Numerosos estados miembros de la Unión Europea han firmado la Convención Europea del Paisaje. Es evidente el progreso en la integración y la protección del paisaje en las políticas medioambientales de la Comunidad. Lo comprobé, con gratitud y emoción, durante las sesiones de trabajo que se celebraron en aquellas conferencias inolvidables de Tesalónica, en las que tuve el honor de participar, entre el 24 y el 27 de junio de 2001. Creo que puedo afirmar que fue allí donde vi la luz. Pues allí llegué a la conclusión de que España debería superar radicalmente su falta de sensibilidad medioambiental, ya tradicional desde décadas. Tan visible en su peligrosa indiferencia y la lentitud y desgana con las que se estaba afrontando la implementación de políticas de protección de importantísimos patrimonios naturales y culturales de nuestro país.

El poder redactar hoy esta humilde evocación, muy personal, fue posible gracias al buen hacer del Ministerio del Medio Ambiente de la República Helénica y el Consejo de Europa. Sin olvidar las valiosas aportaciones de la Conferencia de Ministros responsables de la Ordenación del Territorio en Europa, en el marco de la Convención Europea del Paisaje. En la relación de participantes en el encuentro que se celebró en junio del 2001, en la segunda ciudad más importante de Grecia, aparece mi nombre, como un presumible y siempre modesto experto en turismo y ordenación del territorio. Fue un inmenso y probablemente inmerecido honor. Por supuesto, la sabiduría y la ejemplaridad de los representantes del Consejo de Europa en aquella visita a Tesalónica y a Grecia me deslumbraron.

He vuelto a abrir las carpetas donde están archivados la documentación y algunos recuerdos de aquellos días. Algo brillaba en aquel cajón de mi escritorio. Era una moneda, guardada junto al práctico calzador, que amablemente me regalaron hace ya 21 años en aquel magnífico hotel: el Thessaloniki Mediterranean Palace, al que recuerdo con gratitud. Ilustre institución que ennoblece a la ciudad que los judeoespañoles siempre llamaron Selanik.

Conservo también allí aquella moneda de 100 dracmas, acuñada hace 22 años. Me la dieron con el cambio del pago de un café, al pie de la legendaria Torre Blanca de Tesalónica. Un poco antes – el primero de enero del 2001 – los dracmas dejarían de ser la moneda de curso legal de Grecia. A partir de ese momento sería el país de los helenos el duodécimo miembro de la Zona Euro. En realidad no se podían comprar muchas cosas con aquellos 100 dracmas, cantidad más bien modesta. De todas formas, aquella moneda tenía una historia importante y además no dejaba de ser una pieza numismática particularmente atractiva. Sobre todo comparada con aquellos curiosos nuevos euros que nos esperaban.

La contemplo ahora, en mi todavía irredento pueblo de Marbella, en la luz matinal de un otoño, que se resiste a dejar de ser verano. En el que se van acercando los últimos días de este año, tan duro como inquietante. La moneda tiene una tonalidad suavemente dorada y su aleación consigue darle un aspecto de nobleza muy superior a su valor real. En una cara contemplo la efigie del Gran Alejandro. En la parte superior aparece su nombre, Y el título de Rey de Macedonia en la inferior. En la otra cara brilla un sol con 16 rayos, como alusión a la mítica democracia de los helenos.

El euro, en mi modesta opinión, no fue un nombre afortunado. Cercenaba una palabra tan hermosa como Europa, devaluando valiosas connotaciones mitológicas. La primera propuesta, el ecu, podía haber sido mucho mejor. El acrónimo de la European Currency Unit tenía unas raíces medievales que se extendían al recio mundo germánico de los antiguos francos y al Sacro Imperio Romano. Pero el dracma los superaba a todos. Como creación emanada de la gloriosa sabiduría mediterránea y las mitologías de los griegos de los tiempos antiguos. El dracma ya había seducido, algunos siglos después, a los pueblos del Islam, que lo copiaron para sus monedas: sus legendarios dirhams. ¿Hubiera sido diferente nuestra historia reciente si la nueva moneda que los nuevos europeos quisieron darse a sí mismos hubiese sido bautizada con el nombre y la magia del dracma? No es fácil contestar a esa pregunta. En el «Business Insider» el maestro Joe Weisenthal había escrito que los griegos habían abandonado sus pueblos, sus templos y sus islas, en los que brillaba el sol 300 días al año, para intentar perseguir las falacias de los espejismo en unas ciudades complicadas, como Atenas o Tesalónica.

De todas formas esta pieza de 100 dracmas que enciende esta mañana la pálida luz del sol – en fechas muy cercanas a las de aquella festividad que los romanos, los herederos de los griegos y los macedonios, consagraron al Sol Natal del solsticio de invierno - no deja de ser una dignísima celebración de nuestra identidad europea. Tanto por la efigie de aquel héroe portentoso que fue Alejandro. El que fuera hijo del Rey Filipo II, como por llevar esta moneda el símbolo que campea en su reverso: el sol mágico de los macedonios, con sus 16 rayos. Copiado del que en 1977 descubriera el maestro Manolis Andrónico, embelleciendo una antiquísima urna fúnebre. La que fue descubierta en las excavaciones de las Tumbas Reales de Vergina, en tierras de la Macedonia Central, muy cerca de la sabia Tesalónica. Atribuido inicialmente el sarcófago a Filipo II, posteriormente fue identificado como el depositario de los restos mortales del otro hijo del gran rey, Filipo III. Otra urna, más sencilla y con un sol de 12 brazos, fue también hallada por el profesor Andrónico en las nuevas excavaciones de las tumbas reales. Se cree que ésta fue la que albergó los restos mortales de Eurídice, la memorable esposa de Filipo III. Que todos descansen en la paz luminosa que, al final del camino, sólo los héroes indiscutibles reciben.