla. Allí se inventaron los suizos. O, mejor dicho, se servían unos pasteles o panes que la gente acabó llamando suizos. Fueron muy imitados.

Anna Gabriel, la suiza, quiere hacer la revolución y proclamar la anarquía desde el paraíso del capitalismo, las montañas y el chocolate. Es válido y perdonable como contradicción humana. Pero la invalida para contarnos ya más cualquier cuento. Cuento suizo.

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