11 de octubre de 2020
11.10.2020
La Opinión de Málaga
Lavidamoderna merma

Una Coca-cola, mi arma

«Bien pudiera llegar a pensar el personal que los sevillanos, con unas cuerdas, atan y arrastran sus negocios hacia la capital»

11.10.2020 | 05:00
Una Coca-cola, mi arma

Málaga avanza de manera extraordinaria -obviando la maldita pandemia-, hacia un puesto estratégico en Europa. Si bien es cierto que en otros lugares la productividad se concentra en la fabricación de electrodomésticos o lavadoras, nuestra ciudad cuenta con un capital turístico y cultural que genera un volumen de negocio que la convierten en una ciudad de interés.

Hace unos meses, el Ministro de consumo ponía en cuestión -con gran acierto- la vulnerabilidad de este sector económico pues resulta de una fragilidad y nivel cuestionables. El mundo entero -políticos locales incluidos- en una farsa teatral pues querían reciclar la reflexión como un ataque hacia lugares con Málaga y su perfil.

Error absoluto. El sistema turístico ha sido un acierto para Málaga. Eso es incuestionable. Como también lo es que no se trata de un modelo que genere riqueza general pues el perfil formativo que precisa no eleva el nivel medio de la ciudad y el tejido industrial es, casi en su totalidad, el que precisa el sector turístico.

En cualquier caso, la situación ofrecida por la pandemia nos ha dejado en un brete existencial en el que no contenemos de manera alguna el desangre de una ciudad y por ende un modelo idílico que enriquecía la ciudad y la remozaba, aunque fuera a costa de inversores que convertían hogares en apartamentos turísticos. Pero desde fuera se veía bonito.

Mientras pasa el chaparrón, los ricos, se preocupan lo justo pues entre las ayudas y lo barato que está todo, aprovechan para arreglar hoteles, mejorar instalaciones y aguardar con ansia la vuelta del dinero con chanclas y calcetines. Pero hay una cara P, pe de partida. La de todos los malagueños en situación precaria que no saben cómo pagar la luz, el pan de sus hijos o los impuestos.

Y en ese desconcierto en el que nos encontramos, aparece una noticia en la que se anuncia que la embotelladora de Coca Cola en Málaga se cierra. Y saltan las alarmas. Unos sobresaltos que, cualquiera que esté en el asunto, sabe que no son nuevos y se preveía desde hace muchos años que sucedería. La empresa embotelladora -de capital jerezano en su mayoría-, hacía movimientos años atrás después de las peticiones/amenazas de la matriz americana para que se aglutinaran las sociedades de las embotelladoras y el pastel fuera algo más pequeño.

Ahí surge la gran planta de La Rinconada -en Sevilla-, que se lleva en primer término al centro de Badajoz dedicado al vidrio. Llantos lejanos en Extremadura de los que aquí nunca se supo. Quizá estarían liados con los museos o Tabacalera pero la cuestión es que nadie alzaba la voz.

Pero el día ha llegado. Se cierra un centro que ya trabajaba bajo mínimos, con una producción irrisoria comparada con la de Sevilla y que, sin duda, estaba abocada al fracaso. Y se pelean por Twitter. Daniel, por el PSOE, lamenta la pérdida y exige un modelo distinto para la ciudad que no esté centralizado únicamente en el turismo. El alcalde, por el PP, echa la culpa a la Junta antigua por no haber conseguido que La Rinconada fuera Málaga.

Pero el resultado es que la casa se quedó sin barrer hace años y ahora resulta ridículo plantearse otra cosa.

Misma historia que se ha repetido mil veces bajo el título de «ce lan llevao los cevillano». Un mantra que, de tanto repetir, bien pudiera llegar a pensar el personal que los ciudadanos sevillanos, con unas cuerdas, atan y arrastran sus negocios hacia la capital.

Donuts marchó como también lo hizo Victoria -que se sigue fabricando en su mayoría en Murcia- pero siempre quedó la retahíla electoralista de culpar a Sevilla.

¿Y qué ha creado eso? Un complejo enorme. Una necesidad por parte de muchos malagueños de tener que reconocer lo malos que son por allí y lo buenos que son por estos lares. Asunto este de lo más ridículo, patético y sobre todo muy peligroso. Y es tal el peligro que, actualmente, habrá gente que tras el cruce de palabras de los políticos locales sobre el asunto, pueda llegar a plantear que todo fue un tema de administraciones y decisiones políticas. Quizá pudieran preguntarle a la familia propietaria, los ilustres Mora-Figueroa Domecq, y que la gente sepa la verdad.

Málaga no tiene industria de ese tipo. Y la que tiene acaba marchando por lógicas del sistema. Nuestra ciudad se diversifica inteligentemente y aglutina nuevos perfiles en el PTA pero el sector productivo idílico no recala en nuestra tierra por razones de interés económico. Sin más.

Y no pasa nada. Porque sin pandemia la cosa seguía avanzando, creciendo y con un beneficio notorio para la ciudad. A su manera, pero evidentemente interesante y positivo. Un modelo único y copiado ya en el que el turismo se trufa con parabienes culturales que está generando espacios nuevos en una ciudad que se convertirá en lugar donde habitar, teletrabajar y asentar nuevas industrias limpias que precisan de poco más que ordenadores.

Málaga no es Bilbao. Y eso que lo llegó a ser en su época. Pero a día de hoy debemos olvidarnos de ello. Como también debemos concienciarnos de lo nocivo de los localismos pues, en nuestra tierra, han sido uno de los lastres más notorios.

Nuestro carácter es abierto, y esa apertura resta vergüenza y debería eliminar complejos de inferioridad pues no los necesitamos. Málaga está construida con retales históricos de gente de fuera y el resultado es extraordinario. Tanto que llevamos toda la vida sacando, promocionando y vendiendo fuera de nuestras fronteras verdes y moradas lo potente que es nuestra casa.

Pero sigue el tumor del complejo. Del sevillano el que no bote. Del Sevilla nos roba. Y eso, sí que es grave, penoso y destructivo.

No se puede ser tan cateto. Porque después pasa lo que pasa. Y os engañan.

Ponme una coca, mi arma.

Viva Málaga.

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