360 grados

Transgénicos

11.08.2016 | 05:00

Son la bestia negra de la Greenpeace y las organizaciones ecologistas y de defensa de los consumidores pero representan enormes posibilidades de negocio para las poderosas multinacionales del sector a uno y otro lado del Atlántico.

De ahí que esas empresas utilicen todos los instrumentos de presión, todo el poder de sus lobbies, incluido, como se ha visto últimamente, el recurso a premios Nobel, para intentar `vencer la resistencia en muchos países de la UE a su introducción indiscriminada en el Viejo Continente.

Sus defensores, que son legión, tratan de «atrasados» y acusan incluso de crueldad por obstaculizar así la lucha contra el hambre en el mundo a quienes aconsejan prudencia e insisten en la aplicación del principio de precaución europeo antes de aprobar su uso en la agricultura.

¡Como si el problema del hambre fuera sólo de escasez y no sobre todo de mala distribución y de pobreza!

Las multinacionales como Monsanto, Bayer, Syngenta y otras, apuestan claramente por el TTIP – el controvertido tratado de comercio e inversiones entre Bruselas y Washington, aún en fase de negociación- y el equivalente con Canadá, pendiente de ratificación por los Parlamentos nacionales- para lograr su objetivo.

Y éste no es otro que limitar el recurso al principio de precaución, tan apreciado por los europeos, mediante la entrada en vigor de esos tratados, que son, según sus detractores, una especie de caballo de Troya para la penetración de los transgénicos en el Viejo Continente.

El principio de precaución europeo garantiza un alto nivel de protección del medio ambiente y la salud con medidas preventivas, consistentes en prohibir la comercialización y distribución de productos ante la simple sospecha de que pueden representar un peligro para la salud.

Al otro lado del Atlántico, las empresas tienen mucha mayor libertad a la hora de comercializar sus productos aunque están también sometidas a responsabilidad y si éstos se revelan dañinos, pueden aquéllas ser procesadas y sometidas a fuertes multas, pero ello exige a veces costosos procesos: un auténtico negocio para los abogados.

A los defensores del sistema europeo les preocupa que el tratado de comercio ya negociado con Canadá- conocido como Ceta, no mencione expresamente el principio de precaución europeo.

El TTIP podría servir para introducir también en Europa productos cosméticos que, sin respetar las normas de precaución europeas, estén aprobados para su uso en Estados Unidos.

Lo cual, al margen de consideraciones sanitarias, representaría además un problema de competencia para las empresas europeas de ese sector.

Al no regir en EEUU el principio de precaución, los fabricantes de cosméticos norteamericanos podrían llevar sus productos al mercado con costos muchos menores que sus rivales europeos, obligados a superar más pruebas antes de recibir autorización para comercializarlos.

Esa disparidad entre los dos sistemas se traduciría en una desventaja competitiva para las empresas europeas, que presionarían seguramente a la Comisión para que homologara las normas de protección europeas a las de Norteamérica.

¿Por qué –se preguntan incluso muchos partidarios del libre comercio– no se limita el alcance de esos tratados bilaterales a sectores como el automóvil o la construcción de maquinaria, y se deja a un lado los temas más conflictivos, los que afectan a la salud, la protección ambiental y la biodiversidad?

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