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A la tremenda

06.01.2016 | 05:00

Se diría que no tenemos remedio. Aquí todo se interpreta en términos de victoria total o derrota, sin que parezcan existir nunca matices ni términos intermedios: a la tremenda.

El fracaso catalán a la hora de formar gobierno se ve como una clara victoria para el resto del país. Un triunfo para quienes nos amenazaban en caso contrario con los peores males para esa patria común que llamamos España.

No parece que importe demasiado cómo se perciban en Cataluña e incluso en otras regiones con una identidad propia, como puede ser el País Vasco y en menor medida Galicia, las ya fatigosas advertencias de que hay quienes sólo aspiran a «romper España».

Algunos recordarán aquel grito de la derecha más reaccionaria en vísperas de nuestra guerra civil que decía preferir una España roja a una rota: ahora la derecha no quiere ni una cosa ni la otra, aunque sea sólo de un rojo más bien pálido, sino que se empeña en que todo siga como hasta ahora con los mínimos retoques.

Es decir, a la manera lampedusiana, cambiar algunas cosas de forma que todo siga igual con el argumento de que lo que lo único que quieren de nosotros Europa y los mercados es estabilidad, como si ésta sólo pudiera darse con el mismo PP e idéntico líder al frente por otros cuatro años.

Mientras tanto, parece haberse convertido en deporte nacional el hecho de enfrentar a unos territorios con otros: lo hacen unos y otros desde Cataluña con esa fatigosa cantinela de que «España nos roba».

Y lo hacen desde otros territorios el PP más inmovilista y el sector más continuista del PSOE, ese que ha hundido al propio partido con sus casos de corrupción en Andalucía y su ineficaz política de oposición en el resto del Estado.

El primero, sin atreverse a cuestionar, al menos abiertamente, la autoridad del jefe y promover una democracia interna y un proceso acelerado de limpieza que tal vez habría evitado el surgimiento de Ciudadanos.

El otro, sin rumbo fijo, incapaz de encontrar una identidad propia y una línea política que haga sentir a su electorado que existe una alternativa real a los «diktats» de Berlín, de Frankfurt o Bruselas, si llegasen a juntarse y remar en la misma dirección las izquierdas europeas.

Y todo ello, diariamente exacerbado por la existencia de unas tertulias televisivas en las que los participantes no se quitan ni un momento sus anteojeras ideológicas para intentar aclarar, en lugar de enmarañar todavía más, la ya de por sí difícil situación política.

¿Tanto miedo da una eventual consulta ciudadana con todo tipo de garantías y salvaguardias como se ha hecho en otros países? ¿O es que resulta mucho más rentable explotar demagógicamente los agravios comparativos, la envidia entre territorios y echar siempre la culpa al otro de los propios defectos y carencias?

Hace falta más serenidad y altura de miras en nuestra política y sobre todo confiar en que una España más justa y solidaria, con menos desigualdad y corrupción, más democracia, mejor y más rápida justicia y menos cosas de que avergonzarse, sería una clara invitación a todos para seguir todavía por mucho tiempo juntos.

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