En el principio, tras la creación del cielo y la tierra, el primer pronunciamiento de Dios recae precisamente sobre la luz; un don que emerge desde la explícita y divina intención de cercar todo aquello que ronda la oscuridad: «Hágase la luz; y la luz se hizo».

En torno a la luz y sus bondades gira la salvación del mundo y el pleno desarrollo de la humanidad. A fin de cuentas, no sólo es la luz lo primero que percibe una criatura tras su nacimiento puesto que, si miramos desde el extremo contrario, ¿qué es, acaso, la muerte sino un alumbramiento o una caída del alma hacia la luz o hacia la sombra?

Mil ejemplos sobre la luz redentora y las tinieblas del caos acontecen en la literatura y en el cine. Así, Gandalf, el Blanco, siempre reaparece cargado de esperanza con la llegada del amanecer, algo que también y a la contra se nos recuerda en Macbeth: «La luz se oscurece y todas las cosas que en el día ostentan su hermosura empiezan a adormecerse, mientras los negros ángeles de la noche se despiertan para sorprender a sus víctimas». Una cita más clásica, esta última, pero que antecede en idéntica sintonía a aquella otra que la actualidad, si lo prefieren, también nos ha promocionado y difundido desde los linderos de Juego de tronos: «Porque la noche es oscura y alberga horrores».

La luz nos convoca, nos protege y nos da vida mucho más allá de lo que la rutina permite vislumbrar en nuestra propia consciencia. A la luz nacemos y camino hacia la luz morimos. A la luz de las velas rondan los enamorados, y la belleza del sol acontece en su salida y en su puesta por el juego degradado de la luz. Pero es que, además, por si fuera poco, la luz también se relaciona con la sabiduría. ¿Hablamos de cine? Así lo constataba, recuerden, Sean Connery desde su papel de Henry Jones cuando, al final de la tercera de la saga, su hijo Indiana le preguntaba si, finalmente, había logrado encontrar algo: «Iluminación» –le respondió. En cualquier caso, si las altas esferas de la luz comienzan a embotarles el ánimo, bien podemos aterrizar en las bajuras de su cotidianeidad, ya que es gracias al interruptor de la luz, por ejemplo, como conseguimos avanzar por ese pasillo inhóspito e incierto que, en plena madrugada, nos conduce al cuarto de baño; o también, precisamente por su ausencia, mentamos a nuestros ancestros más frescos en aquellas ocasiones en las que la carencia de la luz descongela las viandas previstas para el fin de semana y los tapers de la suegra.

Ni que decir tiene que conforme nos vamos acercando a esa particular acepción de la luz que vincula el kilovatio con la hora y con los euros, los morros, como bien diría aquel, comienzan a torcerse. Y, dicho esto, sigamos, si les parece, metiendo a los perros en danzas, aunque ya por sí solos dancen más de lo conveniente. A pesar de que ciertos impuestos se reduzcan para contrarrestar en los hogares esa vergonzosa subida de los pilares energéticos motivada por quién sabe qué verdaderas circunstancias económicas y qué poderes fácticos, hoy por hoy, a cuestas aún con el desgaste pecuniario propiciado por la pandemia y su gestión, no nos queda poco más que elegir entre susto, muerte o hacer ricos a los fabricantes de hornillos de gas tras los apocalípticos anuncios del incierto y ya proclamado inminente apagón global.

No obstante y una vez más, ¡viva el vino!, las luces de la Navidad profana, municipales y comerciales, hacen su entrada paralela en nuestras calles no sólo antes de tiempo, más cercanas a las lindes del verano que a las de la Encarnación, sino también con una despreocupada y habitual presencia que diera a entender que la trama de las energéticas y el coste de la luz no fueran más que vientos provenientes de las leyendas urbanas. ¿Será por dinero?

Y mientras tanto, la ciudadanía, aquí presente, boquiabierta, seguirá aguantando las lindezas de los acontecimientos: viéndolas más que venir en unos tiempos donde no atamos a los perros precisamente con longaniza y en los que más de una familia seguirá driblando como pueda, si es que puede, el coste de la luz.