11 de septiembre de 2018
11.09.2018
Las siete esquinas

¿Mejor o peor?

11.09.2018 | 05:00

Hay un debate constante entre optimistas y pesimistas, los que creen que el mundo en general progresa y va mejor (en medicina, en educación, en violencia), y el de los que piensan que en realidad el mundo es un lugar horrible, arrasado por la codicia y la desigualdad y los desastres ecológicos. Los defensores del optimismo aportan datos y estadísticas: hay menos guerras, menos muertes violentas, menos muertes por enfermedad, y al mismo tiempo, hay mejoras constantes en educación, en sanidad y en derechos civiles. Pero los pesimistas contraatacan: los datos no son fiables, las estadísticas están manipuladas, la desigualdad crece, los refugiados huyen de las hambrunas y de los desastres climáticos, la gente es infeliz y el capitalismo es un infierno. Como es natural, los primeros (los optimistas) son liberales cosmopolitas que creen en la democracia representativa y en la separación de poderes. Los segundos (los pesimistas) descreen de la democracia, odian el capitalismo y sueñan con instalar una utopía que no saben definir muy bien, pero con la que están convencidos de que se acabarán todos los males del mundo.

El debate, por supuesto, es insoluble. Es cierto que los datos objetivos que existen apuntan a que el mundo mejora día a día. Hay menos enfermedades (la polio está prácticamente erradicada de África, y las epidemias del Ébola o del sida, que hace unos años parecían una plaga bíblica que iba a exterminar a la población de medio mundo, se han podido controlar en un tiempo relativamente corto). Además, el número de analfabetos está disminuyendo de forma constante (en África sólo son un 40% de la población, cuando hace cincuenta años eran más del doble). Y por si fuera poco, hay una nueva clase media emergente en China, en la India y en Sudamérica que era impensable hace cuarenta años. Y encima hay menos conflictos, menos guerras, menos enfrentamientos interétnicos.

Pero nada de eso convence a los partidarios del pesimismo. Las estadísticas, protestan, enmascaran el dolor real de mucha gente, las humillaciones de las mujeres, el sufrimiento de los jóvenes condenados a una vida sin futuro, ya que nada de eso sale reflejado en las frías categorías abstractas de las cifras y de los gráficos. Para un refugiado que se juega la vida en el Mediterráneo, dicen, ¿qué sentido tiene saber que vive en el mejor de los mundos posibles? Y para alguien de Madrid o de Palma que se queda sin trabajo a los 45 años –demasiado viejo para encontrar trabajo y demasiado joven para jubilarse-, ¿de qué sirve saber que el mundo prospera y mejora día a día? ¿Y para qué hablar de la violencia machista, de las drogas, de la depresión? ¿Y qué pasa con los jubilados que tienen que subsistir con una pensión miserable al mismo tiempo que cuidan a una o varias personas con Alzhéimer? ¿Y qué decir de las mujeres obligadas a prostituirse? ¿Y de los jóvenes que se parten los cuernos estudiando una carrera que no les servirá de nada? ¿Y€? ¿Y€?

Vistas así las cosas, es difícil tomar partido por uno u otro grupo, aunque es innegable que las cifras –por descarnadas y frías que sean- apuntan a un mundo que va mejor de lo que iba hace cincuenta años, y no digamos cien o doscientos años. Y además, hay veces que las noticias lo confirman. El otro día, por ejemplo, cinco magistrados del Tribunal Supremo de la India declararon anticonstitucional una antigua ley colonial –de 1861, creo- que declaraba ilegal cualquier relación homosexual. La India es un país de casi mil millones de habitantes en el que los tabúes religiosos siguen siendo muy fuertes. Recuerdo unas callejas mugrientas en el barrio rojo de Bombay donde de pronto se aparecían unos tristes travestis pintarrajeados, que caminaban contoneándose por la calle –era de noche, muy tarde-, riendo y haciendo gestos ostentosos hasta que todos salían corriendo antes de que alguien llamara a la policía. Aunque parezca poca cosa, esa ley significa un gran progreso para un país en el que abundan los extremistas más puritanos y más cerriles (hindúes, musulmanes y cristianos). Y conviene recordar –en un país como el nuestro en el que hay tanta gente dispuesta a criticar y a cuestionar a los jueces- que han sido cinco jueces del Tribunal Supremo los que han derogado esa ley discriminatoria. El mundo, sí, mejora.

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