El ruido y la furia

Calle Larios

Claire Ducreux se fue de Málaga pensando que somos una ciudad amable incluso con el viento, al que en vez de ponerle obstáculos le cedemos el paso con una sonrisa

04.12.2015 | 02:15

Claire Ducreux es un alma que danza, un poema que se desliza sutil sobre el escenario, la ternura entre candilejas. Claire Ducreux es una luz porque donde pisa no cabe sombra alguna y junta a ella son posibles los poemas y la risa. Claire Ducreux estuvo el otro día en Málaga conmoviéndonos con su Refugiada poética y luego nos fuimos a caminar por la ciudad, a imaginar las torres que le faltan, a recordar viejas leyendas de piratas, a recitar a Lorca ante el Café de Chinitas, a revolver el silencio de alguna calle quieta.

Y en Larios nos sorprendió una vez más la armonía. Mirábamos desde la plaza de la Constitución, intuyendo el mar al fondo, y reparó en que todos los edificios son de la misma altura y en que todas las esquinas son curvas.

Las hicimos así para que el viento no tropiece –le expliqué–.

Y Claire Ducreux se fue de Málaga pensando que es una ciudad amable incluso con el viento, al que en vez de ponerle obstáculos le cede el paso sonriendo.

Ahora una exposición muestra en La Económica cómo se hizo Larios, cómo se construyó esta calle que es algo más que una calle para los malagueños, igual que para los madrileños la Gran Vía es algo más que una avenida. Y seguramente en la exposición no encontraremos una explicación concreta de por qué las fachadas de Larios amaron la curva mucho antes de que el arquitecto brasileño Óscar Niemeyer dijera que «no es el ángulo recto el que me atrae, ni la línea recta, dura, inflexible, creada por el hombre. Lo que me atrae es la curva libre y sensual, la curva que encuentro en las montañas de mi país, en el curso sinuoso de sus ríos, en las olas del mar, en el cuerpo de la mujer preferida», y si la hay no tendrá acaso mucho que ver con las bobadas que se me ocurren cuando no tengo nada racional que decir. Pero luego de pensarlo un rato largo me di cuenta de que sería bellísimo que la casualidad hubiese querido que acertara y que mi ciudad fuese siempre atenta y afectuosa, que dejase pasar el viento entre sus calles sin oponer resistencia, y que ya de paso dejase también pasar la cultura, y la alegría, y la belleza. Que mi ciudad fuese tan hermosa en todas partes como esa calle que es su emblema, y que se dejase querer de esa manera que se merece y que necesita hace ya tanto tiempo.

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