11 de noviembre de 2020
11.11.2020
La Opinión de Málaga
Las cuentas de la vida

La cura en Troya

11.11.2020 | 01:30
La cura en Troya

El último anuncio electoral de Donald Trump fue un vídeo con estética de Marvel donde se dividía en dos a los Estados Unidos: los malos y los buenos, el caos y el orden. El de Joe Biden, en cambio, fueron unos versos de Seamus Heaney recitados por el propio candidato demócrata que evocaban la imagen secular de una Troya en ruinas y la esperanza de un nuevo comienzo. Los dos contendientes apelaban a votantes distintos con diferentes universos mentales. Pero ambos compartían un lenguaje que pertenece a la épica; abiertamente maniqueo el primero, sofisticado y elegante el segundo. No es la primera vez que Biden utiliza los conocidos versos de Heaney a lo largo de su vida. También Garry Adams recurrió a ellos en el tránsito de Sinn Féin y del IRA hacia posicionamientos democráticos. Corresponden a la obra teatral titulada 'La cura en Troya' y dicen así:
«Los seres humanos sufren,
se torturan unos a otros,
se hacen daño y se vuelven duros.
Ningún poema, obra o canción
puede corregir plenamente un mal
infligido o soportado.
El inocente en las cárceles
golpeado junto a sus barrotes.
El padre de un huelguista de
hambre
se encuentra mudo
en un cementerio.
La viuda de un policía en vela
se desmaya en el funeral.
La historia dice: no hay esperanza
a este lado de la tumba.
Pero entonces, una vez en la vida
puede crecer el anhelo por una
mareada de justicia,
y hacer que rimen la esperanza y la
historia.
Así pues espera un cambio grande
de mar
desde la lejana orilla de la
venganza.
Confía en que incluso desde aquí
pueda alcanzarse una orilla más
alejada».
Que rime la esperanza con la historia y el futuro con la justicia es el mensaje que quiere darnos el anuncio de Biden. ¿Lo logrará? O, mejor dicho, ¿qué podemos esperar de los próximos cuatro años? Probablemente menos de lo que desearíamos. Mientras los Estados Unidos prosiguen su andadura, divididos en cuestiones de carácter nacional, el mundo avanza imparable bajo unas reglas tecnológicas, políticas e ideológicas diferentes. Y bajo una voluntad distinta también. El ejemplo chino, movido por una única voluntad de hierro y un pensamiento a largo plazo, es el más evidente. Al contrario de la URSS –y de la doctrina Kennan, que instauraba el principio de la contención para así aprovechar las contradicciones internas de los soviéticos–, China no es un gigante con pies de barro, sino un imperio autoritario con una descomunal potencia económica. La China actual poco tiene que ver con la de 2008, fecha mágica del último crash financiero. Y, desde luego, nada que ver con el mundo del siglo pasado. China es el siglo XXI, del mismo modo que Biden representa el siglo XX.
Para Europa, ¿qué supone el triunfo de Biden? Una serie de gestos atlantistas y una mayor comprensión hacia ciertos debates que dominan la agenda de la UE, como el cambio climático o la apuesta por la tecnología verde. Pero seguramente su influjo no irá mucho más allá. América, al igual que el resto del planeta, se desplaza hacia el Pacífico. Y, en ese movimiento tectónico, la pequeña Europa –poco más que un apéndice de Asia– sale perdiendo.

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