09 de abril de 2020
09.04.2020
La Opinión de Málaga
Tribuna

El vino de misa: la Eucaristía

La Sacramental de Viñeros, cada Jueves Santo, entrega una botella de vino, al canónigo que nos recibe a las puertas de nuestro primer templo, simbolizando el que se suministra durante el año para la celebración del Santo Sacrificio de la Misa

09.04.2020 | 15:30
El vino de misa: la Eucaristía

Hoy, segundo jueves del año, por segunda vez, desde 1949, la Hermandad de Viñeros no hará Estación Penitencial en la catedral, por las dolorosas circunstancias que estamos padeciendo; pero quiero aprovechar la oportunidad para mostrarles algo singular. La Sacramental de Viñeros, cada Jueves Santo, entrega una botella de vino, al canónigo que nos recibe a las puertas de nuestro primer templo, simbolizando el que se suministra durante el año para la celebración del Santo Sacrificio de la Misa. Es la ofrenda que en nombre de la ciudad, del gremio de vitivinicultores y de la propia Cofradía, se hace para que sea consagrado en la celebración de la Vigilia Pascual y el Domingo de Resurrección.

Las confesiones cristianas son las más pródigas a utilizar el vino en sus celebraciones, principalmente los católicos y los judíos. En el Concilio Eucarístico de Barcelona (1944) se dejaron muy claras las normas que habían de seguirse, incluida la asepsia, para la elaboración del vino de misa y así lo recoge el padre Eduardo Vitoria, S.J. en su obra "El Pan y el Vino eucarísticos". La Iglesia Católica lo denomina vino de misa. El vino de misa por excelencia, es el vino de Málaga, por ser vino licoroso y el más adecuado para obtener la graduación centesimal más adecuada.

El P. Vitoria justifica lo siguiente: "En general, los vino secos, por muy exquisitos y añejos que sean, no son gratos al paladar que está en ayunas". En este punto, debemos recordar la abstención alimenticia que había que observar antiguamente antes de comulgar, muchísimo más severa que en la actualidad. Por ello, se propone que los vinos para la consagración sean abocados o mejor dulces. Antes que nada este mismo sacerdote ya pone de manifiesto que "El vino destinado al Santo Sacrificio y que, junto al Pan Consagrado, forman un solo Sacramento, ha de ser necesariamente de vid". Y aquí es donde entran nuestros vinos ya que poseen tal cantidad de azúcares que permiten un margen inusual para que el alcohol etílico resultante de la fermentación alcance con cierta facilidad los 16º centesimales. En lo que respecta a los secos es más óptimo el resultado ya que la fermentación natural se produce con mayor facilidad que en los dulces.

Este vino siempre ha requerido un trato especial que como sigue diciendo el tratado del P. Vitoria "basta la sola esmerada limpieza, la solicitud, la vigilancia del cosechero para obtener magníficos caldos, puros, sin adición de ingrediente alguno, en lugares tan calurosos como los Montes de Málaga"€ En lugares donde la calidad del mosto no era óptima (no era el caso de Málaga) vino a ser remediada por decreto de la Sagrada Congregación del Santo Oficio (30 de Julio de 1890) que autorizo se le podrían agregar a aquellos mostos flojos, es decir, de baja graduación, mientras fermentan o inmediatamente después de fermentación tumultuosa la cantidad de alcohol puro de vino necesario para obtener un vino de 12º centesimales.

Don José Garijo, en su nunca bien ponderada obra, 'Estampas del Vino de Málaga y la Axarquía', página 73, agrega: "El mismo Sagrado Decasterio, y a consulta del señor arzobispo de Tarragona, declaró el 6 de Agosto de 1896 que era lícito añadir alcohol de vino antes o al acabar la fermentación de un mosto que hubiera ya alcanzado los 12º centesimales de alcohol y hasta un límite total de 18º. En definitiva un vino apto para consagrar debe estar entre los 12º y los 18º. Un vino entre 9º y 12º, aun siendo apto no ofrece la estabilidad suficiente con lo cual no podría hacerse la consagración.

¿Por qué es tan importante la pureza de las especies para consagrar? Obviamente es el principal sacramento. Es la mayor representación de Cristo inmolado. Sin vino, no se puede llevar a efecto la consagración. En nuestra ciudad, el obispado designaba, mediante decreto, que bodegas podían proveer de vino de misa a nuestras parroquias y conventos.

La tradición obliga a una esmerada elaboración tanto de pan como del vino pues, no en vano, la Eucaristía en su conjunto, siempre según la doctrina católica, contiene el cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Jesucristo bajo las apariencias de pan y vino. La Eucaristía es el eje central de la Santa Misa.

La descripción de la Constitución de la sagrada liturgia del Concilio Vaticano II es muy clara e interesante en este aspecto: "Nuestro Salvador, en la última cena, la noche que le traicionaban, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y el sacrificio de la cruz, y confió a su Esposa, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual en el cual se recibe como alimento a Cristo. La fe en la presencia real de Jesucristo en la eucaristía se apoya en las palabras del propio Jesucristo como nos lo demuestra el Evangelio de san Juan (6)€mi sangre es verdadera bebida." Los Evangelios sinópticos de Lucas, Marcos y Mateo, también refieren las palabras de Jesús en la última Cena.

Históricamente el dogma eucarístico tiene unos magníficos y antiguos cimientos donde sustentarse y que viene de la mano, como siempre, de la tradición católica y así nos lo demuestran las enseñanzas de San Ignacio de Antioquia (€ 107), testigo de la presencia real y San Justino (€ 165) que describe la liturgia eucarística derivada de la Cena. San Ireneo, Tertuliano, San Cipriano y otros muchos hasta San Hilario y San Ambrosio en el s. IV proponen esta enseñanza tradicional de la presencia real y de la transustanciación del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo.

En el guión de esta hermandad, su divisa, no puede ser más alegórica a la eucaristía: VINUM LAETIFICA COR HOMINIS, el vino alegra el Corazón de los hombres. Celebremos este Día del Amor Fraterno, con la alegría de haber recibido espiritualmente el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

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