Esta semana que hemos dejado atrás ha sido la primera de esa serie en las que el Unicaja ha simultaneado competición europea y nacional.

Tras un arranque con dos partidos en tres días, aunque de Liga ACB, los de Ibon Navarro tuvieron en el calendario el arranque de la FIBA BCL y la visita del actual campeón, el Real Madrid.

Que a estas alturas el equipo malagueño tenga un cincuenta por ciento de victorias puede verse como un detalle en comparación con algunas situaciones que podían esperarse sin ser especialmente agoreros o negativos. Son pequeños detalles los que han determinado un signo u otro en cada partido.

No precisamente al margen de esos detalles, sino como constante en los cuatro encuentros, al equipo lo he visto con la suficiente constancia para no abandonarse y entregar el triunfo al ponerse las cosas complicadas. Vale que en Vitoria hubo momentos que recordaban terroríficamente a la escuadra del pasado año, pero en los otros, ya sea con victorias o derrotas, pese a ponerse el partido a la contra, hubo el suficiente trabajo para no desengancharse y pelear hasta el final. Luego vino el resultado que fuera, pero ahí está.

Que aquí en Málaga somos de pasar de un extremo al otro está tan claro como una mañana soleada, y teniendo en cuenta que ya he oído por ahí que lo normal tiene que ser conseguir semifinales en España y el título en Europa, lo mismo no está mal recordar que este equipo viene de quedar noveno, undécimo y duodécimo en las tres últimas temporadas. A lo mejor puede parecer muy malaguita y aunque está muy bien exigir, hablar de presupuestos, de ambición justa en base a club, ciudad, historia, etcétera, quizá ir paulatinamente viendo el desarrollo del trabajo sería mejor receta.

Porque, al menos con lo que llevo visto, este momento va de los mencionados pequeños detalles, que vienen a ser los que terminan decidiendo los partidos. La diferencia de faltas personales y tiros libres, los porcentajes de tiro, las salidas del vestuario en el encuentro frente al Real Madrid, la aportación de uno y otro banquillo frente a la Dinamo Sassari, la capacidad de cambiar el encuentro con el último jugador que sale a cancha el día del Gran Canaria, son cosas que terminan pesando a la hora de ver cómo se decide un encuentro y qué signo tiene.

Al venir de una época tan tremendamente sombría, lo normal es que por aquí estemos como locos con algo mínimamente bonito que veamos. En Málaga hay momentos en nuestra vida en los que nos da por rentabilizar las derrotas como si fueran éxitos, y ya adoptamos a los que han llegado hace menos de un mes al Unicaja como si fueran los más veteranos de la historia. Y lo cierto es que creo que se puede esperar bastante más, porque el pico de rendimiento de ningún equipo creo que se pone al máximo en octubre. Aunque las circunstancias de calendario han exigido un rendimiento alto conforme ha empezado a botar el balón, de manera obligatoria, el momento alto de prestaciones tiene que llegar más adelante.

¿Dudas sobre nuestro Unicaja? Sigue habiendo todas las del mundo, particularmente tengo una sobre la obligatoriedad de rotar a todos los jugadores, no sé si eso resta efectividad al juego del equipo y aún no tengo claro que eso sea una solución. Los quintetos de inicio, salvo en el arranque de la primera jornada frente a Cazoo Baskonia, no han cumplido con lo que se esperaba. Hay jugadores que tienen que saber en qué lugar están y qué se les está pidiendo, sobre todo porque aquí somos mucho de pedir que tal o cual pieza rinda siempre a tope, sin un mínimo bajón o un descanso. Y si hablamos de un grupo con tres cuartas partes de sus efectivos nuevos, el concepto adaptación cobra una importancia casi vital.

Son detalles, pequeños o grandes, ya se verá, pero la necesidad pasa por pulirlos para que aparte de buenas sensaciones, la realidad que transmita el equipo vaya por donde todo el mundo quiere.