Creo que sigue vigente aquel sambenito por el que los hombres, en el arte de regalar a nuestras legítimas, parejas, amigas o compromisos, somos eficazmente negados: a veces despistados, con frecuencia agobiados y casi siempre indecisos. Los más pesimistas afirman que tan solo algunos iluminados son capaces de interpretar señales o indicios que, según ellas, están meridianamente claros. De ahí que, según me contó el protagonista de esta historia, un vecino anónimo de Marbella, vio el cielo abierto cuando su esposa fue más explícita que de costumbre y admitió gustarle uno de los cuadros de aquella exposición, mensaje que el interesado captó de inmediato y adjudicó como próximo regalo de aniversario de boda.

Nos remontamos a mayo de 2002. En el Centro Cultural Cortijo Miraflores se inauguró la colectiva El enigma de Marbella, donde se mostraron pinturas, dibujos, acuarelas y grabados de veinte autores distintos: unos residentes habituales y otros visitantes ocasionales, pero todos coincidían en unas notorias e incluso sobresalientes carreras artísticas. El resultado, un selecto repertorio de tradición y modernidad, ofrecía la recreación figurativa del entorno físico (naturalistas y luministas) o la percepción subjetiva de vivencias y emociones (informalistas, surrealistas, abstracción lírica…). Una de aquellas obras era un óleo sobre lienzo de formato apaisado (54 x 72 cm.) de título Marbella, fechado en ese mismo año y que, además, era el único de estilo naíf que había en la exposición.

El cuadro representa el Casco Antiguo visto desde arriba, con horizonte alto, mostrando la plaza de los Naranjos como centro compositivo desde el cual se expanden lugares de interés (Ayuntamiento, ermita de Santiago, iglesia de La Encarnación…) y calles adyacentes (Huerta Chica, Nueva, Álamos…) pobladas de figurillas, como corresponde al naíf urbano. Al fondo, Sierra Blanca se yergue nítida y perfilada en un cielo rosado, como si el ocaso aún no se atreviese a interrumpir el encanto vespertino. Así pues, no se equivocó esa señora en la elección, porque su autor es el malagueño Jaime Rittwagen, reputado y cotizado especialista de un género que, pese a las apariencias ingenuas, pertenece al arte culto. Por ello, gran parte de su producción se incluye en prestigiosas colecciones privadas y en importantes museos españoles y europeos. Críticos y literatos han elogiado de mil maneras su estilo e intención, pero, personalmente, me quedo con la frase del profesor Francisco Palomo Díaz al decir que sus cuadros nos retornan a «cuando teníamos la vida hecha una primavera».

No lo duden: eso fue lo que vio la afortunada señora en el cuadro de Rittwagen.